Estoy atravesando lo que he resuelto denominar como ‘fiebre Fresán’, fruto de un re-descubrimiento tardío que, así lo ha querido el azar (o, desde un punto de vista más prosaico, Anagrama y Mondadori), me ha situado en el comienzo y el final del autor (más que final, última parada conocida pero con inevitable continuidad). El tiempo se contrae y pone sobre la mesa un pasado, actualizado, de dieciocho años y un presente del ya agónico 2009. Se reedita Historia argentina (nueva cara, nueva colección, cuento nuevo) y aparece El fondo del cielo; confluyen en un mismo punto el debut de Rodrigo Fresán como escritor y su novela más reciente, seis libros e incontables artículos, traducciones y estudios sobre otros, entremedias.
Y es curioso que precisamente esta coincidencia espacio-temporal se produzca entre dos textos tan marcados por esos dos factores, el espacio y el tiempo. ‘Historia argentina’ queda definida en su título: palabras situadas al sur, durante un periodo (triste y atroz) que marcó el después de un país. Mientras, ‘El fondo del cielo’ está inundado de palabras que cuentan y dicen muchas cosas, pero que, sobre todo, hablan del lugar y del momento, ambos variables, alternativos, con muchos comienzos y finales.
‘El fondo del cielo’ se inició hace dos años como un tentativo ‘Tsunami’, allá por la muerte de Kurt Vonnegut (referencia omnipresente y siempre agradecida por Fresán), y concluyó, con varias páginas menos, coincidiendo con la muerte de J. G. Ballard (también referenciado y agradecido). Me pregunto si, cuando dentro de unos años, se publique la segunda edición ésta habrá sido aumentada y re-explorada, como ya es habitual en el argentino.

Rodrigo Fresán disfruta de un doble estreno en estos días, mientras Mondadori publica su novela más reciente, ‘El fondo del cielo’, Anagrama reedita el libro con que se inició en el mundo editorial: Historia argentina. La mesa de novedades de la librería acoge, pues, al mismo escritor en dos etapas de su carrera literaria: el primer Fresán, que con veintisiete años se daba a conocer y sorprendía, y el último Fresán, de cuarenta y seis, con varios libros a sus espaldas y el reconocimiento, más que merecido, de la crítica y el público.
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Rodrigo Fresán tiene la intención de volver locos a los académicos. En cada edición añade frases nuevas y ampliaciones de sus textos. Así podría nacer una hermandad de la que su autor podría estar orgulloso: La Sociedad de los Santos Coleccionistas. Podrían dedicarse a recolectar cada una de las ediciones de los libros del escritor argentino. Un momento, esto quizá ya exista. Un momento, esto quizá ya lo sepan. No han leído nada. O no.
La velocidad de las cosas ha sido una de las joyas que el pasado año , como muchas de las obras de Rodrigo Fresán durante estos dos últimos años, ha tenido su edición ampliada en su edición portátil y ha confirmado la tendencia en el argentino de incluir deliciosas ediciones extendidas en cada nueva reedición, dejando siempre su obra abierta a extensiones posteriores.