Uno de los aspectos que Sócrates temía de la gente que aprendía a leer era que, una vez abierto el libro, el lector estaba sometido a ingentes cantidades de conocimiento descontrolado.
Sócrates tenía miedo del exceso de datos, y de la escasez de criterio para separar el grano de la paja. Es decir, lo que antaño pasaba con el invento de la lectura, hogaño pasa con el invento de Internet, San Google o la Wikipedia.
Decía Sócrates:
Una vez que algo se escribe, la composición, sea ésta la que fuere, empieza a moverse por todas partes, cayendo en las manos no sólo de aquellos que la comprenden, sino de igual manera en la de aquellos que nada tienen que ver con ellas; el escrito no sabe cómo dirigirse a la gente adecuada y no dirigirse a la equivocada. Y cuando se lo maltrata u se abusa de él injustamente, siempre necesita que sus padres acudan en su auxilio, puesto que es incapaz de defenderse o de ayudarse.
Sócrates no temía a la alfabetización. La alfabetización es buena, permite que la cultura fluya mejor entre personas, que se generen nuevas ideas, que se alcances cotas intelectuales más elevadas. Lo que temía Sócrates es que esta alfabetización permitiera acceder al conocimiento de manera irresponsable, sin la orientación de un maestro, sin suficiente espíritu crítico.

Reconozco que mi memoria es pésima. Apenas soy capaz de acordarme de algunos fragmentos de canciones (y me encanta la música), me olvido con frecuencia de los nombres de las personas que me presentan o de los días señalados en el calendario. Cuando debía memorizar un temario para un examen académico, os lo garantizo, me costaba mucho más tiempo y esfuerzo que a vosotros.
Ken Goffman se propone en este curioso libro el contar la historia de la humanidad bajo una lupa que sólo aumente los aspectos contraculturales, iconoclásicos o librepensadores de todos los personajes y acontecimientos. En definitiva, analiza las rupturas de pensamiento que han hecho avanzar al mismo. Como el mismo subtítulo indica: “De Abraham al acid-house”. Ahí es nada.
Carambolas de la vida, cayeron en mis manos dos libros con similares propósitos: el popularísimo Más Platón y menos Prozac, de Lou Marinoff, y el que es objeto de esta reseña, Las consolaciones de la filosofía.
Una taza de café, un grupo de personas y muchas ganas de conversar. Son los únicos requisitos para convertirte en participante de la última moda mundial: los cafés filosóficos.