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		<title>Magazine - originalidad</title>
		<link>http://www.papelenblanco.com</link>
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Blog sobre literatura, críticas de libros, internet y letras.		</description>
		<pubDate>2012-02-13 06:27:24</pubDate>

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      <title><![CDATA[Eureka(s) o cómo los libros los escribimos entre todos (y IV)]]></title>
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      <pubDate>Sat, 07 Nov 2009 01:09:12 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="centro" src="http://img.papelenblanco.com/2009/11/javier-bardem-nominado-a-los-oscar.jpg" alt="" />Me viene ahora a la cabeza el éxito artístico de la mayoría de miembros de <strong>la familia Bardem</strong>; actores, escritores, directores; o de <strong>la familia Flores</strong>, cantantes, actrices, compositores. Al ser interpelada <strong>Pilar Bardem</strong> acerca del creciente éxito de su hijo Javier (mucho antes de que ganara el Oscar), expresó que su hijo se lo había ganado, que se lo había currado desde cero. </p>

	<p>Sin desmerecer el trabajo artístico de los miembros de estas familias, sin duda (a no ser que tengamos una idea casi mística del poder de la genética) es cuando menos sospechoso que todos ellos hayan logrado prosperar artísticamente en mayor o menor medida. Lo cual hace pensar que no parten de la nada; nacer Barden o Flores es garantía de que al menos se te escuchará con más atención; también se te criticará más, por supuesto, pero <strong>partes de una situación distinta del cualquier otro artista anónimo</strong>. </p>

	<p>Porcentualmente, dado que hay miles de millones de personas en el mundo, deben de existir cientos o miles de artistas con las mismas o incluso mejores cualidades que Javier Bardem, pero sólo hay un Javier Bardem porque sólo hay un foco informativo poderoso incidiendo en él y no en otros cientos de actores similares que se deben conformar haciendo obras de teatro <em>amateur</em>. </p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Lo cual abre una línea de debate no menos interesante: aceptando que somos demasiados los individuos que potencialmente podemos ser artistas geniales, esta criba espontánea y natural (aunque injusta y caprichosa), ¿es útil y debe preservarse o quizá habría que apostar por <strong>otro modelo cultural</strong>? Difícil cuestión, pues la estructura actual se halla ciertamente muy arraigada. </p>

	<p>Aunque Internet, que permite que cada vez podamos ser más escritores, más directores de cine, más autores con voz y voto (el mismo <strong>Ramoncín</strong> criticaba esta tendencia diciendo que al final <em>habría más cantantes produciendo música que escuchando música</em>), en definitiva, puede cambiar esta idea de Autor por primera vez en la historia. Internet es la forma más revolucionaria de demostrarnos que somos muchos más en el mundo de lo que creemos. Que no somos tan especiales. <strong>Que hay más gente que piensa y padece las mismas zozobras que nosotros</strong>.</p>

	<p>Concluyendo y uniendo las dos ideas fundamentales vertidas; a saber: <strong>1)</strong> que las invenciones son sólo mezclas de invenciones que flotan entre nosotros nacidas de los miles de cerebros que nos rodean, combinaciones fortuitas que normalmente no salen a la luz porque nadie las apoya; y <strong>2)</strong> Que somos incapaces de asimilar cifras grandes de personas y así preferimos centrarnos emocionalmente en grupos pequeños o personas individuales pese a que existan muchos seres que en potencia deberían merecer nuestra atención. Uniéndolas, digo, ponemos de manifiesto nuestra <strong>obsesión por buscar la autoría de cualquier idea, libro o invento</strong>. </p>

	<p>Pero, así como las modas no tienen autor sino que <strong>nacen de la sinergia de comportamientos colectivos</strong>; las ideas, corrientes de pensamiento, inventos o libros tampoco tienen más autor que la infoesfera en la que vivimos todos inmersos. Será interesante ver cómo todas estas nuevas ideas van calando poco a poco en el mundo, provocando cambios que somos incapaces de predecir. </p>

	<p>Y por si alguien empieza a sospecharlo: No, obviamente, yo tampoco soy el autor de este artículo. <strong>Lo sois vosotros</strong>. Enhorabuena.</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Eureka(s) o cómo los libros los escribimos entre todos (III)]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/eurekas-o-como-los-libros-los-escribimos-entre-todos-iii</link>
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      <pubDate>Fri, 06 Nov 2009 00:33:24 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="centro" src="http://img.papelenblanco.com/2009/11/shakespeare2.jpg" alt="" />Como se prometía en <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/eurekas-o-como-los-libros-los-escribimos-entre-todos-ii">la anterior entrega</a> de esta serie de artículos, transcribiremos ahora <em>El mundo de las palabras</em>, del psicólogo cognitivo <strong>Steven Pinker</strong>: </p>

