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'Palabradicción': juega con tu vocabulario

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'Palabradicción': juega con tu vocabulario

Una de los aspectos más interesantes de una lengua es su vocabulario y su origen. ¿Qué tiene que ver Platón con los plátanos? ¿Una enciclopedia con el Ku-Klux-Klan? ¿Un músculo con un murciélago? ¿Y las caderas de mi prima con la santa iglesia catedral? Las respuestas a estas preguntas en apariencia disparatadas están en 'Palabradicción', un libro de Virgilio Ortega sobre etimologías que se parece mucho a esos programas de televisión o a esos juegos de mesa basados en palabras, aunque es, por supuesto, distinto a ellos. Publica la editorial Crítica.

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‘Etimologicón: el sorprendente origen de nuestras palabras y sus extrañas conexiones’ de Javier del Hoyo

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‘Etimologicón: el sorprendente origen de nuestras palabras y sus extrañas conexiones’ de Javier del Hoyo

Las palabras tienen su propio ADN, como los organismos vivos. A diferencia de los organismos vivos, las palabras no poseen largas cadenas helicoidales de cuatro letras recombinadas de todas las formas posibles (ACTG), sino pequeñas mutaciones de letras que, tirando del hilo, nos permiten ir descubriendo cómo fueron degradándose, adaptándose, reordenándose, hasta ser cómo son.

Que la cama se llame cama y la cómoda se llame cómoda, siendo más cómoda la cama que la cómoda, no nace del capricho de un bautizador real con mala leche, sino que dicha contradicción es el resultado de innumerables caprichos mutagénicos del habla cotidiana, en la que todos participamos de tal forma que incluso las palabras pueden llegar a cambiar diametralmente de significado (un buen ejemplo es el término “as”, que hoy se aplica a quien es bueno en algo, como el as del deporte, pero que antaño se aplicaba justo al torpe, pues “as” procede de asnejón. Lo mismo puede decirse del repetido “punto álgido”, que en realidad significó no hace mucho única y exclusivamente el punto más frío).

El doctor el Filología Clásica Javier del Hoyo, pues, ha concebido Etimologicón con el mismo ánimo que Watson y Crick mostraron al mundo la estructura del ADN. Y además lo ha hecho de forma amena y accesible para toda clase de lector. El título: Etimologicón.

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La novela con las palabras más cultas, rebuscadas y altisonantes que has leído nunca

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La novela con las palabras más cultas, rebuscadas y altisonantes que has leído nunca

Cuando era adolescente y soñaba con convertirme en escritor, una de las tareas que consideré imprescindible para lograr mi hazaña pasó por leerme en diccionario, de la primera a la última página (sí, lo sé, los adolescentes tenemos ideas muy locas).

Curiosamente descubrí que la tarea no era tan tediosa como imaginé, hasta el punto de que me lo leí dos veces. Aprendí muchas palabras nuevas, redefiní otras que ya creía conocer, y también llevé a cabo listas de palabras rarísimas que, por su escaso uso, me entusiasmaban. Como si fueran especies biológicas en peligro de extinción. Uno de mis sueños, entonces, fue que algún día escribiría una novela donde aparecieran todas esas palabras, a fin de rendirles tributo. Es más: ¿por qué no escribir una gran obra donde figuraran absolutamente todas las palabras del diccionario, hasta las más cultas, rebuscadas y altisonantes?

Esa idea parece haberla recogido parcialmente Jesús Carrasco (Badajoz, 1972), que en su primera novela, Intemperie (Seix Barral), ha pretendido emplear el lenguaje más complejo posible, tal y como demuestra el siguiente fragmento de su obra:

Buscó en los serones una trenza de albardín que había sobrado del redil y la ató a la retranca. Luego fijó el otro extremo a una piedra caída del castillo y tiró del ronzal. El animal se movió, y la albarda se deslizó por sus cachas hasta caer al suelo.

Una precisión léxica rayana en la obsesión. Todo un desafío para los traductores a las lenguas de los 13 países que han contratado los derechos de publicación del libro. Una obra que entrenará fabulosamente vuestro cerebro, como ya os expliqué en Leer a los clásicos es mejor para tu cerebro que leer a los contemporáneos.

Sueño con el día en que pueda escribir en una novela “goleta”, “balandro”, bergantín”, “falúa”. Sueño con ese día, pero soy de secano. Quiero decir que hay palabras que empleo sólo por la propia sonoridad, y a pesar de ello el lenguaje no es una pantalla que interrumpa la visión de la historia.

