Todas las vidas merecen ser escritas. La intrahistoria, que diría Don Miguel de Unamuno. Y la guerra, las guerras, tienen su intrahistoria, su magma, el que forman los protagonistas anónimos de aquellos dramas. Porque la guerra siempre es un drama y la pretendida victoria o la cacareada liberación no son más que un daño colateral del horror de matarnos unos a otros.
En Niños Feroces (Destino, 2011) Lorenzo Silva (Madrid, 1964), con una larga carrera literaria a cuestas y cercano a la psicología de policías y militares en otros trabajos suyos, se embarca en una visión muy particular de la guerra, del nazismo y de la colaboración española con el mismo. Pero en su revés esconde mucho más.
Esta es una novela sobre la construcción de una novela, sobre cómo se documenta, sobre cómo se va construyendo la psicología de unos personajes que se mezclan con los protagonistas reales de aquellas viejas guerras que tanto fascinan. Es una búsqueda de la propia voz literaria para dar voz a aquellos que, por no estar ya entre nosotros, ya nunca la tendrán.
Lázaro, escritor de cierto éxito, tiene entre sus filas del taller de escritura que dirige a Lázaro, un joven con talento literario, hijo de este tiempo fragmentario y en exceso breve, que es incapaz de escribir ficciones largas. Pero el maestro no renuncia: envuelve a su pupilo en un viaje que le llevará al corazón de la Segunda Guerra Mundial y le enfrentará con el valor y el coraje, con la decepción de los ideales perdidos y con lo más vil del ser humano.

El séptimo velo fue galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2007 y tiene hechuras de guía telefónica. Incluso, lo que se narra en la novela que nos ocupa se parece bastante a lo que hay en una guía telefónica (al menos en el 50 por ciento de sus páginas): mucha letra y poca historia. Y lo que es peor: todo lo que se presenta, por nimio que sea, se hace de forma tan épica y pomposa como una odisea homérica, o algo así.