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sociología

'El triunfo de las ciudades' de Edward Glaeser

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A veces no somos conscientes de lo importante que es una ciudad. Demasiado a la ligera, solemos condenar a la ciudad como un apiñamiento apestoso de gente, de aire tóxico y cláxones sonando por doquier como bebés reclamando su dieta láctea. Solemos escapar corriendo al campo en cuanto tenemos la oportunidad. Maldecimos cuando nos sablean unos euros por aparcar unos míseros minutos en una plaza del centro.

Sin embargo, sin ciudades no existirían teatros, ni museos, ni salas de exposiciones, ni bibliotecas bien surtidas. El hecho de que todos estos recintos, a pesar de su tamaño y condiciones, sean viables es porque alrededor de ellos vive muchísima gente. Si todos habitáramos en enormes parajes con casas unifamiliares, los recintos nos quedarían lejos para usarlos habitualmente. Y si los usáramos, gastaríamos ingentes cantidades de combustible fósil para llegar hasta ellos.

Las ciudades también permiten que confiemos más los unos en los otros, aunque no nos conozcamos de nada. En el campo puedes confiar en los vecinos próximos, incluso en los habitantes de los pueblos próximos, si me apuráis, pero en el campo es donde se usa más frecuentemente el término “forastero”. Es decir, el 99,9 % de la gente del mundo que se acerca a nuestra casa solitaria. En las ciudades, sin embargo, no existen los forasteros. Y de existir, confiamos en sus buenas intenciones so pena de que la ley caiga sobre ellos (o las miradas de los demás ciudadanos que viven a nuestro alrededor, encima, debajo, junto a nosotros.)

Extrapolando al mercado, una ciudad es, respecto al campo o el entorno rural, un producto sellado, con garantía, bajo legislación, con etiqueta de ingredientes y teléfono de reclamación al consumidor. La ciudad es como un tubo de pasta de dientes que compramos en un supermercado: nunca comprobaríamos si realmente hay pasta de dientes o simple agua; la tienda que vendiera productos falsos enseguida estaría en el punto de mira de todos, y la competencia feroz la excluiría de la ciudad. En el campo, sin embargo, debemos mirar una y otra vez si nos están colando gato por liebre.

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‘Las buenas ideas’ de Steven Johnson: para aprender de dónde salen las ideas

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las_buenas_ideas.jpgA estas alturas le debo mucho a Steven Johnson. Uno de los libros que más me ha entusiasmado ha sido suyo: Cultura basura, cerebros privilegiados. Otro que no se queda tampoco muy atrás es La mente de par en par.

Y es que Johnson es capaz de mezclar conocimientos de diferentes disciplinas de un modo admirable, y su prosa desprende un aire literario que provoca una extraña sensación. La sensación de que estás leyendo una historia de ficción apasionante. Lo cierto, sin embargo, es que no estás leyendo ninguna ficción: Johnson te está enseñando toda clase de cosas importantes sobre lo que te rodea. Y lo más importante: está abriendo tu mente para abordar cualquier tema desde ópticas inéditas.

Aquí Johnson lo vuelve a conseguir. En su Las buenas ideas trata uno de los temas que más me seducen a nivel personal: de dónde surgen las ideas, qué es la creatividad y la razón del absurdo que supone creernos que hay dueños de ideas (de libros, de patentes, etc.) y cómo el copyright y los derechos de autor, con el tiempo, deberán reemplazarse por otros modelos más laxos o incluso ser suprimidos por completo.

También habla Johson de los genios, esos idealizados personajes que parecen haber descubierto la Coca Cola (un actor famoso, un cantante de éxito, un descubridor de la penicilina o la doble hélice del ADN, las primeras personas que volaron, etc.). Una vez concluida la lectura de Las buenas ideas, os lo garantizo, dejaréis de rendir pleitesía a esas personas. Porque las ideas no surgen de las personas individuales sino de las redes que se generan entre las personas: por ello siempre hay más innovación porcentualmente en cualquier ciudad antes que en cualquier pueblo. Porque las cosas las descubrimos todos y nos pertenece a todos, simplemente hay una persona que, por azar o serendipia, acaba ostentando el título de descubridor y dueño de dicha cosa.

