Este libro, Ciencia Loca, de Theodore Gray, no está dirigido a los que, ante una película de entretenimiento, de prestidigitación narrativa y de risa escandalosa fruncen el entrecejo y mascullan que el guión carece de coherencia; o que adolece de una pequeña argucia argumental o que hay un pequeño error ahí, diminuto pero clamoroso, el típico error que solo adviertes si no te has dejado secuestrar por el filme. Es decir, este libro no es apto para los que, al sentarse, notan una protuberancia saliendo de su recto: un palo en el culo, como suele decirse.
Por el contrario, Ciencia loca está dirigido a los que disfrutan de la ciencia y la tecnología en todas sus manifestaciones, a los seguidores de Cazadores de mitos, El mundo de Beakman o a la pequeña sección de ciencia recreativa de El hormiguero orquestada por el opaco Hombre de Negro.
Ciencia Loca es la ciencia más práctica y experimental llevada hasta sus límites más grotescos, como un espectáculo circense, sí, pero también como una forma de entender mejor algunos principios (y sin duda un vehículo para que se queden grabados para siempre en el hipocampo del cerebro). Cienca Loca son explosiones, efervescencias, cambios de color, volcanes en el comedor de casa, ruidos infernales y carcajadas de Mad Doctor o doctor Fronkonstin aullando “¡está vivooo!”
En definitiva, Ciencia loca son más de 200 páginas a todo color con 55 experimentos científicos que todos nosotros podríamos hacer en casa. Todos ellos, os lo garantizo, son experimentos que nunca antes habréis visto en televisión o por Internet. Como la fabricación de una cuchara que se derrite en agua caliente, la obtención de un helado instantáneo, construir balas de plata para matar hombres lobo, convertir arena en acero o incluso fabricar un sol de fósforo.

Había una vez en Bogotá un señor llamado José Alberto Gutiérrez que se ganaba la vida como conductor del camión de la basura. Tenía este señor un defecto que nos aqueja a muchos, que es la pasión por los libros. Resultó que José Alberto empezó a sufrir el síndrome del niño en la tienda de golosinas, al descubrir libros maravillosos que sus dueños habían desechado pero que él no podía quedarse, so pena de despido. Pero la tentación fue un día demasiado fuerte. Su primer hurto fue el de un Corán con el sello de la Embajada de la República Islámica de Irán en Bogotá, salvado así de convertirse en amalgama de vertedero.