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psicología

'El triunfo de las ciudades' de Edward Glaeser

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A veces no somos conscientes de lo importante que es una ciudad. Demasiado a la ligera, solemos condenar a la ciudad como un apiñamiento apestoso de gente, de aire tóxico y cláxones sonando por doquier como bebés reclamando su dieta láctea. Solemos escapar corriendo al campo en cuanto tenemos la oportunidad. Maldecimos cuando nos sablean unos euros por aparcar unos míseros minutos en una plaza del centro.

Sin embargo, sin ciudades no existirían teatros, ni museos, ni salas de exposiciones, ni bibliotecas bien surtidas. El hecho de que todos estos recintos, a pesar de su tamaño y condiciones, sean viables es porque alrededor de ellos vive muchísima gente. Si todos habitáramos en enormes parajes con casas unifamiliares, los recintos nos quedarían lejos para usarlos habitualmente. Y si los usáramos, gastaríamos ingentes cantidades de combustible fósil para llegar hasta ellos.

Las ciudades también permiten que confiemos más los unos en los otros, aunque no nos conozcamos de nada. En el campo puedes confiar en los vecinos próximos, incluso en los habitantes de los pueblos próximos, si me apuráis, pero en el campo es donde se usa más frecuentemente el término “forastero”. Es decir, el 99,9 % de la gente del mundo que se acerca a nuestra casa solitaria. En las ciudades, sin embargo, no existen los forasteros. Y de existir, confiamos en sus buenas intenciones so pena de que la ley caiga sobre ellos (o las miradas de los demás ciudadanos que viven a nuestro alrededor, encima, debajo, junto a nosotros.)

Extrapolando al mercado, una ciudad es, respecto al campo o el entorno rural, un producto sellado, con garantía, bajo legislación, con etiqueta de ingredientes y teléfono de reclamación al consumidor. La ciudad es como un tubo de pasta de dientes que compramos en un supermercado: nunca comprobaríamos si realmente hay pasta de dientes o simple agua; la tienda que vendiera productos falsos enseguida estaría en el punto de mira de todos, y la competencia feroz la excluiría de la ciudad. En el campo, sin embargo, debemos mirar una y otra vez si nos están colando gato por liebre.

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‘¿Esto es paranormal? Por qué creemos en lo imposible’ de Richard Wiseman

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¿Por qué tanta gente se traga que Anne Germain en realidad habla con los muertos, a pesar de que falla más que una escopeta de feria? ¿Por qué los adivinos de madrugada tienen tanto público, a pesar de que emplean técnicas de psicología llamada lectura en frío de una forma mucho más rudimentaria que un ilusionista profesional? ¿Por qué hay tanta gente que cree que los viajes astrales a pesar de que tienen explicación neurobiológica y hasta se pueden inducir artificialmente? ¿Por qué la gente asegura haber visto fantasmas si pueden también inducirse artificialmente estas visiones?

Si hace unos días os hablaba del fallido (por inconcreto) El médico perplejo, de Robert S. Bobrow, ¿Esto es paranormal? demuestra cómo se deben hacer las cosas.

Los fenómenos paranormales producen miedo e inquietud. Incluso yo, que me defino como un escéptico acérrimo (y bien informado), he experimentado lo que es temer a lo desconocido (por ejemplo, un ruido extraño o una sombra esquiva).

Sin embargo, libros como el presente, ¿Esto es paranormal? Por qué creemos en lo imposible, si bien no evitarán que continuemos sintiendo miedo, sí que nos permitirán desvirtualizarlo. Relegarlo a la categoría de acto reflejo. Algo así como ese mito tan extendido de que los sonidos de baja frecuencia pueden provocar que manches los calzoncillos: no en vano, los infrasonidos han sido investigados por los militares como posible base para el desarrollo de armamento acústico, llamándose informalmente “nota marrón” (ya imagináis la razón, escatológicos lectores).

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¿Cómo cambia tu cerebro cuando lees o escribes?

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bc522_aprenderaleer.jpgTodos tenemos la intuición de que, al leer un libro, salimos un poco cambiados de la experiencia. Más sabios (o más resabiados), con mayor perspectiva, más empáticos, con mayor ojo crítico, más soñadores, con mayores ansias por conocer, más viajados, con más amigos, menos solos, en definitiva. Algo parecido sucede con la escritura, aunque de un modo ligeramente distinto.

Pero tener la intuición, creer, sospechar, sentir… no es lo mismo que saber. Para saber si realmente la lectura o la escritura nos cambia, deberíamos detectar cambios físicos medibles en nosotros. Y como nosotros, el Yo, estamos contenidos en nuestros cerebros, habría que buscar esos cambios en los cerebros de los lectores.