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Últimas palabras de famosos escritores (I)

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Últimas palabras de famosos escritores (I)

¿Cómo se han enfrentado a la muerte los escritores? Como todo ser humano, de las más diversas maneras. Irónicos, temerosos, inconscientes del momento… En esta y las siguientes entregas, veremos qué relación tuvieron algunos autores con la muerte, de mano de sus últimas palabras, sus epitafios o sus notas de suicidio. Hoy empezamos con las últimas palabras de algunos famosos escritores:

Emily Brontë

Si llamáis al doctor, ahora sí que estoy dispuesta a verle.”

La autora de ‘Cumbres borrascosas’ (1818-1848) no pudo disfrutar mucho tiempo de su éxito ya que su salud, que siempre había sido delicada, empeoró a causa de la tuberculosis, que finalmente se la llevaría la edad de 30 años. No quiso ser visitada por el doctor, y cuando se vio realmente enferma, ya fue demasiado tarde.

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¿Cuáles son las palabras más difíciles de traducir?

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¿Cuáles son las palabras más difíciles de traducir?

La empresa Today Translation ha llevado a cabo una encuesta entre mil lingüistas de todo el mundo para escoger la palabra más difícil de traducir en todos los idiomas.

La palabra escogida pertenece al idioma tshiluba (hablando en la república del Congo) y ha sido ilunga: “una persona que está dispuesta a perdonar cualquier abuso la primera vez, a tolerarlo la segunda, pero no la tercera”.

Shlimazl, una palabra del yidish, figura en segundo lugar, y significa “el que tiene una mala suerte crónica”.

La tercera palabra más difícil de traducir, si bien su significado es mucho más sencillo, es naa, que se usa en la región japonesa de Kansai para enfatizar las afirmaciones o expresar que se está de acuerdo con alguien.

Si os interesa descubrir más palabras de traducción difícil o de significado pluscuamperfecto, os recomiendo encarecidamente la lectura de El significado de Tingo, de Adam Jacot de Boinod. Allí descubrí, por ejemplo, una de mis palabras favoritas es alemán: backpfeifengesicht, que se refiere al “cara que pide a gritos un guantazo”.

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Según cómo hablas, así eres: las palabras como huellas dactilares de la mente

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Según cómo hablas, así eres: las palabras como huellas dactilares de la mente

Hay palabras epidémicas. Expresiones que se cuelan en el cerebro y que ya nunca más pueden abandonarlo.

Como afirma el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro El mundo de las palabras, aunque nos parezca lo contrario, las palabras no nos pertenecen sino que pertenecen a una comunidad: si una palabra no la conoce todo el mundo o la mayoría de la gente que nos rodea, entonces empezaremos a dejar de usarla.

El proceso por el cual las palabras acaban cuajando en una comunidad es todavía un misterio, según señala:

Los etimólogos pueden rastrear la mayoría de las palabras remontándose siglos atrás o más, pero las huellas se desdibujan antes de alcanzar el verdadero momento en que un artífice de la palabra unió por primera vez un concepto a un sonido de su elección.

El rastreo de los orígenes de las palabras acuñadas recientemente, sin embargo, es mucho más sencillo. Por ejemplo, la palabra spam, que surgió como necesidad de llamar de algún modo a la gran cantidad de correo basura que recibimos a menudo a través de Internet. Algunas personas han sugerido que el término procede de las siglas de Short, Pointless, and Annoying Messages (Mensajes sin sentido, molestos y cortos). Pero en realidad la palabra está relacionada con el nombre de una clase de fiambre de cerdo que vende Hormel desde 1937, un compuesto formado por la yuxtaposición de SPiced hAM (jamón sazonado).

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Palabras extremadamente largas

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Palabras extremadamente largas

Una de las palabras más largas usada en literatura la escribió William Shakespeare, y además, según los conspiraoicos, es un anagrama que proclama que el autor de las obras de Shakespeare fue, en realidad, Francis Bacon. La palabra tiene 27 letras y es: “honorificabilitudinitatibus”, es decir, “el estado de plenitud de honores”.

Fue una palabra pronunciada por un personaje cómico en Trabajos de amor perdidos, y procede del latín, así que estamos haciendo un poco de trampa. También es un poco tramposo llenar de prefijos y sufijos una palabra, porque entonces fácilmente superaremos las 27 letras.

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No uses las palabras "Crimen", "Muerte" o... "Dinosaurio" para no herir sensibilidades

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No uses las palabras "Crimen", "Muerte" o... "Dinosaurio" para no herir sensibilidades

Está prohibido usar las palabras que aparecen en esta lista. En esta relación de palabras podemos encontrar términos como “crimen” o “muerte”, por sus connotaciones funestas. Tampoco podemos emplear la palabra “dinosaurio”, porque podría herir la sensibilidad de los creyentes en el creacionismo. No, no estamos ironizando ni esto es el principio de una novela distópica de George Orwell.

