José únicamente tenía que sentarse y abordar los folios en blanco con tal énfasis, con tal nervio, que sus textos semejaban mensajes cifrados por una máquina Enigma que ni el mismo Alan Turing ni una piedra Rosetta, al alimón, descifrarían.
“Escribe, escribe, escribe”, le exhortaba su voz interior. “No importa lo que escribas, sólo escribe”. Y se esforzaba tanto en cumplir ese mandato, tan astronómica era la monumentalidad de aquel proyecto, que una suerte de jurado imaginario había creado unas expectativas demasiado elevadas entorno de su obra y el miedo a no complacerlas le impelía a redoblar el sacrificio, retroalimentando las mismas expectativas en un círculo sin fin que sólo culminaría en la obra perfecta, la obra que desbancaría a clásicos y modernos, a consagrados y noveles.
Tan legendaria y prometedora se le antojaba su ambición que ya era en sí misma era una garantía de éxito fulgurante, o al menos de que iba a ser alguien tocado por un destino singular.
A veces, sin embargo, en un instante de lucidez y parálisis en aquel fragor del bolígrafo rasgando las hojas, se acordaba de que el mundo lo poblaba mucha gente, que los premios literarios recibían demasiados originales y que existían tantos manuscritos por descubrir como seres humanos; que quizá sería más probable que encontrase a su paso un maletín atestado de millones que un reconocimiento a un esfuerzo tal vez baldío.

El Instituto Nacional de Estadística ha hecho públicas hoy los datos relativos a la producción editorial del año 2007. Estos datos arrojan una conclusión inesperada: el años pasado se editó un 10% más libros en España, alcanzando los 72.914 libros y folletos, pero la tirada media de cada uno de estos ejemplares se redujo en casi un 20% de media. Además, los libros infantiles retroceden un 2% con respecto a la producción generalista.
