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Parque Jurásico irrumpió en una etapa de mi vida en la que ya discriminaba críticamente mis gustos pero todavía conservaba un afecto infantil y posesivo por los mitos. Con esto quiero decir que Parque Jurásico es quizás lo más grande que me pasara de niño, más aún que las Tortugas Ninja o Batman. Dinosaurios por todas partes, para ver, tocar, coleccionar, incluso comer. Juguetes de dinosaurios, exposiciones sobre dinosaurios, discos tecno dedicados a dinosaurios. A Parque Jurásico le debo mi única pesadilla recurrente, que espero que fructifique algún día en algo poético: Me quedo quieto ante el monstruo, porque el Tiranosaurio sólo te ve si te mueves, pero él huele mi miedo y me tritura entre sus fauces titánicas.
Que todo venía de un libro me enteré después. Michael Crichton funcionaba al revés: veías la película antes de leerte el libro. Sus novelas eran una forma de excrecencia (que no excremento: su mínimo de dignidad tenían), algo que colgaba del celuloide, que sólo se sustentaba en el epígrafe ‘Basada en la obra de Michael Crichton’ de los carteles promocionales. Crichton escribía con la cabeza en el storyboard, iniciando una tradición de aspirantes a best seller que se dicen mientras escriben y aquí es cuando Antonio Banderas se gira y la cámara le enfoca en primer plano y dice: ¡Tú!
Personajes mínimos cuyas dimensiones no exceden las que caben en pantalla: los héroes simplones con asomo de trama sentimental, el pedante resabiado, los niños topiqueros (él chillón, ella repipi), el anciano y entrañable científico loco que se lleva las manos a la cabeza diciendo qué he hecho, el cretino que morirá para nuestro regocijo al poco de empezar la trama y el resto de carne de cañón. Todo ello contado con pobreza descarnada, con el mínimo de recursos estilísticos, con los trucos de suspense más elementales como cortar la narración en un momento clave. Literatura de aeropuerto que se lee de un tirón porque no hay nada sobre lo que detenerse.
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