Las palabras vuelan libres, colonizando mentes y propagándose a la velocidad del sonido o la luz, según el soporte que las albergue. Las palabras entran en un cerebro cualesquiera, este cerebro las procesa, y finalmente las relanza a otros cerebros, en un proceso tan intrincado que no hay espacio aquí para ponderarlo.
La cuestión es que, a lo largo de ese proceso intrincado, las palabras menguan o amplían su éxito de uso, también depuran su significado o hasta cambian diametralmente de acepción (como pasó no hace mucho con “álgido”). Y en este proceso importa poco lo que sentencien los académicos de la lengua: su función se ha vuelto meramente informativa, más que prescriptiva.
Las palabras no se pueden moldear como la arcilla porque, en su periplo, se quedarán siempre marcadas con las muescas de las idiosincrasias de individuos, grupos, colectivos o pueblos. Las palabras son como entidades proclives a la mutación, son X-words, y, cada vez que entran en contacto con un intelecto, entonces es como si rociáramos la palabra con rayos gamma, de esos que se usaban en la ciencia ficción de los 50 para crear hormigas gigantes.
Por esa razón, las palabras, fundamentalmente, no influyen en la realidad, sino que es la realidad, debidamente colada a través de nuestra masa gris, quien influye en las palabras. Los inuit no emplean más palabras para referirse a la nieve porque capten un mayor abanico cromático o porque registren diferencias en la nieve que están vedados para nuestros sentidos urbanitas: lo que ocurre es que tienen más términos para referirse a la realidad circundante porque hay más tipos de nieve allí donde viven.

Hay lenguas que, por su sonoridad, puede que no sean de nuestro agrado. Por ejemplo, la aspereza del alemán. Parece una lengua concebida para impartir órdenes. Otras lenguas parecen más musicales y relajantes, como el catalán. También las hay que simplemente dan rabia, como el francés: bueno, me da rabia a mí, y me da la impresión de todos los franceses hablan haciendo morritos, como si fueran a plantarte un ósculo en cualquier momento.
Muchos abordan el asunto de incorporar nuevas palabras a nuestro vocabulario con un recelo acaso excesivo, propio de quienes arrastran un montón de tópicos por bagaje. En el otro extremo, están los que niegan la importancia de mantener unas reglas lexicográficas elementales, que suelen darle patadas al diccionario a la mínima ocasión, más por incultura o desidia que por verdadero convencimiento. Transitar por el punto medio, pues, es tarea para funambulistas.
Las palabras tienen poderes ocultos, ya sea por el sonido que emiten al pronunciarse como los significados que encierran, así como los lastres culturales que arrastran. Como si fueran palabras leídas en un grimorio. Los retóricos saben usar algunas parcelas de ese poder, pero existen otras ramificaciones subterráneas que apenas se pueden controlar y que, fonía a fonía, nos desvelan la volubilidad de nuestra mente.
El poder del lenguaje es incomensurable. Bien empleado, es capaz de instilar ideas, cambiar opiniones, empujar acciones. El lenguaje puede transformarlo todo. Y también es capaz de introducirnos de una forma totalmente nueva en la cabeza de otras personas, hasta el punto de codificar de algún modo su pensamiento más abstracto.
Miembros, miembras, negros por hombres de color, oh, my God por Oh, my Gosh. La obsesión por dulcificar las palabras para así mostrar mayor respeto o exhibir un pensamiento más puro es el pan de cada día.
Palabras que contienen cuatro consonantes seguidas: Transplantar, substraer, abstraer, abstracto.
Especialistas en semántica como Anna Wierzbicka demuestran que lo referido en la anterior entrega de este artículo no tiene sustento. Los lenguajes no son tan privados y compartimentados como parecen, a pesar de que su variedad nos sorprenda de forma extraordinaria: por ejemplo, echando un ojo al divertido libro
Lejos de acerbos conflictos nacionalistas, lo cierto es que los idiomas que se hablan en el mundo tienen más en común de lo que sospechamos.
Lo que se ha venido a llamar “acuñación recreativa”, es decir, inventar palabras por diversión, puede ser muy entretenido, sobre todo si estas palabras nuevas rellenan lagunas léxicas.