Miembros, miembras, negros por hombres de color, oh, my God por Oh, my Gosh. La obsesión por dulcificar las palabras para así mostrar mayor respeto o exhibir un pensamiento más puro es el pan de cada día.
Sin embargo, este ejercicio es un tanto estéril porque se basa en una mentira comúnmente creída: que las palabras modelan nuestra mente.
Actualmente existe una gran presión para sustituir determinadas palabras que se consideran raciales o de connotaciones despectivas por palabras más neutras y eufemísticas. La idea que subyace a esta estrategia es que las palabras y las actitudes son tan inseparables que podrían predisponer las actitudes de las personas.
Una idea que de ningún modo ha sido autentificada, y que además resulta infructuosa a la hora de cambiar a la sociedad. Por ejemplo, en 1994, Los Angeles Times prohibió en sus publicaciones unas 150 palabras de este tipo: inválido, minusválido, hijastro o Canuck (canadiense en sentido peyorativo). En el ámbito público español, la palabra “negro” ha sido sustituida por “persona de color” o incluso por “miembro de la diáspora africana”. En Estados Unidos, la palabra nigger (negrata) es casi un crimen. Pero ello no enmienda el problema del racismo ni del desprecio, ni tampoco de los estereotipos, como expresa Steven Pinker:

Ejercitar el insulto puede ser incluso formativo. Entre los yoruba africanos, al igual que ocurre en las batallas de espadas de
Hay escritores que huyen de las palabrotas o las expresiones malsonantes cuando escriben (de hecho, hasta los hay que huyen de todo lo que atufe a políticamente incorrecto, pero ésa es otra historia). Lo cierto, sin embargo, es que los tacos han sido siempre un recurso empleado por los clásicos de la literatura en mayor o menor medida.