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Eureka(s) o cómo los libros los escribimos entre todos (y IV)

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Me viene ahora a la cabeza el éxito artístico de la mayoría de miembros de la familia Bardem; actores, escritores, directores; o de la familia Flores, cantantes, actrices, compositores. Al ser interpelada Pilar Bardem acerca del creciente éxito de su hijo Javier (mucho antes de que ganara el Oscar), expresó que su hijo se lo había ganado, que se lo había currado desde cero.

Sin desmerecer el trabajo artístico de los miembros de estas familias, sin duda (a no ser que tengamos una idea casi mística del poder de la genética) es cuando menos sospechoso que todos ellos hayan logrado prosperar artísticamente en mayor o menor medida. Lo cual hace pensar que no parten de la nada; nacer Barden o Flores es garantía de que al menos se te escuchará con más atención; también se te criticará más, por supuesto, pero partes de una situación distinta del cualquier otro artista anónimo.

Porcentualmente, dado que hay miles de millones de personas en el mundo, deben de existir cientos o miles de artistas con las mismas o incluso mejores cualidades que Javier Bardem, pero sólo hay un Javier Bardem porque sólo hay un foco informativo poderoso incidiendo en él y no en otros cientos de actores similares que se deben conformar haciendo obras de teatro amateur.

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Eureka(s) o cómo los libros los escribimos entre todos (III)

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Como se prometía en la anterior entrega de esta serie de artículos, transcribiremos ahora El mundo de las palabras, del psicólogo cognitivo Steven Pinker:

Los historiadores convienen en que existió un hombre llamado William Shakespeare que vivió en Stratford-on-Avon y en Londres a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII. Pero durante siglos se ha dudado de que ese hombre compusiera las obras que se le atribuyen. Quizá suene esto igual que la teoría de que la CIA hizo estallar el World Trade Center, pero así lo creyeron seriamente Walt Whitman, Mark Twain, Henry James y muchos estudiosos contemporáneos, y esta idea se basa en toda una serie de hechos condenatorios. Las obras de Shakespeare no se publicaron mientras vivió, y en aquella época la autoría no se registraba tan minuciosamente como ahora. El propio hombre no tenía estudios, nunca viajó, tuvo hijos analfabetos, en su ciudad se le conocía como hombre de negocios, no se le hizo panegírico alguno cuando falleció, y en su testamento no dejó libro ni manuscrito alguno. Incluso los famosos retratos no se pintaron mientras vivió, y no hay razón para pensar que se parecieran al hombre en cuestión. En aquellos tiempos, escribir obras de teatro era un trabajo de dudosa reputación, de manera que es posible que el verdadero autor, que, según diversas teorías, puso ser Francis Bacon, Edgard de Vere, Christopher Marlowe y hasta la reina Isabel, quisiera mantener en secreto su identidad.

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Eureka(s) o cómo los libros los escribimos entre todos (II)

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Tras el fragmento de Jared Diamond del post anterior, he de decir que nunca he entendido las colas de gente que se forman frente a un escritor para que les firme un ejemplar de su obra. Nunca he entendido la fascinación que nos produce un famoso. Bien, por supuesto que lo entiendo, entiendo los entresijos psicológicos que subyacen en este fenómeno, comprendo los motivos culturales y hasta meméticos.

Pero lo que no entiendo es que todavía a estas alturas nadie haya hecho demasiado por pulverizar este fenómeno irracional; o al menos, se haya diseccionado con mayor sentido crítico. Tal vez dejar de creer en algo así sería tan traumático para la psique social como dejar de creer en Dios. Tal vez a quienes dirigen los medios de comunicación tampoco les interesa descubrir el truco, como ilusionistas que viven de interpretar siempre el mismo show.

Porque, a mi juicio, aunque la teoría del genio colectivo no sea del todo acertada, igualmente se exagera la importancia de los autores singulares, como si sus cerebros discurrieran de una forma tan distinta de la nuestra como lo haría la de un marciano. Pero los marcianos no existen.

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Los clichés en literatura (I)

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Muchos lectores de novela recelan de las prosas crípticas, recargadas, originales y, sobre todo, pedantes. A tenor de ello, no hace mucho me formularon una pregunta que, aunque ingenua, no me veía capaz de responder sin perderme en mil y una ideas diferentes.

La pregunta fue: ¿No crees que si escribieras un poco menos complicado te leería más gente?

Son esa clase de preguntas infantiles tan elementales que te desarman. Pues sí, oye. Si escribiera más sencillito sin duda me leería más gente, hasta la que sólo lee a Pablo Cohelo. Es totalmente cierto. Pero no voy a usar este espacio público para torturaros con los personalísimos motivos por los que un día opté por escribir rarito, como ese empollón cuatro ojos que se sienta en primera fila de clase.

De lo que voy a hablaros hoy es de los clichés en literatura. De esto saben mucho los románticos ñoños que en realidad encubren el deseo primario de meterse en las bragas de una mujer (o fémina, poniendo pedante). Ya sabéis, del tipo: “Tus ojos son como dos soles, qué bonita eres entre todas las mujeres, eres tú mi príncipe azul” y todas esas fórmulas que de tan repetidas deberían poner en guardia a cualquier mujer u hombre inteligente. Pero muchos se lo tragan, como se tragan la prosa de Pablo Cohelo (pobre Cohelo, no es nada personal).

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