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Pablo Cohelo

Relájate y disfruta (y III)

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Bien. Llegados a este punto, ¿cuál es la conclusión de toda esta arenga en términos literarios y/o artísticos? La conclusión sería, en pocas palabras, que todos somos víctimas de nuestras miserias, que somos imperfectos, que hasta Terminator, Robocop y algún robot asimoviano (mentes todas ellas matemáticamente consecuentes) han llegado alguna vez a infringir sus directrices.

Conclusión que puede ramificarse con arreglo al siguiente esquema:

Que consumir sólo papillas para bebé o cultura popular es síntoma de un gusto poco adiestrado.

Que consumir sólo caviar o alta cultura y nunca un huevo frito con patatas es síntoma de impostura.

Que creerse superior consumiendo una u otra cosa es síntoma de falta de conciencia de uno mismo y del medio que le ha tocado vivir.

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Escribir en 'modo zombi' para que los zombis te lean (y II)

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Escribir algo digerible por la mayoría no está mal. Pero siempre recuerda que lo estás haciendo para la mayoría, que no se te vaya la olla en este punto. Y, sobre todo, intenta tener las espaldas anchas para que algunos, con razón, te digan que sólo escribes papilla digerible para estómagos infantiles. Si esto queda claro y asumido por ti, pues adelante, que ancha es Castilla. Tú allí y yo aquí, que se dice.

Pero si no es así, escritorzuelo, tienes un problema.

En el mundo cinematográfico el asunto quizás se perciba con mayor claridad. Una peli cara requiere de una buena taquilla para recuperar el dinero invertido. Ello provoca un curioso fenómeno: cuantos más efectos especiales tenga una peli, más idiota y plana será. Por eso la ciencia ficción y la fantasía, a grandes rasgos, está quizá tan desprestigiada en el mundo cinematográfico. Por eso películas que se pretenden “filosóficas y profundas” como Dark Knight o Watchmen queden como digests o versiones sin mordiente de obras que fuera de la ciencia ficción y la fantasía ya han ido muchísimo más lejos, en todos los sentidos. (Como es cuestión de dinero, hay obras literarias de ciencia ficción que sí profundizan más que muchas obras generalistas, porque están dirigidas a minorías y la inversión económicas para sacarlas al mercado es mínima: Ciudad permutación sería un buen ejemplo, porque a ver quién es el listo que la lee sin haberse empollado antes unos cuantos años informática avanzada).

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Los clichés en literatura (I)

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Muchos lectores de novela recelan de las prosas crípticas, recargadas, originales y, sobre todo, pedantes. A tenor de ello, no hace mucho me formularon una pregunta que, aunque ingenua, no me veía capaz de responder sin perderme en mil y una ideas diferentes.

La pregunta fue: ¿No crees que si escribieras un poco menos complicado te leería más gente?

Son esa clase de preguntas infantiles tan elementales que te desarman. Pues sí, oye. Si escribiera más sencillito sin duda me leería más gente, hasta la que sólo lee a Pablo Cohelo. Es totalmente cierto. Pero no voy a usar este espacio público para torturaros con los personalísimos motivos por los que un día opté por escribir rarito, como ese empollón cuatro ojos que se sienta en primera fila de clase.

De lo que voy a hablaros hoy es de los clichés en literatura. De esto saben mucho los románticos ñoños que en realidad encubren el deseo primario de meterse en las bragas de una mujer (o fémina, poniendo pedante). Ya sabéis, del tipo: “Tus ojos son como dos soles, qué bonita eres entre todas las mujeres, eres tú mi príncipe azul” y todas esas fórmulas que de tan repetidas deberían poner en guardia a cualquier mujer u hombre inteligente. Pero muchos se lo tragan, como se tragan la prosa de Pablo Cohelo (pobre Cohelo, no es nada personal).

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