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‘Eros. La superproducción de los afectos’ de Eloy Fernández Porta

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Si viajáis a Nueva York, no os perdáis un paseo por Greenwich Village. Encontraréis pequeñas joyas como el escondido Cornelia Street Café. Un lugar entrañable donde los Monty Python interpretaron algunas obras en la década de 1980 o donde la cantautora Suzanne Vega comenzó su carrera. Una vez al mes, un grupo autodenominado premios Nobel graciosos y de buena fe se reúnen para celebrar un cabaret esperpéntico. John Nash, el esquizofrénico matemático de Princeton que inspiró el filme Una mente maravillosa, se pasa por allí de vez en cuando.

En el Cornelia Street Café también actúan artistas aficionados como los Amygdaloids, que yo sepa la única banda de rock del mundo compuesta exclusivamente por neurocirujanos. En 2007, los Amydgaloids publicaron un disco titulado Heavy Mental. “It´s All in a Nut” es su canción, pues el nombre de la banda hace referencia a esos racimos en forma de almendra que se hallan en el cerebro y que determinan nuestro miedo.

¿Qué tiene que ver esta banda neurocientífica con el último ensayo de Eloy Fernández Porta, Eros. La superproducción de los afectos, vencedor del Premio Anagrama 2010? Mucho más de lo que parece. Un asistente al Cornelio Street Café, por mucho que escuchara las letras de los Amygdaloids (sin duda jalonadas de guiños neurocientíficos), nunca podrá afirmar que ha aprendido algo profundo acerca del funcionamiento del cerebro.

Eros es, de algún modo, la versión literaria de los Amygdaloids: un espectáculo que parece un acercamiento a uno de los comportamientos más propiamente humanos: el amor. Un espectáculo jalonado de ingenio, un guiño intelectual.

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‘Crónicas de la ultramodernidad’ de José Antonio Marina

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Enésimo volumen que digiero del cada vez más popular filósofo José Antonio Marina (¿a qué velocidad escribe este hombre?). Bien, en realidad, Crónicas de la ultramodernidad, que así se llama el libro, no es un ensayo al uso sino una antología de sus mejores artículos para la prensa.

Asegura Marina que no le gustan las antologías de artículos, y que en realidad estos artículos, en su concepción, ya estaban pensados para formar un todo, así que en realidad también estamos frente a un ensayo unificado (los artículos están hilvanados por el autor, de tal manera que, si no fuese por unas pequeñas señales, no seríamos capaces de adivinar dónde empieza un artículo y acaba otro, así como dónde el autor ha incorporado alguna adenda).

Quería comprobar si era posible hacer filosofía sistemática en un periódico, a trozos, en contacto con los problemas diarios, en comunicación con los lectores, interactuando con la realidad.

Crónicas de la ultramodernidad resulta una lectura agradable, asequible, y rebosante de curiosidades, anécdotas y fragmentos de otros libros que tratan de reflexionar sobre el mundo hibridando rigor, poesía, dramatismo y sentido del humor.

El problema de Crónicas de la ultramodernidad es que no profundiza en todos aquellos temas que saca a colación, y en ocasiones ni siquiera remata lo que empieza. Las reflexiones de Marina son lúcidas, sus circuitos de pensamiento son lógicos, pero a menudo da la impresión de que se queda en una fastuosa exposición del problema, en un agudo diagnóstico social, que no se atreve a solventar. O quizá es que no tenía demasiado espacio para hacerlo.

