
Llevaba bastante tiempo con este libro pendiente de leer, pero por una razón u otra no había podido ponerme a ello. El caso es que la semana pasada por fin pude dedicarle el tiempo que se merecía y en una mañana tonta de sofá y manta di buena cuenta de él.
La muerte de la tierra de J. H. Rosny es un libro extraño. Publicado por primera vez en 1912 sobrecoge precisamente por la capacidad de anticipación a algunas de las mayores preocupaciones de nuestra época como el ecologismo o la eutanasia. La muerte agónica de la humanidad, el fin de los recursos naturales y el florecimiento de una inquitante forma de vida son algunos de los temas que trata esta pequeña obra.
En ‘La muerte de la tierra’ nos mudamos a un futuro muy, muy lejano. La tierra, agotada, ha ido agostándose sin remedio. El agua, fuente de vida, casi ha desaparecido, convirtiéndose en un bien escaso y precioso. La humanidad, reducida a unas pequeñas agrupaciones en torno a oasis, vive con pereza y resignación sus últimos días. Sin embargo, y como debe ser en toda buena historia, hay alguien que no se resigna…

Uno de los mayores retos de Eso no está en mi libro de ciencias, de Kate Kelly, es que todo lo expuesto sea comprensible y, a poder ser, divertido. El otro, no menos ambicioso, es meter todo el universo de las ciencias naturales en menos de 300 páginas.
Estamos en agosto, mes de vacaciones por antonomasia, y muchos de vosotros habréis huido de las mundanales playas repletas de cuerpos quemándose al sol para refugiaros en la montaña. Durante estos días de asueto podemos aprovechar para deleitarnos con la naturaleza que nos rodea.
Sí, aunque suene contraintuitivo es así. Leer es antinatural. Sin embargo, nos puede parecer una afirmación extravagante si todavía arrastramos en nuestro bagaje cultural la idea de que lo natural es lo bueno y lo artificial es lo malo. Que lo bueno es lo que la naturaleza nos entrega espontáneamente y que lo malo es todo lo creado por el ser humano, todo lo manipulado, modificado o sobrealimentado.
A veces, fijar la atención en cosas nimias, incluso cotidianas, permite extraer conclusiones que en absoluto resultan nimias ni cotidianas. Así que sigamos el consejo, y fijémonos en un rasgo nimio en una novela: la primera frase. La primera frase de una novela puede hacer muchas cosas: puede instigarnos a continuar la lectura, o puede desalentarnos. 