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posguerra

‘Espuelas de papel’, de Olga Merino

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En los años cincuenta, Juana, andaluza de nacimiento, emigra con su familia a Barcelona huyendo de la pobreza. Entrará a servir en casa de Salud Monterde y sus hijas, enriquecidas por un turbio asunto y, a modo de Cenicienta moderna, acabará enamorándose de un anarquista perseguido, su único refugio en una vida sin ilusiones.

Pero en esta segunda novela de la barcelonesa Olga Merino, que se estrenó en 1999 con Cenizas rojas, el argumento poco importa. En realidad, Espuelas de papel constituye un retablo costumbrista de la España triste, oscura y vencida de la Guerra Civil. Un mosaico de escenas (hiladas entre sí con una fina hebra), descritas todas ellas con una prosa preñada de lírica. Espuelas de papel , de hecho, podría leerse como un largo poema interrumpido por esporádicos diálogos que recogen fielmente el habla popular de la época.

Así que no espere el lector encontrar aquí una historia con su planteamiento, nudo y desenlace bien definidos, tampoco grandes misterios o cabriolas argumentales, sino el amor a las palabras que profesa Olga Merino, una esteta especialista en recrear ambientes y sensaciones. La experiencia de leer Espuelas de papel se parece, de algún modo, a repasar la versión de posguerra dee los artículos de costumbres de Larra como si estos hubiesen sido construidos con una sucesión de ingeniosas greguerías.

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Fallece Rafael Azcona, el guionista de la España en blanco y negro

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Se ha cumplido el triste vaticinio que esperábamos desde que nos anunciaron a finales del año pasado que Rafael Azcona padecía cáncer de pulmón. Quien fuera probablemente el más grande guionista español contemporáneo ha muerto a los 81 años de edad. Tras de sí deja piezas del calibre de los guiones de El Verdugo, El Cochecito o El Pisito, retratos entre la amargura y la sorna de la gris España de la posguerra que fueron dirigidas por sus grandes amigos Marco Ferreri y Luis García Berlanga.

En realidad Azcona llegó al cine, el medio que le consagró, casi de rebote. Su primera vocación fue la de novelista y jamás llegó a apartarse del todo de la literatura. El Pisito fue su primera obra, que Ferreri le pidió que adaptará a un guión cinematográfico. De ese comienzo casi anécdótico surgió el que ha sido el mayor adaptador de la literatura española al cine. Desde La Celestina a uno de sus últimos trabajos, La lengua de las mariposas de Javier Marías, pasando por el Tirano Banderas de Valle-Inclán y El Bosque encantado de Wenceslao Fernández Flórez. Películas que en general no llegan a la altura de los libros originales, pero en las que Azcona demuestra un respeto y una complicidad notables en la transformación del texto en imágenes.

Al Azcona literato, colaborador en multitud de medios de relevancia histórica como las revistas La Codorniz y Hermano Lobo, le debemos una de las creaciones más divertidas y mordaces del último siglo: El repelente niño Vicente, un trasunto del pequeño Nicolas de Goscinny y el antecesor de Manolito gafotas. Un niño pedante y relamido cuya particular descripción de su realidad cotidiana ha llegado a convertirlo en una expresión que todavía se utiliza. Y es que nadie es más repelente que el niño Vicente.

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