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09 mayo 2008

['Nuestros antepasados', de Italo Calvino] El Barón rampante

Paolo Fava

BaronLlegamos al final de la trilogía de Nuestros antepasados con la novela más celebre de todas, El Barón rampante. Desde hace tiempo es una lectura juvenil obligada aunque como en todo Italo Calvino la sencillez aparente enmascara una profundidad alegórica compleja. Sin embargo, al contrario que El Vizconde demediado y El Caballero inexistente, esta última novela es mucho menos conceptual, apegándose a una narración tradicional con la que el lector está más familiarizado.

Así, es la más densa de las tres novelas, y la única que huye de lo fantástico (o al menos de la inverosímil). No por ello deja de tratarse de un relato extraordinario, el de Cosme Piovasco de Rondó, Barón de Ombrosa. Siendo sólo un niño, Cosme rechazo comer el plato de caracoles que su familia le imponía, y escapó subiéndose a los frondosos árboles que cubrían su región. Su padre, por entonces el Barón, le advirtió de un severo castigo cuando bajase; el declaró que no bajaría más; y mantuvo su promesa.

Es por lo tanto la historia de un hombre que, sin jamás bajar de las copas de los árboles, conocería aventuras, amores y guerras, se cartería con los sabios de su tiempo, participaría en movimientos revolucionarios. fundaría sociedades secretas y llegaría a conocer a Napoleón, quién declararía: SI yo no fuera Napoleón habría querido ser el ciudadano Cosimo Rondó. Todo esto nos lo cuenta su hermano pequeño Biagio, quién llevó una vida conformista a la sombra de Cosme desde el día en el que a él le falló la voluntad y comió los caracoles.

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17 abril 2008

['Nuestros antepasados', de Italo Calvino] El Caballero inexistente

Paolo Fava

ElDe los volúmenes que componen la trilogía Nuestros antepasados de Italo Calvino, El Caballero inexistente es el que considero el mejor y el que me suscita mayor simpatía. Habrá muchos que no estén de acuerdo conmigo, y creo que en ello reside uno de los valores de la creación de Calvino: de esos tres extraños antepasados nuestros que nos presenta, cada uno reconocemos a aquél con el que tenemos mayor afinidad. Yo declaro desde ya mi afiliación al étereo caballero Agilulfo, que existe por pura voluntad, y a su fantástico mundo de caballerías esquizoides.

Calvino nos traslada a uno de sus universos experimentales favoritos, el de los romances de caballerías, su versión analítica y paródica de obras como el Orlando Furioso de Ariosto. Nada más empezar encontramos lo propio, al emperador Carlomagno pasando revista a sus tropas antes del combate contra los infieles. Último de la fila de sus paladines el rey descubre a Agilulfo, cuya prístina armadura blanca no encierra a un hombre ni a ser viviente alguno. Preguntado por lo insólito de su circunstancia, Agilulfo declara existir únicamente debido al rigor por el que sigue las normas de la caballería y por el fervor de su servicio al rey. Complacido por la respuesta, Carlomagno no le da más vueltas.

Y es que Agilulfo es la perfección de la norma, la exactitud matemática del cálculo, la frialdad de la justa medida. Como si la voluntad que lo mantiene en pie fuera regida por una computadora, el caballero inexistente es incapaz de relacionarse con el mundo fuera de unas leyes prefijadas, ya sean la cortesía, las órdenes militares o las convenciones del “buen amor”. Agilulfo sólo existe en sus ejercicios de lógica aplicada: desprovisto de emotividad y de empatía hacía el resto de los seres humanos, pasa sus noches sólo fabricando figuras geométricas con piñas, ya que dormir para él implicaría la disolución.

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07 abril 2008

['Nuestros antepasados', de Italo Calvino] El Vizconde demediado

Paolo Fava

visconte-dimezzato.jpgEs con El Vizconde demediado que Italo Calvino aparca en 1952 la novela de corte realista e inaugura una nueva forma de narración histórico – fantástica que a la postre se concretaría en la trilogía de Nuestros antepasados, tres personajes de alcurnia cuyas insólitas existencias son un trasunto del hombre moderno. El primero de estos ilustres antecesores nuestros es Medardo de Terralba, primogénito del vizconde, enviado a batallar contra los moros en Bohemia. Mezcla de ardor guerrero, ingenuidad e inexperiencia, Medardo salta a la refriega en el lugar menos apropiado (delante de la boca de un cañón) y una bala incandescente lo parte limpia y simétricamente en dos, de cogote a entrepierna.

Quiere la historia que Medardo sobreviva a tan terrible herida. Y es la mitad de un hombre la que regresa a Terralba entre la expectación de su gente, incluído su sobrino, nuestro narrador. Pronto descubrirán que el horror de ese ser cuya mitad derecha flota en el vacío no es nada comparado a su maldad. El regresado condena a muerte, incendia casas, destruye cosechas, tiende trampas, y sobre todo secciona por la mitad todo lo que cae entre sus manos convencido que lo auténtico, verdadero y puro sólo se encuentra en las fracciones.

Para complicar las cosas, un segundo Medardo entra en acción, uno que carece en este caso de lado izquierdo. Toda la maldad del primero, del ‘Amargado’ como lo motejan, es en el segundo un espíritu de sacrificio, compasión y entrega fuera de todo límite. Es el ‘Bueno’, poco menos que un santo, al que su división ha conducido a sentirse uno con el sufrimiento universal. El primero busca deshacer las buenas obras del segundo, y vice versa. Entre medias la población de Torralba no se las apaña mejor con uno que con otro hasta que irrumpe Pamela, una moza montaraz de la que los dos Medardos deciden enamorarse y que precipitará la resolución inevitable.

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