Siguiendo la línea de Psicología del color, de Eva Heller, que ya reseñé hace un tiempo por estos lares, ahora le ha tocado el turno a La invención del color, de Philip Ball.
Si el tema central de Psicología del color era la influencia que tiene y ha tenido el color a lo largo de la historia a todos los niveles, desde el psicológico hasta el histórico pasando por el económico o el cultural, el libro de Ball tiene un enfoque ligeramente distinto: cómo el descubrimiento de nuevos colores influyó en el arte.
La mayoría de los estudios sobre el arte desatienden una faceta tan o más importante que la historia, la política o la creatividad: la tecnología. Ball, que es un célebre escritor de temas científicos que colabora regularmente en Nature, intenta llenar el hueco de forma magistral y profusamente documentada.
Y es que Ball también tiene formación como químico, en ello se nota en cada línea de este libro, donde da más importancia a la sustancia del color que al color mismo; haciendo hincapié en los pigmentos en cuanto a materia, con apariencia, olores, texturas, y nombres atrayentes y embriagadores.
Resulta innegable, a tenor de las continuas zambullidas que realiza Ball a la historia del arte, que la invención y la disponibilidad de nuevos pigmentos químicos fueron en realidad los verdaderos influyentes y coadyuvantes de la evolución de arte, por encima de políticas o modas. Tendemos a pensar que el arte se ha pergeñado como se ha pergeñado en base a las habilidades creativas de los artistas, pero no que el artista, en el fondo, ve limitado por las herramientas de las que dispone. Se habla más de aspectos estilísticos o formales y se descuida el aspecto quizá más importante: el oficio.



Probablemente el ensayo que nos ocupa sea el ensayo que un servidor ha leído nunca con mayor número de curiosidades por centímetro cuadrado. No exagero. En Psicología del color, de la autora alemana Eva Heller, uno puede encontrarse al menos una vez en cada página (aunque suceda normalmente en cada párrafo) con datos que le encantaría no olvidar jamás. Pero ello resulta imposible como imposible es evitar que un puñado de arena se te escape de entre los dedos.