A veces no somos conscientes de lo importante que es una ciudad. Demasiado a la ligera, solemos condenar a la ciudad como un apiñamiento apestoso de gente, de aire tóxico y cláxones sonando por doquier como bebés reclamando su dieta láctea. Solemos escapar corriendo al campo en cuanto tenemos la oportunidad. Maldecimos cuando nos sablean unos euros por aparcar unos míseros minutos en una plaza del centro.
Sin embargo, sin ciudades no existirían teatros, ni museos, ni salas de exposiciones, ni bibliotecas bien surtidas. El hecho de que todos estos recintos, a pesar de su tamaño y condiciones, sean viables es porque alrededor de ellos vive muchísima gente. Si todos habitáramos en enormes parajes con casas unifamiliares, los recintos nos quedarían lejos para usarlos habitualmente. Y si los usáramos, gastaríamos ingentes cantidades de combustible fósil para llegar hasta ellos.
Las ciudades también permiten que confiemos más los unos en los otros, aunque no nos conozcamos de nada. En el campo puedes confiar en los vecinos próximos, incluso en los habitantes de los pueblos próximos, si me apuráis, pero en el campo es donde se usa más frecuentemente el término “forastero”. Es decir, el 99,9 % de la gente del mundo que se acerca a nuestra casa solitaria. En las ciudades, sin embargo, no existen los forasteros. Y de existir, confiamos en sus buenas intenciones so pena de que la ley caiga sobre ellos (o las miradas de los demás ciudadanos que viven a nuestro alrededor, encima, debajo, junto a nosotros.)
Extrapolando al mercado, una ciudad es, respecto al campo o el entorno rural, un producto sellado, con garantía, bajo legislación, con etiqueta de ingredientes y teléfono de reclamación al consumidor. La ciudad es como un tubo de pasta de dientes que compramos en un supermercado: nunca comprobaríamos si realmente hay pasta de dientes o simple agua; la tienda que vendiera productos falsos enseguida estaría en el punto de mira de todos, y la competencia feroz la excluiría de la ciudad. En el campo, sin embargo, debemos mirar una y otra vez si nos están colando gato por liebre.

A estas alturas le debo mucho a Steven Johnson. Uno de los libros que más me ha entusiasmado ha sido suyo:
Si viajáis a Nueva York, no os perdáis un paseo por Greenwich Village. Encontraréis pequeñas joyas como el escondido Cornelia Street Café. Un lugar entrañable donde los Monty Python interpretaron algunas obras en la década de 1980 o donde la cantautora Suzanne Vega comenzó su carrera. Una vez al mes, un grupo autodenominado premios Nobel graciosos y de buena fe se reúnen para celebrar un cabaret esperpéntico. John Nash, el esquizofrénico matemático de Princeton que inspiró el filme Una mente maravillosa, se pasa por allí de vez en cuando.
Enésimo volumen que digiero del cada vez más popular filósofo José Antonio Marina (¿a qué velocidad escribe este hombre?). Bien, en realidad, Crónicas de la ultramodernidad, que así se llama el libro, no es un ensayo al uso sino una antología de sus mejores artículos para la prensa.
Hay palabras que, a fuerza de repetirlas, pierden su significado. Por ejemplo, cuchara. Probad a decir cuchara una docena de veces. Al final la palabra cuchara sólo os parecerá una serie de fonemas que nada tienen que ver con el objeto que, hasta entonces, habéis llamado cuchara. Cuchara, cuchara, cuchara.
De nuevo el ingenioso Malcom Gladwell (Inglaterra, 1963), escritor, periodista, crítico y agitador cultural, nos la ha vuelto a dar con queso: lo que en principio, a juzgar por su título, pudiera ser otro libro más de autoayuda o coaching empresarial no lo es en absoluto. O al menos, no en gran parte.
El antropólogo Marvin Harris es un autor prolífico. Difícilmente habrás leído todos sus libros, aunque hay algunos que son imprescindibles, como 