Pero siguiendo con Ortega, que es más docto que yo: decía que el hombre que se cree con derecho a tener una opinión sobre el asunto que sea sin previo esfuerzo para forjársela, manifiesta una falta de respeto a los demás. En tiempos en los que la gente repite como loros tropicales que debes respetar su opinión (como dejar que uno diga lo que quiera fuera equivalente a callarse que lo que dice el otro es una soplapollez) y que no les faltes al respeto porque ellos no te lo faltan a ti y que, bla, bla, yupi, yupi, a la bim bom ba, que subidón, tío, pues las palabras de Ortega y Gasset son más que pertinentes. De modo que sigamos.
Decía que la gente normal se encuentra con un repertorio de ideas dentro de sí. Decide contentarse con ellas y considerarse intelectualmente completa. Al no echar de menos nada fuera de sí, se instala definitivamente en aquel repertorio. El hombre-masa se siente perfecto. El hombre mediocre de nuestros días no duda de su propia plenitud. Por eso no lee. Porque no le gusta y porque no cree que nada más necesite para sí.
Dejemos hablar a Ortega:

Es un hecho, hay gente que no ha leído un libro en su vida. O gente que lee uno o dos libros al año. Incluso gente que sólo lee los libros que están en el top ten de mercantilismo más zafio.