<blockquote>Los historiadores convienen en que existió un hombre llamado William Shakespeare que vivió en Stratford-on-Avon y en Londres a finales del siglo <span class="caps">XVI</span> y principios del siglo <span class="caps">XVII</span>. Pero durante siglos se ha dudado de que ese hombre compusiera las obras que se le atribuyen. Quizá suene esto igual que la teoría de que la <span class="caps">CIA</span> hizo estallar el World Trade Center, pero así lo creyeron seriamente Walt Whitman, Mark Twain, Henry James y muchos estudiosos contemporáneos, y esta idea se basa en toda una serie de hechos condenatorios. Las obras de Shakespeare no se publicaron mientras vivió, y en aquella época la autoría no se registraba tan minuciosamente como ahora. El propio hombre no tenía estudios, nunca viajó, tuvo hijos analfabetos, en su ciudad se le conocía como hombre de negocios, no se le hizo panegírico alguno cuando falleció, y en su testamento no dejó libro ni manuscrito alguno. Incluso los famosos retratos no se pintaron mientras vivió, y no hay razón para pensar que se parecieran al hombre en cuestión. En aquellos tiempos, escribir obras de teatro era un trabajo de dudosa reputación, de manera que es posible que el verdadero autor, que, según diversas teorías, puso ser Francis Bacon, Edgard de Vere, Christopher Marlowe y hasta la reina Isabel, quisiera mantener en secreto su identidad.</blockquote>

	<p><!--more--> </p>

	<p>Lo relevante de esta teoría de la conspiración no es si Shakespeare existió o no realmente. Lo importante es imaginar qué pasaría si se demostrara sin ningún género de dudas que <strong>Shakespeare no fue no autor de <em>Hamlet</em></strong>. ¿Qué implicaciones acarrearía una afirmación como ésta? </p>

	<p>Obviamente, Shakespeare caería en el descrédito. Pero ¿<em>Hamlet</em> perdería algún tipo de virtud? En absoluto. Hamlet nos parecería una obra igualmente interesante. <em>Hamlet</em> se tornaría anónimo, y entonces no adoraríamos a Shakespeare, sino la obra en sí. Con esto se trata de demostrar que la estructura de producción editorial entorno a la obra de Shakespeare no se resentiría. ¿Ocurriría algo diferente si los libros contemporáneos dejasen de estar firmados por una persona, si ya no se produjeran presentaciones oficiales del autor de la obra frente a un público expectante? Visto lo expuesto, es difícil decantarse pero ¿realmente es tan importante <strong>mantener una falacia para preservar un negocio</strong>, en este caso la venta de libros? </p>

	<p>Pero existe otra razón para que los autores sean tan o más importantes que las obras que escriben y que los consideremos seres especiales y poco comunes. Las vacas sagradas también existen debido a que <strong>tenemos un grave problema a la hora de operar con números grandes</strong>. No hay que olvidar que nuestros cerebros se forjaron hace miles de años, en otras circunstancias muy distintas a las actuales, y que nuestro estilo de vida es muy exiguo en comparación. </p>

	<p>Los homínidos de los que descendemos vivían en un mundo del que podían ser expulsados en cuanto bajasen la guardia: el número de individuos era escaso y las condiciones de supervivencia, difíciles. Así que sólo se reproducían los hombres que tuvieran esto muy en cuenta: los hombres y mujeres que gustasen de practicar sexo y reproducirse y los hombres y mujeres que tuvieran mucho miedo de extinguirse, mostrando dolor y preocupación cuando alguien cercano moría o enfermaba. </p>

	<p>Antes, también, los homínidos convivían en comunidades pequeñas, de 40 o 50 individuos, por lo general, y todos los integrantes de estas comunidades tenían funciones importantes para la supervivencia general de la comunidad: si uno de ellos moría, era preocupante; si morían 20, la comunidad probablemente sucumbiría al completo. (Por eso hoy en día nos siguen llamando la atención las cifras de víctimas en accidentes de tráfico aunque, porcentualmente, no supongan un menoscabo importante para la supervivencia de la especie; al menos nos llaman excesivamente la atención por la incidencia mediática en la noticia si lo comparamos con <strong>la cifra de muertes por accidentes en los cuartos de baño</strong>, mucho mayores que las de tráfico). </p>

	<p>Así pues, si el entorno mediático es el apropiado, la vida de diez personas nos puede importar más que la vida de diez mil. Porque diez personas son computables por un cerebro criado en comunidades pequeñas, pero diez mil escapa a nuestra imaginación. </p>

