Carambolas de la vida, cayeron en mis manos dos libros con similares propósitos: el popularísimo Más Platón y menos Prozac, de Lou Marinoff, y el que es objeto de esta reseña, Las consolaciones de la filosofía.
El primero confieso que fui incapaz de acabarlo: trataba de arreglar el mundo con cuatro recetas demasiado elementales, tenía aspecto de autoayuda cogida por los pelos, era pretencioso, limaba algunas aristas para que todo encajara en su tesis, mostraba una arrogancia y una superioridad frente a los demás saberes un poco estomagantes… casi parecía un publirreportaje para dar trabajo a una nueva clase de profesional: el terapeuta filosófico.
El segundo, del infalible Alain de Botton, sin embargo, es mucho menos ambicioso pero también más juicioso y templado.
Lo que más me llama la atención de Las consolaciones de la filosofía, este modesto manual para enfrentarse a la vida con cierto bagaje intelectual (no lo confundamos con un libro de autoayuda aunque juegue en la misma liga), es su tremenda facilidad para simplificar las ideas filosóficas más abstrusas en narraciones asequibles para profanos. La imagen recuerda a la de un grupo de hormigas rojas actuando con voracidad metódica sobre el cadáver de un animal: al final sólo queda la osamenta, un armazón limpio de impurezas gracias a la infinita pedagogía del autor.

