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Paisajes para después de la batalla

'El exiliado de aquí y allá', de Juan Goytisolo

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ElY veinticinco años después resucitó, y se encontró en una encrucijada sideral en forma de cibercafé cósmico. Y el Monstruo del Sentier, hecho pedazos un cuarto de siglo atrás por la bomba-lapa de los Maricas Rojos, se acodó al teclado del extraño aparato y decidió revisitar el mundo, con un pie en el más allá y otro en el más acá. Todo al tiempo que se intercambia los e-mails más deplorables que se puedan encontrar en la red, prueba que las nuevas tecnologías sólo han servido para enconar sus pésimos vicios.

La primera impresión que se llevará el Monstruo al regresar al Sentier será la misma que cualquiera que haya leído Paisajes para después de la batalla haya colegido: que sus predicciones se han cumplido con escalofriante precisión. Las barriadas mestizas parisinas ardieron, el terrorismo islamista ha llegado más lejos de lo que nadie hubiera creído, el mundo se ha vuelto una polifonía global ininterrumpida en la que se mercadea con la intimidad/identidad.

Lejos de congratularse con su acierto, el Monstruo que no es tal se siente más perdido que nunca, sin un anclaje para su semivida. Decide que el modo para comprender la situación contemporánea es contactar vía internet con grupos terroristas antisistema. De este modo acaba reclutado por Alicia, un imán fundamentalista con una sólida tapadera de estrella pornográfica travestida, y el Monseñor, que mantiene una red internacional de orfanatos en los que sacia su pedofilia. Juntos traman atentados al tiempo que fingen ser un grupo ecuménico dedicado al dialógo entre religiones y la paz entre civilizaciones.

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'Paisajes para después de la batalla', de Juan Goytisolo

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paisajes-despues-batalla.jpgTendríais que haber visto la que se montó aquella vez en el Sentier. Ahora os quejáis que si los barrios ya no se reconocen con tanta gente nueva, que esto parece Marraquech en lugar de Lavapies, pero no sabéis como se las gastaban entonces. El Sentier, os digo, era el barrio parisino más típico que se pueda imaginar. Luego llegaron los inmigrantes, claro, pero hasta ellos tenían su sitio en el sistema y mientras nadie se metiera con nadie cada cual hacía su vida. Hasta que llegó la hecatombre, todo por culpa de ese maldito tipo.

No era nativo, eso está claro, aunque tampoco tan foráneo como la hornada de indios pakistaníes turcos argelinos llegadas al vecindario. No parecía tener otras ocupación que vagar todo el santo día por las calles como embobado, rondar los parques infantiles y entrar en algún cine porno (lo habían reconocido por sus indefectibles sombrero de fieltro e impermeable). Sólo después de la hecatombe se supo lo que tramaba: una mañana todos los postes, signos y rótulos del Sentier aparecieron escritos en un indescifrable alfabeto oriental. ¡Los paisanos perdidos, los de fuera tan panchos y él en medio de todos ufano como unas castañuelas!

Pero ¡Si hubieran sabido lo que tramaba ese individuo, en qué poco se hubiera quedado la susodicha hecatombre! Un anacoreta, recluído en su piso esquivando el contacto humano y la imperativa acción política y social. Un degenerado que atesora cartas obscenas de la sección de contactos y las contesta con obscena fruición. Un aborrecible pederasta que seduce a las niñas con un ratoncito blanco mediante el cual las conduce a la trampa de su bragueta abierta. Un aprendiz de terrorista que amenaza y conspira en nombre del pueblo Oteka. ¡Un auténtico mostruo al que su propia esposa, encerrada en el piso de al lado, niega el trato, razón por la cual él recurre al espionaje telefónico de sus conversaciones!

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