La publicidad no es una herramienta tan eficaz como comúnmente creemos, ni tampoco todos nosotros somos tan imbéciles y gregarios como nos hemos empeñado en cacarear (siempre lo son los demás, claro, no nosotros). Por ejemplo, se calcula que un ciudadano medio está expuesto a una cifra de entre 700 y 3.000 anuncios diarios. Si realmente la publicidad incitara a comprar tanto como creemos, estamos hablando de que diariamente estamos luchando por no comprar miles de artículos que persisten en llamar nuestra atención, como cantos de sirena.
Así pues, la simple lógica nos hace colegir que no asimilamos realmente todos esos anuncios diarios. Si acaso, una parte de ellos. Una buena analogía para comprender esta asimilación fragmentaria sería la cantidad de caras que vemos cada mañana de camino al trabajo. Quizá sean cientos, quizá miles.
Pero ¿cuántas realmente recordamos? ¿Cuántas han impactado en nuestra psique? La publicidad no constituye una excepción: nuestro sistema nervioso sólo es capaz de procesar una fracción mínima de los millones de datos con los que nos bombardean.


¿Sabéis cuál es el problema de fondo? Que el mundo es cada vez más dinámico y cambiante: preguntadle a alguien cómo será el mundo dentro de treinta años y probablemente no acertará nada de nada. Por el contrario, el libro (como objeto, en su distribución, en su concepción, etc.) es más rígido que el palo mayor.

Desde ayer me ha quedado la pregunta en torno a los límites éticos para promover libros, ya que me encontré con dos noticias que usaban justamente el robo como centro de sus campañas publicitarias. La primera de las noticias se ocupaba de la sanción impuesta por el gobierno de México a la editorial Random House Mondadori por la publicación de un video en el que se muestra a un joven mexicano, portando una bandera de ese país en forma de pañoleta, entrar corriendo a un salón en el que el escritor brasileño Paulo Coelho se encontraba firmando libros. Luego de abrirse paso a empellones entre el público, se le aproxima al escritor y le arrebata un objeto para seguidamente salir corriendo de nuevo eufório, celebrando “la hazaña”. 
Es sabido que una de las principales actividades que realizan los autores para promover sus libros es la de las giras por las distintas cadenas de librerías, y por algunas librerías independientes, para conversar con los lectores y para firmar sus libros. 