A veces no somos conscientes de lo importante que es una ciudad. Demasiado a la ligera, solemos condenar a la ciudad como un apiñamiento apestoso de gente, de aire tóxico y cláxones sonando por doquier como bebés reclamando su dieta láctea. Solemos escapar corriendo al campo en cuanto tenemos la oportunidad. Maldecimos cuando nos sablean unos euros por aparcar unos míseros minutos en una plaza del centro.
Sin embargo, sin ciudades no existirían teatros, ni museos, ni salas de exposiciones, ni bibliotecas bien surtidas. El hecho de que todos estos recintos, a pesar de su tamaño y condiciones, sean viables es porque alrededor de ellos vive muchísima gente. Si todos habitáramos en enormes parajes con casas unifamiliares, los recintos nos quedarían lejos para usarlos habitualmente. Y si los usáramos, gastaríamos ingentes cantidades de combustible fósil para llegar hasta ellos.
Las ciudades también permiten que confiemos más los unos en los otros, aunque no nos conozcamos de nada. En el campo puedes confiar en los vecinos próximos, incluso en los habitantes de los pueblos próximos, si me apuráis, pero en el campo es donde se usa más frecuentemente el término “forastero”. Es decir, el 99,9 % de la gente del mundo que se acerca a nuestra casa solitaria. En las ciudades, sin embargo, no existen los forasteros. Y de existir, confiamos en sus buenas intenciones so pena de que la ley caiga sobre ellos (o las miradas de los demás ciudadanos que viven a nuestro alrededor, encima, debajo, junto a nosotros.)
Extrapolando al mercado, una ciudad es, respecto al campo o el entorno rural, un producto sellado, con garantía, bajo legislación, con etiqueta de ingredientes y teléfono de reclamación al consumidor. La ciudad es como un tubo de pasta de dientes que compramos en un supermercado: nunca comprobaríamos si realmente hay pasta de dientes o simple agua; la tienda que vendiera productos falsos enseguida estaría en el punto de mira de todos, y la competencia feroz la excluiría de la ciudad. En el campo, sin embargo, debemos mirar una y otra vez si nos están colando gato por liebre.

¿Por qué tanta gente se traga que Anne Germain en realidad habla con los muertos, a pesar de que falla más que una escopeta de feria? ¿Por qué los adivinos de madrugada tienen tanto público, a pesar de que emplean técnicas de psicología llamada lectura en frío de una forma mucho más rudimentaria que un ilusionista profesional? ¿Por qué hay tanta gente que cree que los viajes astrales a pesar de que tienen explicación neurobiológica y hasta se pueden inducir artificialmente? ¿Por qué la gente asegura haber visto fantasmas si pueden también inducirse artificialmente estas visiones?
Todos tenemos la intuición de que, al leer un libro, salimos un poco cambiados de la experiencia. Más sabios (o más resabiados), con mayor perspectiva, más empáticos, con mayor ojo crítico, más soñadores, con mayores ansias por conocer, más viajados, con más amigos, menos solos, en definitiva. Algo parecido sucede con la escritura, aunque de un modo ligeramente distinto.
Como lo prometido es deuda, aquí os presento un análisis de cómo la tecnología está modificando inadvertidamente la literatura contemporánea. Así que, siguiendo la línea abierta en el tríptico
Lo primero que me llamó la atención al poco de empezar Neurocotilleos es su prosa.
Como os explicaba en
Tendemos a pensar que nacemos en blanco, cual tabula rasa, y que son las experiencias vividas las que conforman nuestra personalidad, sobre todo en los primeros años de nuestra vida.
Las neurociencias avanzan a una velocidad que difícilmente puede resultar aceptable para una persona corriente (por corriente me refiero: que no se dedica profesionalmente a las neurociencias).
5. Distanciarse. Analizar los problemas con perspectiva. Es importante conocer estadísticamente la realidad para afrontar cualquier problema. ¿De qué sirve angustiarse porque no somos capaces de volar si sabemos que nadie es capaz de hacerlo?
Una de las grandes olvidadas cuando se trata el tema de la mente y de los pensamientos y conductas que emanan de ella son, indudablemente, los genes. Los genes parecen dictaminar de qué color tendremos los ojos, o si desarrollaremos tal y cual enfermedad. Pero generalmente no asociamos la genética a los pensamientos.