Reconozco que, cuando escribo novelas o cuentos, tiendo a ser ampuloso; incluso rozo la pedanterÃa y el esnobismo. Soy perfectamente consciente de que a veces no se me entiende. O se me puede entender de muchas formas distintas.
Pero eso no es, a mi juicio, un rasgo negativo: las novelas no siempre tienen que aportar información clara y objetiva sino estimular el cerebro del lector, favorecer la multiplicidad de interpretaciones, dar de comer a los exegetas. Perderse por las subordinadas infinitas de Marcel Proust o por el hermetismo de James Joyce puede aportar desafÃos cognitivos interesantes.
Pero la cosa se pone fea cuando nos enfrentamos a un texto de no ficción: un artÃculo, un ensayo o una mera opinión taquigráfica por Twiter o Facebook. Es entonces cuando me pongo verdaderamente enfermo. Es algo glandular, instintivo, pauloviano: el que profiere la opinión en términos literarios pomposos o poéticos pierde para mà todo su crédito intelectual. Automático.
Pudiera parecer mi reacción análoga a las de los ex fumadores con los fumadores: acostumbran a ser más agresivos e intolerantes con el humo que los no fumadores de toda la vida. Yo, de natural denso en mi vertiente de ficción, podrÃa entonces cargar demasiado las tintas contra la densidad en la no ficción. Pero no es asÃ. Que yo sea un rompecabezas literario es sólo anecdótico. Porque yo no soy peligroso, los peligrosos son los otros.

En el apartado de ficción se mantienen los primeros puestos respecto de la semana pasada.
Cuando contemplo los stands de libros de no-ficción de una gran superficie no puedo evitar una sensación de déja vu. Tengo la impresión de que desde hace tiempo sólo se producen o biografÃas de personajes más o menos notorios, o libros polÃticos. Y no generalmente de teorÃa o ciencia polÃtica, sino más bien de ese mejunje entre ideologÃa y comunicación de masas que ha dado lugar a todo un género superventas: España va mal, o en palabras del showman: La que está liando Zapatero.
El sello 