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¿Cómo cambia tu cerebro cuando lees o escribes?

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bc522_aprenderaleer.jpgTodos tenemos la intuición de que, al leer un libro, salimos un poco cambiados de la experiencia. Más sabios (o más resabiados), con mayor perspectiva, más empáticos, con mayor ojo crítico, más soñadores, con mayores ansias por conocer, más viajados, con más amigos, menos solos, en definitiva. Algo parecido sucede con la escritura, aunque de un modo ligeramente distinto.

Pero tener la intuición, creer, sospechar, sentir… no es lo mismo que saber. Para saber si realmente la lectura o la escritura nos cambia, deberíamos detectar cambios físicos medibles en nosotros. Y como nosotros, el Yo, estamos contenidos en nuestros cerebros, habría que buscar esos cambios en los cerebros de los lectores.

Y la verdad es que las pruebas neurológicas al respecto son abrumadoras. Aunque, en apariencia, un lector tiene la misma pinta que un no lector, incluso que un analfabeto, se podría decir que un lector es, respecto a una persona que nunca ha aprendido a leer, una criatura perteneciente a otra especie.

No sólo hay diferencias estructurales en el cerebro, sino que los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera, tal y como señala la psicóloga mexicana Feggy Ostrosky-Solís:

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‘Historias de la ciencia y del olvido’ de Oliver Sacks y otros autores

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El olvido (en el terreno de la investigación científica) es el tema rector, el tema que enlaza los artículos que componen este Historias de la ciencia y del olvido.

El autor principal de este libro es indudablemente Oliver Sacks (Londres, 1933), un neurólogo inglés que ha escrito importantes libros sobre sus pacientes, seguidor de la tradición, propia del siglo XIX, de las “anécdotas clínicas” (historias de casos clínicos contadas a través de un estilo literario informal), que encuentra su máxima expresión en el que probablemente sea su libro más conocido: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

El libro nació de una idea original de Oliver Sacks, que quería homenajear a sir Humphry Davy en su doble aspecto de eminente químico y notable poeta, y fue propiciado por una iniciativa conjunta de la New York Public Library y The New York Review of Books.

En el libro podemos encontrar los siguientes artículos o ensayos:

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‘El cerebro accidental’ de David Linden: la evolución de la mente y el origen de los sentimientos

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El número de libros sobre neurociencias se multiplican de forma añarmante en los anaqueles de las librerías. Digo alarmante porque muchos de ellos no dejan de ser repeticiones de los mismos conceptos explicados de maneras ligeramente distintas. Sin embargo, cuando leí la contraportada de El cerebro accidental, de David Linden, La evolución de la mente y el origen de los sentimientos, enseguida me di cuenta de que me estaba enfrentando a un libro de neurociencia de enfoque radicalmente distinto.

La mayoría de libros sobre el cerebro presentan a la masa gris que palpita bajo nuestro cráneo como un hito de la evolución, un órgano exquisitamente complejo y preciso, una especie de revolución biológica, la solución a todos los problemas del universo (y, por supuesto, uno de tantos argumentos falaces esgrimidos por los apologetas del diseño inteligente).

Lo que pretende el profesor de Neurociencia de la Facultad de Medicina de la Universidad John Hopkins, David Linden, sin embargo, es enfocar el estudio del cerebro desde un punto diametralmente opuesto: el cerebro es una chapuza, una vergüenza de la naturaleza, un amontonamiento de parches que asombra no por su armonía sino porque parecen funcionar lo suficientemente bien como para mantenernos vivos.

El cerebro accidental, pues, se engloba dentro de esta nueva corriente de divulgación en neurociencia que se basa en la premisa kludge. La palabreja se suele soltar en el ámbito académico estadounidense. Está formada por las iniciales de los adjetivos klumsy (“torpe), lame (“poco convincente”), ugly (“feo”), dumb (“tonto”), but good enough (“pero bastante bueno”).

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'Musicofilia', de Oliver Sacks

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MusicofiliaA lo largo de los años Oliver Sacks se ha convertido en un reputado neurólogo que, gracias a su forma de narrar historias clínicas, ha acercado al gran público esta rama de la ciencia tan intrincada y, en ocasiones, sorprendente. Cualquiera que lo haya leído sabe dónde reside su atractivo, lo que hace que alguien sin conocimientos médicos devore sus libros como si se tratara de cuentos o novelas. El doctor Sacks habla, más que de enfermedades o trastornos, de pacientes (mejor dicho, de personas) y de cómo esa dolencia afecta a una vida concreta. Como un Sherlock Holmes que ausculta la mente, analiza los sentidos y los observa a la luz de las acciones más cotidianas; lo que prima en sus textos es la experiencia de la enfermedad, su mano a mano con quien la vive a diario.

Su última obra, Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro, aúna dos de sus grandes pasiones: la neurología y la música, que en estas páginas se entretejen en un intento de comprenderse mutuamente. Cómo el cerebro percibe e interpreta la música, cómo ésta es capaz de despertar zonas dañadas de nuestra mente.

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'Despertares', de Oliver Sacks

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SacksDesde la primera vez que leí a Oliver Sacks, con Un antropólogo en Marte, quedé absolutamente fascinada en dos sentidos: uno, por las extraordinarias historias que narraba sobre alteraciones neurológicas (un tema por el que siempre he sentido gran atracción) y, dos, y aquí reside el auténtico motivo de mi fascinación, por la perspectiva que defiende sobre la enfermedad y su tratamiento. Sus libros se centran en temas que, a priori, todos catalogaríamos como “científicos” y, por supuesto, lo son, ya que se trata de casos médicos. Pero lo que a Sacks le interesa no es realizar una exposición sobre la enfermedad en términos puramente científicos, mecánicos y químicos, sino dar una visión sobre los paisajes existenciales en los que viven los pacientes, las experiencias individuales de cada uno con su enfermedad.

Aquí radica su éxito, no sólo el que cuantifica las ventas de sus libros, sino su calidad como científico y como persona. De ahí que, cuando en 2006, Dustin Hoffman presentó el premio ‘Music has power,’ que el Institute for Music and Neurologic Function le concedió a Oliver Sacks, afirmó que lo que en esos momentos estaban celebrando era su profunda humanidad.

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