	<p>Vertemos más lágrimas y furia por la historia individual de una asesinada con cobertura informativa importante que por la noticia de las decenas de muertes por hambruna que se suceden durante los segundos en los leemos estas líneas. Del mismo modo, <strong>prestamos más atención al logro de una persona</strong> (o un número asequible) que el logro de una sociedad por haber favorecido un ambiente concreto para que dicha persona plasmara ese logro.</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Eureka(s) o cómo los libros los escribimos entre todos (II)]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/eurekas-o-como-los-libros-los-escribimos-entre-todos-ii</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/eurekas-o-como-los-libros-los-escribimos-entre-todos-ii</guid>
      <pubDate>Thu, 05 Nov 2009 03:36:40 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="centro" src="http://img.papelenblanco.com/2009/11/pringran.jpg" alt="" />Tras el fragmento de <strong>Jared Diamond</strong> del <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/eurekas-o-como-los-libros-los-escribimos-entre-todos-i">post anterior</a>, he de decir que nunca he entendido las colas de gente que se forman frente a un escritor para que les firme un ejemplar de su obra. Nunca he entendido la fascinación que nos produce un famoso. Bien, por supuesto que lo entiendo, entiendo los entresijos psicológicos que subyacen en este fenómeno, comprendo los motivos culturales y hasta meméticos. </p>

	<p>Pero lo que no entiendo es que todavía a estas alturas nadie haya hecho demasiado por pulverizar este fenómeno irracional; o al menos, se haya diseccionado con mayor sentido crítico. Tal vez dejar de creer en algo así sería tan traumático para la psique social como dejar de creer en Dios. Tal vez a quienes dirigen los medios de comunicación tampoco les interesa descubrir el truco, como ilusionistas que viven de interpretar siempre el mismo <em>show</em>. </p>

	<p>Porque, a mi juicio, aunque la teoría del genio colectivo no sea del todo acertada, igualmente se exagera la importancia de los autores singulares, como si sus cerebros discurrieran de una forma tan distinta de la nuestra como lo haría la de un marciano. <strong>Pero los marcianos no existen</strong>. </p>

	<p><!--more--></p>

<blockquote>Se nos dice con frecuencia que James Watt inventó la máquina de vapor en 1769 supuestamente inspirado por haber observado salir el vapor por el pitorro de una tetera. Esta maravillosa fábula queda desmentida por la realidad de que Watt concibió la idea de su propia máquina de vapor mientras procedía a reparar un modelo de la máquina de vapor de Newcomen, que éste había inventado 57 años antes y de la que ya se habían fabricado más de cien en Inglaterra para la fecha en que Watt realizó su tarea de reparación.</blockquote>

	<p>Entonces ¿quién debería ser dueño de la patente de la máquina de vapor? ¿A quién debemos rendir honores? ¿Qué nombre deben memorizar los escolares en clase? ¿Watt? ¿Newcomen? ¿Los autores de los libros de ingeniería que leyeron ambos? ¿Sus padres? ¿Las serendipias? </p>

	<p>Mi respuesta es: ¿a quién le importa? Por supuesto, a la gente le importa, eso es obvio, pero ¿por qué debería importar? Partiendo de la base de que las ideas se forjan de formas complejas y fortuitas, que nacen inconcretamente, ¿por qué continuamos sin cuestionar ese deseo de entronizar a un Autor? Sin duda todo esto recuerda sospechosamente a la necesidad del hombre por hallar un Autor, un Creador del mundo y de todo lo que está contenido en él. <strong>El Autor es una versión laica de Dios</strong>. </p>

	<p>Sigue <em>Armas, Gérmenes y Acero</em>: </p>

<blockquote>Todo esto no significa negar que Watt, Edison, los hermanos Wright, Morse y Whitney realizaran grandes mejoras y, con ello, incrementaran o inauguraran éxitos comerciales. La forma del invento que con el tiempo se adoptó podría haber sido algo distinta sin la contribución reconocida del inventor. Pero a nuestros efectos, la cuestión es si el panorama general de la historia mundial habría experimentado alteraciones significativas si alguno de los genios inventores no hubiese nacido en un lugar y una época determinados. La respuesta es clara: nunca ha existido tal clase de persona. Todos los inventores famosos reconocidos han tenido predecesores y sucesores capacitados, introduciendo sus mejoras en una época en que la sociedad era capaz de utilizar su producto.</blockquote>

	<p>La idea que se defiende aquí es que todas las obras, incluidas las literarias, por qué no, se desarrollan por acumulación; ergo, su autor original es difuso, por mucho que la <span class="caps">SGAE</span> se empecine en lo contrario pagando <em>royalties</em> por <em>politonos</em> a Ramoncín.</p>

	<p><strong>Nadie gritó ¡Eureka!</strong> Y si lo hizo, fue demasiado egocéntrico para darse cuenta de que él sólo estaba transmitiendo aquello que le rodeaba, y que podría haberlo hecho cualquiera antes o después de él. </p>