Y la verdad es que las pruebas neurológicas al respecto son abrumadoras. Aunque, en apariencia, un lector tiene la misma pinta que un no lector, incluso que un analfabeto, se podría decir que un lector es, respecto a una persona que nunca ha aprendido a leer, una criatura perteneciente a otra especie.

No sólo hay diferencias estructurales en el cerebro, sino que los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera, tal y como señala la psicóloga mexicana Feggy Ostrosky-Solís:

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¿Cómo la tecnología está cambiando la literatura y nuestra forma de leer… a peor?

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111.jpgComo lo prometido es deuda, aquí os presento un análisis de cómo la tecnología está modificando inadvertidamente la literatura contemporánea. Así que, siguiendo la línea abierta en el tríptico ¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I), (II) y (y III), vamos allá.

Aunque nadie cree que los libros impresos vayan a desaparecer en un futuro cercano, lo cierto es que los libros electrónicos son cada vez más cómodos y útiles: sólo consumen energía cuando pasamos la página, no hay retroiluminación que canse la vista, la definición es equivalente a la de un papel impreso, podemos transportar miles de libros es sólo unos gramos de peso, etc.

Es decir: los libros electrónicos están introduciéndose en nuestros hábitos lectores de una forma tan rápida que ni siquiera nos percatamos de los efectos colaterales que producen. Pero como ya profetizó Mcluhan: un cambio en el medio implica un cambio en el contenido.

El principal problema de los libros electrónicos es que inevitablemente cada vez se parecen más a los ordenadores: tienen conexión a Internet, posibilidad de incluir hipervínculos, sonido, animaciones, vídeos, redes sociales, bloc de notas, diccionario. Finalmente, leer en un libro electrónico, salvo por la comodidad, se parece bastante a leer en una pantalla de ordenador con conexión a Internet. Y, como ya os expliqué en el tríptico ¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I), (II) y (y III), ello influye en nuestra capacidad de leer textos profundos con una cuota de atención sostenida.

En pocas palabras, y tal y como señala el psicólogo Steven Johnson, la inmersión absoluta en otro mundo creado por el autor podría verse comprometido. El e-book nos aboca a terminar leyendo libros tal y como leemos revistas y periódicos: picoteando de aquí y de allá. Incluso leyendo a la inversa: yo mismo empiezo a leer siempre el periódico por la última página.

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'Neurocotilleos' de Adolf Tobeña

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368528_2.jpgLo primero que me llamó la atención al poco de empezar Neurocotilleos es su prosa.

A pesar de ser un ensayo de divulgación científica que orbita, sobre todo, en las curiosidades de las neurociencias, la prosa de Neurocotilleos está por encima de la media. La voluntad del autor, Adolf Tobeña, es expresar las ideas con un lenguaje muy cuidado, a la vez que cercano, pero sin olvidar los infinitos recursos estilísticos de la lengua española.

Lo cual convierte Neurocotilleos en un ensayo más de neurociencias en el fondo, pero en una obra original y a tener en cuenta en lo formal. Con esto no insinúo que Neurocotilleos sea un mejunje de datos manoseados que no vale la pena leer. Todo lo contrario: Neurocotilleos trata temas interesantes, desde algunas novedades sobre el cerebro de Einstein, Hitler o Ravel, a las particularidades del talento y el orgasmo femeninos, pasando por los dispositivos eyaculatorios masculinos.

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La máquina de escribir que se compró Nietzsche o cómo cambia nuestra escritura cuando usamos un ordenador (y II)

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Como os explicaba en la anterior entrega de este artículo, Nietzsche se hizo un día con una máquina de escribir y empezó a redactar sus textos con ella. A partir de entonces, algo empezó a cambiar en la prosa del filósofo, como si algo hubiese también cambiado en su cabeza.

Uno de sus mejores amigos, el escritor y compositor Henrich Köselitz, también se lo señaló, tal y como explica Nicholas Carr:

La prosa de Nietzsche se había vuelto más estricta, más telegráfica. También poseía una contundencia nueva, como si la potencia de la máquina (su “hierro”), en virtud de algún misterioso mecanismo metafísico, se transmitiera a las palabras impresas de la página. “Hasta puede que este instrumento os alumbre un nuevo idioma”, le escribió Köselitz en una carta, señalando que, en su propio trabajo, “mis pensamientos, los pensamientos musicales y los verbales, a menudo dependen de la calidad de la pluma y el papel.” “Tenéis razón”, le respondió Nietzsche. “Nuestros útiles de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos.

Esta anécdota literaria sirve para ilustrar hasta qué punto las nuevas tecnologías ejercen una influencia sutil pero determinante en nuestro cerebro. De algún modo, al igual que un carpintero consigue que el martillo se convierta en una extensión de su mano, una máquina de escribir se convierte en una extensión de la mente. De algún modo, nos transformamos en una máquina de escribir.

