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Las palabrotas en los libros (y II)

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Ejercitar el insulto puede ser incluso formativo. Entre los yoruba africanos, al igual que ocurre en las batallas de espadas de Monkey Island, cuando se insulta a alguien, el calumniado debe devolverle el insulto al calumniador manteniendo la rima y doblando el agravio recibido.

En definitiva, que en la creencia de que ciertas palabras pueden influir negativamente en el comportamiento de la gente, rectores de la moral lingüística se dedican a depurar los textos que llegan a nuestras manos. ¿Escribir “puta” o “coño” devalúa un texto?

Por consiguiente, si un escritor intenta acercarse al lenguaje de la calle se arriesga a que se le echen encima asociaciones varias, afectados epidérmicos o sencillos puritanos con mucho tiempo libre.

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No digas ni mu (sin ánimo de ofender a los mudos) (2 de 2)

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Un poco más atrás en el tiempo, en el medio catódico, saltaron a la palestra dos casos consecutivos de gazmoñería políticamente correcta, en la misma cadena (Tele 5) y en la misma serie de FICCIÓN (Aída).

En el primer caso, la protagonista, Aída, se acuesta con un cura interpretado por el actor Lluis Homar. Los censores eclesiásticos pusieron el grito en el cielo: natural, el humor está reñido con el dogmatismo más argiloso, y cuanto más endeble y frágil es éste, más teme la ironía; no digamos ya el sarcasmo directo. El humor desnuda de atributos de cartón piedra todo lo que toca. Que se lo digan a los airados por las caricaturas de Mahoma.

El segundo caso hizo saltar a la Fundación Alpe Acondroplasia, que se dedica a velar por los derechos del colectivo afectado por una forma de enanismo óseo. Presentaron una demanda contra Tele 5, otra contra Globomedia y otra contra el director del episodio, Marc Vigil. ¡Toma, Jeroma, pastillas de goma! Y no denunciaron a todos los humoristas y escritores que en alguna ocasión en la historia han ridiculizado a los enanos porque no les habría quedado tiempo, supongo.

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No digas ni mu (sin ánimo de ofender a los mudos) (1 de 2)

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El otro día mantuve un debate. No era un debate estricto, sólo un intercambio amistoso de ideas. O al menos es lo que se intentaba. Se discutía sobre la responsabilidad de los autores y las editoriales a la hora de escribir y publicar novelas que traten temas políticamente incorrectos o directamente ofensivos.

Mi contertulio me dijo que las novelas, aunque sean de ficción, dan ideas, transmiten tendencias. Por supuesto. Como absolutamente todas las cosas del mundo. Tratar de limar todas las aristas del mundo es un trabajo agotador y estéril: siempre habrá más aristas que limas. Y quién controla al que vende las limas y las normas sobre sus usos. Controlar la realidad para que no nos haga daño tiene ese riesgo: que el que controla la realidad nos haga daño subrepticiamente.

Además, ¿podemos determinar que una idea es netamente nociva? ¿Y si existe una mínima posibilidad de que sea cierta y el prejuicio y el miedo provocan que jamás salga a la luz? La mayoría de los grandes avances de la ciencia y el pensamiento se han basado precisamente en esa destrucción de dogmas o parámetros que se creían indubitables.

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