	<p>Pero los defensores del genio literario podrían creer que un invento no funciona bajo las mismas reglas que una obra artística. Para ellos, en el próximo capítulo me centraré en la creación literaria de la mano de un psicólogo cognitivo bien conocido internacionalmente. </p>      ]]></description>
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                    <item>
      <title><![CDATA[Los clichés en literatura (I)]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/los-cliches-en-literatura-i</link>
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      <pubDate>Wed, 25 Feb 2009 10:30:17 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2009/02/300_111284.jpg" alt="" />Muchos lectores de novela recelan de las prosas crípticas, recargadas, originales y, sobre todo, pedantes. A tenor de ello, no hace mucho me formularon una pregunta que, aunque ingenua, no me veía capaz de responder sin perderme en mil y una ideas diferentes.</p>

	<p>La pregunta fue: ¿No crees que si escribieras un poco menos complicado te leería más gente?</p>

	<p>Son esa clase de preguntas infantiles tan elementales que te desarman. Pues sí, oye. Si escribiera más sencillito sin duda me leería más gente, hasta la que sólo lee a <strong>Pablo Cohelo</strong>. Es totalmente cierto. Pero no voy a usar este espacio público para torturaros con los personalísimos motivos por los que un día opté por escribir rarito, como ese empollón cuatro ojos que se sienta en primera fila de clase.</p>

	<p>De lo que voy a hablaros hoy es de <strong>los clichés en literatura</strong>. De esto saben mucho los románticos ñoños que en realidad encubren el deseo primario de meterse en las bragas de una mujer (o fémina, poniendo pedante). Ya sabéis, del tipo: “Tus ojos son como dos soles, qué bonita eres entre todas las mujeres, eres tú mi príncipe azul” y todas esas fórmulas que de tan repetidas deberían poner en guardia a cualquier mujer u hombre inteligente. Pero muchos se lo tragan, como se tragan la prosa de Pablo Cohelo (pobre Cohelo, no es nada personal).</p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Lo mismo sucede con la literatura. “Alto como una torre, nariz aguileña” Etcétera. Muchos lectores quieren enterarse de la trama de la novela, no tienen tiempo en pensar, vale, nariz aguileña, como siempre, la misma puñetera nariz de siempre. Simplemente se imaginan eso: una nariz aguileña. Y no echan en falta nada más, porque lo que interesa no es la nariz del tipo. Lo que interesa es qué aventuras maravillosas y excitantes le saldrán al paso. Por esa razón, si tales aventuras no suceden finalmente y el autor insiste en recrearse en la puñetera nariz, pues el lector cierra el libro y piensa “qué tostón”. </p>

	<p>Si al final el bueno no se queda con la chica, pues pasa lo mismo que con el tema de la nariz aguileña. La nariz es grande, pequeña, como una patata (o tubérculo, si nos ponemos estupendos)… pero ni se te ocurra decir que la nariz “posee connotaciones ornitológicas”, pedante, vade retro, pesao, ves al meollo de la historia y no te andes por las ramas. Otro cliché: por las ramas. </p>

	<p>Los clichés no son negativos per se. A veces incluso son imprescindibles para no desconcentrar al lector sobre lo que estás contando. Otras veces, sin embargo, aburren a los muertos. ¿Por qué no escribes más sencillitos? Una respuesta sería precisamente ésa: porque me aburre, porque ya bastante parte del día paso en modo zombi para, encima, cuando estoy vaciándome de mis demonios, tenga que seguir con el piloto automático en modo ON.</p>

	<p>Hay gente que al contemplar las pirámides egipcias exclama: “¡Qué bonitas!”. Tal vez yo también lo haga. Pero si lo veo por escrito, la verdad es que me cuesta trabajo imaginar cuán bonitas son las pirámides. Porque hay tantas cosas bonitas hoy en día que, en fin… ¿en qué se diferencia una pirámide a un geranio? ¿Qué tiene de especial una nariz aguileña que la diferencie de las demás narices que me rodean, leo, veo, recuerdo? ¿Por qué no escribes más sencillito? Para no repetir lo ya repetido un nonillón de veces, para no leer lo ya leído otro nonillón de veces.</p>

	<p>Los clichés, por compartir un abanico tan amplio de experiencias, por funcionar al igual que comodines de una baraja, apenas ofrecen información, como si las imágenes que nos aporta la novela estuvieran desenfocadas o se parecieran a los dibujos esquemáticos de un niño de cuatro años.</p>

	<p>Más información | <a href="http://www.anagrama-ed.es/titulo/A_297">La guerra contra el cliché, de Martin Amis</a></p>      ]]></description>
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