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‘Las cosas nuestras de cada día’ de Charles Panati: para saber de dónde sale todo

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Hay palabras que, a fuerza de repetirlas, pierden su significado. Por ejemplo, cuchara. Probad a decir cuchara una docena de veces. Al final la palabra cuchara sólo os parecerá una serie de fonemas que nada tienen que ver con el objeto que, hasta entonces, habéis llamado cuchara. Cuchara, cuchara, cuchara.

Muchas novelas emplean argucias como ésta para predisponer al lector a nuevas realidades. Sin embargo, el libro del que os hablaré hoy no es una novela. Y tampoco intenta cambiar nada acerca del significado de las palabras. Las cosas nuestras de cada día, de Charles Panati, sencillamente es un misil balístico dirigido a las cosas en sí mismas.

A fuerza de destejer, eviscerar, descodificar y ponderar histórica, científica y socialmente los objetos, las costumbres, las supersticiones o los cuentos infantiles, el autor nos permite graduar de tal manera nuestra visión sobre todo ello que, la próxima vez que os relacionéis con cualquier cosa cotidiana, ya no volveréis a experimentarla de la misma forma. Ni la cuchara, ni la Navidad, ni tocar madera, ni la goma de mascar.

Después de la lectura de este libro, la mayoría de las cosas que os rodean tendrán un aspecto diferente. Como si pudierais ver a través de ellos. Como si los objetos no fueran objetos sino radiografías de objetos, preñados de significados, connotaciones y dobles sentidos.

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‘Fueras de serie’ de Malcom Gladwell: ¿Por qué unas personas tienen éxito y otras no?

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fueras-de-serie.jpgDe nuevo el ingenioso Malcom Gladwell (Inglaterra, 1963), escritor, periodista, crítico y agitador cultural, nos la ha vuelto a dar con queso: lo que en principio, a juzgar por su título, pudiera ser otro libro más de autoayuda o coaching empresarial no lo es en absoluto. O al menos, no en gran parte.

Fueras de serie (Outliers), Por qué unas personas tienen éxito y otras no, es un libro para comprender cómo funciona el mundo desde el punto de vista de la psicología, la sociología, la genética y hasta la memética. Y para ello, se basa en el análisis de un aspecto en el que muy pocos han ahondado sin tropezar en el lugar común: cómo se produce el éxito social, empresarial, deportivo o personal de un individuo.

La mayoría de opiniones sobre el origen del éxito a cualquier nivel (un buen puesto de trabajo, un libro superventas, un programa de ordenador que todo el mundo usa, una banda de música que llena estadios) suelen considerar el éxito como una conjunción misteriosa entre el esfuerzo personal, la perseverancia y la existencia de algún don que viene de nacimiento.

Aunque ya os había escrito acerca de estas falacias en otro artículo, no puedo evitar quitarme el sombrero ante la brillante exposición de Gladwell, mucho mejor articulada y documentada que la mía. Gladwell no sólo demuestra que la meritocracia es un timo o que la mayoría de personas de éxito no tenían ningún don especial. Lo más asombroso de la tesis de Gladwell es que el éxito (y no puedo estar más de acuerdo) es fruto, fundamentalmente, del azar.

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‘Nuestra especie’ de Marvin Harris

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El antropólogo Marvin Harris es un autor prolífico. Difícilmente habrás leído todos sus libros, aunque hay algunos que son imprescindibles, como Bueno para comer. Pero existe un atajo: Nuestra especie.

Nuestra especie es una suerte de compendio en forma de artículos breves (de no más de 4 o 5 páginas) que recoge las reflexiones e informaciones más relevantes de todas las obras publicadas por Harris. Leer Nuestra especie es como leer todo Harris.

A esto se le suma que Nuestra especie es particularmente fácil de leer: siempre trata por encima los asuntos, va al grano, casi como si se trazara un esquema, y considera al lector como un lego en casi todos los asuntos que se abordan (lo que puede resultar un poco tedioso al lector más avezado de ensayos sobre estos temas o al que ya ha leído a Harris).

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