A lo largo del siglo XX, la novela histórica no ha dejado de cultivarse y nos ha ofrecido muchas de las obras cumbre: ‘Yo, Claudio’ (1934), de Robert Graves, ‘Sinué, el egipcio’ (1945), de Waltari, ‘Memorias de Adriano’ de Marguerite Yourcenar (publicada en francés en 1951, traducida al castellano por Cortázar y, sin duda, una de mis preferidas), ‘El nombre de la rosa’ (1980), de Umberto Eco, la serie de ‘El Capitán Alatriste’, de Arturo Pérez-Reverte, ‘El general en su laberinto’ (1989), de García Márquez o ‘La fiesta del chivo’ (2000), de Vargas Llosa (estas dos últimas como ejemplo de un nuevo subgénero dentro del subgénero: la novela histórica sobre dictadores).
En la actualidad vivimos un boom del subgénero, con un gran número de editoriales publicando muchísimas nuevas novelas históricas y millones de lectores comprándolas. Y me atrevo a afirmar que la mayoría de ellos son ‘lectores nuevos’, es decir: no han leído los clásicos del género y, sin embargo, devoran todo lo recientemente publicado. Posiblemente de esto tiene mucha culpa la publicidad, pero también el boca a boca: se oye hablar mucho más de ‘La sombra del viento’ de Ruiz Zafón o de ‘La catedral del mar’ de Ildefonso Falcones que de ‘Quo vadis?’ o de ‘El último mohicano’, de las que muchos conocerán la película y no tantos el libro.