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La máquina de escribir que se compró Nietzsche o cómo cambia nuestra escritura cuando usamos un ordenador (I)

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Tendemos a pensar que nacemos en blanco, cual tabula rasa, y que son las experiencias vividas las que conforman nuestra personalidad, sobre todo en los primeros años de nuestra vida.

La ciencia, sin embargo, cada vez encuentra más evidencias de que no sólo nacemos con patrones bastante inmutables de conducta (impuestos por nuestra herencia genética) sino que precisamente son pequeños detalles en apariencia anodinos los que definen como somos (un mobiliario urbano depauperado origina más casos de criminalidad que todo el cine violento que existe; somos mejores o peores personas no por educación o valores morales sino por el tipo de gente que nos rodea en un momento concreto; etc.)

Un ejemplo de cómo un detalle nimio puede influir no sólo en la forma en que se escriben los libros sino incluso en el contenido de los libros y en todo el universo intelectual que emana de ellos es el de las máquinas de escribir.

A partir de 1879, el filósofo Friederich Nietzsche sufría problemas de salud que le dificultaban la tarea de leer y escribir. Sobre todo por los fuertes dolores de cabeza y los incontrolables vómitos. Hasta que se le ocurrió la feliz idea de recurrir a la tecnología.

Durante las primeras semanas de 1882, Nietzsche recibió en su domicilio una máquina de escribir danesa, una Writing Ball Malling-Hansen.

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‘El científico curioso’ de Francisco Mora: la ciencia del cerebro en el día a día

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9788484606994.jpgLas neurociencias avanzan a una velocidad que difícilmente puede resultar aceptable para una persona corriente (por corriente me refiero: que no se dedica profesionalmente a las neurociencias).

El placer, la felicidad, la agresividad, el libre albedrío, el mito de que el saber no ocupa lugar, el brain reading (saber qué piensa o siente una persona a partir de sus registros cerebrales)… todo ello está siendo redefinido radicalmente por los estudios recientes en neurociencias y, sobre todo, por la tecnología de exploración en tiempo real de nuestra masa gris.

Ponerse al corriente, ya digo, supone leer cientos de libros y artículos al año exclusivamente sobre ello.

Francisco Mora, doctor por las universidades de Granada (España) y Oxford ( Reino Unido), y profesor de Fisiología Humana y de Fisiología Molecular, trata de compendiar lo último de lo último en un solo libro. Y además lo hace de forma amena, sintética y popular, ahorrándose tecnicismos y cuestiones abstrusas.

El resultado es El científico curioso. Pero ¿Mora logra sus fines?

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En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (y VI)

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la-clase-entre-les-murs-1.jpg5. Distanciarse. Analizar los problemas con perspectiva. Es importante conocer estadísticamente la realidad para afrontar cualquier problema. ¿De qué sirve angustiarse porque no somos capaces de volar si sabemos que nadie es capaz de hacerlo?

También los hechos parecen más importantes cuando han ocurrido hace poco, pero dejan de parecerlo tanto cuando transcurre el tiempo.

Nuestra mente está preparada para sopesar lo cercano y lo lejano de maneras totalmente distintas: lo cercano es términos concretos y lo lejano en términos abstractos. (…) Siempre que podamos, deberíamos preguntar: ¿qué pensará mi futuro yo de esta decisión?

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‘El nacimiento de la mente’ de Gary Marcus

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046504405001_sclzzzzzzz_.jpgUna de las grandes olvidadas cuando se trata el tema de la mente y de los pensamientos y conductas que emanan de ella son, indudablemente, los genes. Los genes parecen dictaminar de qué color tendremos los ojos, o si desarrollaremos tal y cual enfermedad. Pero generalmente no asociamos la genética a los pensamientos.

En El nacimiento de la mente, el profesor de psicología de la Universidad de Nueva York Gary Marcus subsana este olvido presentando todas las concomitancias que a su juicio existen entre mente y genes y cómo su conocimiento podría revolucionar lo que somos. Y además lo hace con un tono divulgativo muy accesible (bien que algunas páginas pudieran marear a los que nunca se han enfrentado a un libro de genética).

Si bien es cierto que queda mucho trecho por descubrir acerca de relación entre genes y conductas (desde luego, los genes no “controlan” en destino, sólo predisponen), nuestro ADN contribuye a formar nuestra personalidad, nuestro temperamento y las cualidades que nos hacen únicos a cada individuo.

La ciencia moderna ha demostrado, mediante quintales de estudios que Marcus detalla en las páginas de su libro, que los genes tienen un efecto demostrable en la vida mental. Ciertos estudios con animales, por ejemplo, han revelado que pueden transmitirse genéticamente aspectos de la conducta y la personalidad (como unos genetistas que produjeron roedores ansiosos y maniáticos).

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