Son las palabras, conceptos o frases ofensivas que el Departamento de Educación de la Ciudad de Nueva York ha dado a conocer a fin de que sean erradicados de los exámenes escolares estandarizados que se lleven a cabo en los colegios de la ciudad.

Halloween es una fiesta pagana; cumpleaños no sugiere un día feliz para los testigos de Jehová; los términos relacionados con riqueza pueden originar celos…. es decir, de nuevo, con el lenguaje, nos la debemos coger con papel de fumar.

Porque seguimos creyendo que el lenguaje modela mentes, empozoña almas, discrimina a colectivos, empuja a actos deleznables. Como si el lenguaje fuera algo así como un conjuro de Harry Potter. La idea que subyace a esta estrategia es que las palabras y las actitudes son tan inseparables que podrían predisponer las actitudes de las personas.

Y sí, un discurso persuasivo puede ser hechizante. Pero las palabras, por sí mismas, apenas tienen poder persuasor. Las palabras no modela una mente, es la mente la que modela palabras. Nuestro vocabulario es un reflejo de nuestra idiosincrasia: censurarlo no censurará ni un ápice de nuestra idiosincrasia.

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No soy ateo, soy bright, y otros ejemplos de acuñación racional de palabras

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No soy ateo, soy bright, y otros ejemplos de acuñación racional de palabras

Las palabras vuelan libres, colonizando mentes y propagándose a la velocidad del sonido o la luz, según el soporte que las albergue. Las palabras entran en un cerebro cualesquiera, este cerebro las procesa, y finalmente las relanza a otros cerebros, en un proceso tan intrincado que no hay espacio aquí para ponderarlo.

La cuestión es que, a lo largo de ese proceso intrincado, las palabras menguan o amplían su éxito de uso, también depuran su significado o hasta cambian diametralmente de acepción (como pasó no hace mucho con “álgido”). Y en este proceso importa poco lo que sentencien los académicos de la lengua: su función se ha vuelto meramente informativa, más que prescriptiva.

Las palabras no se pueden moldear como la arcilla porque, en su periplo, se quedarán siempre marcadas con las muescas de las idiosincrasias de individuos, grupos, colectivos o pueblos. Las palabras son como entidades proclives a la mutación, son X-words, y, cada vez que entran en contacto con un intelecto, entonces es como si rociáramos la palabra con rayos gamma, de esos que se usaban en la ciencia ficción de los 50 para crear hormigas gigantes.

Por esa razón, las palabras, fundamentalmente, no influyen en la realidad, sino que es la realidad, debidamente colada a través de nuestra masa gris, quien influye en las palabras. Los inuit no emplean más palabras para referirse a la nieve porque capten un mayor abanico cromático o porque registren diferencias en la nieve que están vedados para nuestros sentidos urbanitas: lo que ocurre es que tienen más términos para referirse a la realidad circundante porque hay más tipos de nieve allí donde viven.

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¿Cuántas lenguas hay en el mundo? ¿Cuál es la mejor?

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¿Cuántas lenguas hay en el mundo? ¿Cuál es la mejor?

Hay lenguas que, por su sonoridad, puede que no sean de nuestro agrado. Por ejemplo, la aspereza del alemán. Parece una lengua concebida para impartir órdenes. Otras lenguas parecen más musicales y relajantes, como el catalán. También las hay que simplemente dan rabia, como el francés: bueno, me da rabia a mí, y me da la impresión de todos los franceses hablan haciendo morritos, como si fueran a plantarte un ósculo en cualquier momento.

En la literatura sucede algo similar. El idioma es la herramienta del autor. Y como tal, el propio autor está plegado a sus limitaciones. También es el propio autor el que se impone las suyas: no es lo mismo leer a Góngora (paradigma de densidad léxica) que el los mensajes de una choni poligonera dejados en tuenti.

Determinar el número de lenguas que hay en el mundo es como contar el número de estrellas o el número de especies de animales: constituye una cifra en continuo movimiento, pues se extinguen y nacen continuamente. Con todo, se establece una cifra orientativa aceptada en general: 6.800 lenguas. Sólo en Francia, por ejemplo, se hablan 75 (algunas indígenas, otras no). En la diminuta Papúa Nueva Guinea se hablan 820 lenguajes. A nivel global, se cuentan 600 consonantes diferentes y 200 vocales.

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