
Cada vez me doy más cuenta de que esto de que los herederos, así sean legítimos, de los escritores famosos no son necesariamente quienes mejor cuidarán de su legado. Sabemos, por ejemplo, que la hija de la asistente de Max Brod, amigo y albacea de Kafka son protagonistas de un litigio (o más bien de varios) porque han tratado de vender las obras que conservan en un archivo mientras que el Museo judío de Tel Aviv busca conservar todo el legado del autor de La Metamorfosis de manera unitaria y en un solo lugar.
También sabemos de la edición de los textos inéditos de Julio Cortázar, por ejemplo, y de la publicación de la novela que Vladimir Nabokov dejó inconclusa e, incluso, de la edición post mortem de 2666 la obra monumental de Roberto Bolaño que, a pesar de no haber recibido los toques finales por su autor, se ha convertido en un referente ineludible de la literatura latinoamericana de los últimos tiempos. Todas ellas, de alguna manera, mantienen y respetan la escritura original del autor, pero lo que hoy está ocurriendo con Paris era una fiesta de Ernest Hemingway es poco menos que insólito.

El caso de La niña de los nueve dedos es atípico. No por su argumento, que también, sino por la historia que hay detrás de la novela. La autora, Laia Fàbregas, nació en Barcelona en 1973 y, a través de un intercambio del programa Erasmus, se mudó a Holanda para cursar su último año de Bellas Artes. Especializada en escultura, Fàbregas también hacía sus pinitos con la literatura. Hasta que, por mediación de un compañero de clase, se puso en contacto con un agente literario, al que le entregó el manuscrito de La niña de los nueve dedos escrito directamente en holandés. A los pocos meses, esta española recién llegada al país ya triunfaba en con “Het meisje met de negen vingers”, que en dos meses ya contaba con tres ediciones.