Terminábamos el post anterior preguntándonos sobre el modo de conocer el éxito de nuestras primeras acciones. Antes de ello, recordemos que el lector al que nuestra pre edición ha despertado interés tiene deseo de leer más. No podemos dejar pasar esta situación favorable. Las nuevas tecnologías vienen en nuestro auxilio.
Dos recursos nos ayudarán en el objetivo de captar lectores para nuestro libro: correo electrónico y blog. Comuniquemos a nuestros contactos de correo electrónico y de las redes sociales (¿no tiene espacio en una red social? Es momento de conocer Tuenti, Facebook o MySpace) de las que formemos parte que tenemos un proyecto literario entre manos. Enviemos el archivo digital de nuestra pre edición.
¿Cómo redactar un mail efectivo? Seamos escuetos y graduemos la información de más a menos importante. ¿Recuerda las características de la Carta de Presentación que redactamos? En esta cadena de correos debemos recortar la extensión a la mitad. Los usuarios frecuentes de nuevas tecnologías valoran recibir información útil y eficaz en poco espacio. Dos párrafos de cuatro o cinco líneas, un máximo de 150 palabras, debe ser suficiente. No olvide dar las gracias a su contacto antes de pedirle que tenga la amabilidad de hacer llegar ese correo a las personas que pueda interesar. Sigamos buscando lectores.

Como decíamos en la
Una respuesta favorable de una editorial a nuestra
Repuestos completamente de nuestro primer desánimo tras las cartas o mail de rechazo o, peor aún, del más absoluto silencio en este sentido, ahora que sabemos,
Le ha dedicado mucho tiempo, horas robadas seguramente a los amigos, la familia o su tiempo de descanso. Ha sido un duro y al tiempo grato trabajo y usted considera que ha merecido la pena. Al fin ha terminado su libro.
Me ocurre con frecuencia – no sé si os ha pasado alguna vez – encontrarme con gente que desarrolla una portentosa actividad literaria en internet. Buscan, reseñan, indagan, pegan, comentan, reflexionan, narran, investigan, rescatan, innovan. Pero cuando se lo comentas empiezan a emitir lastimeros gañidos, lamentando que nunca hayan publicado en papel; o acaso prorrumpen en furiosos exabruptos sobre como las editoriales, esa recua de filisteos, no hacen más que rechazar ese manuscrito que es la mitad de uno mismo.