<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom">

	<channel>
		<title>Magazine - steven-johnson</title>
		<link>http://www.papelenblanco.com</link>
		<description>
Blog sobre literatura, críticas de libros, internet y letras.		</description>
		<pubDate>2012-05-27 13:27:04</pubDate>

		<generator>http://www.papelenblanco.com</generator>
                    <item>
      <title><![CDATA[‘Las buenas ideas’ de Steven Johnson: para aprender de dónde salen las ideas]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/divulgacion/las-buenas-ideas-de-steven-johnson-para-aprender-de-donde-salen-las-ideas</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/divulgacion/las-buenas-ideas-de-steven-johnson-para-aprender-de-donde-salen-las-ideas</guid>
      <pubDate>Wed, 28 Dec 2011 22:37:23 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image10053" src="http://img.papelenblanco.com/2011/12/las_buenas_ideas.jpg" class="centro" alt="las_buenas_ideas.jpg" />A estas alturas le debo mucho a <strong>Steven Johnson</strong>. Uno de los libros que más me ha entusiasmado ha sido suyo: <a href="http://www.papelenblanco.com/ensayo/si-es-dolent-tho-recomano-de-steven-johnson">Cultura basura, cerebros privilegiados</a>. Otro que no se queda tampoco muy atrás es <a href="http://www.papelenblanco.com/divulgacion/la-mente-de-par-en-par-de-steven-johnson">La mente de par en par</a>. </p>

	<p>Y es que Johnson es capaz de mezclar conocimientos de diferentes disciplinas de un modo admirable, y su prosa desprende un aire literario que provoca una extraña sensación. <strong>La sensación de que estás leyendo una historia de ficción apasionante</strong>. Lo cierto, sin embargo, es que no estás leyendo ninguna ficción: Johnson te está enseñando toda clase de cosas importantes sobre lo que te rodea. Y lo más importante: está abriendo tu mente para abordar cualquier tema desde ópticas inéditas.</p>

	<p>Aquí Johnson lo vuelve a conseguir. En su <strong>Las buenas ideas</strong> trata uno de los temas que más me seducen a nivel personal: de dónde surgen las ideas, qué es la creatividad y la razón del absurdo que supone creernos que hay dueños de ideas (de libros, de patentes, etc.) y cómo el copyright y los derechos de autor, con el tiempo, deberán reemplazarse por otros modelos más laxos o incluso ser suprimidos por completo.</p>

	<p>También habla Johson de los genios, <strong>esos idealizados personajes que parecen haber descubierto la Coca Cola</strong> (un actor famoso, un cantante de éxito, un descubridor de la penicilina o la doble hélice del <span class="caps">ADN</span>, las primeras personas que volaron, etc.). Una vez concluida la lectura de <strong>Las buenas ideas</strong>, os lo garantizo, dejaréis de rendir pleitesía a esas personas. Porque las ideas no surgen de las personas individuales sino de las redes que se generan entre las personas: por ello siempre hay más innovación porcentualmente en cualquier ciudad antes que en cualquier pueblo. Porque las cosas las descubrimos todos y nos pertenece a todos, simplemente hay una persona que, por azar o serendipia, acaba ostentando el título de descubridor y dueño de dicha cosa.<br />
<!--more--></p>

	<p>Así pues, <strong>ningún invento sería descubierto de forma individual sino de manera colectiva</strong>. En las sociedades recelosas del cambio o de las ideas nuevas, por ejemplo, sería más difícil que naciera en la mente de alguien una noción filosófica revolucionaria, por decir algo. Esta también es la razón de que históricamente la tecnología haya evolucionado a ritmos diferentes en continentes distintos. No porque haya más genios per se en unos continentes que en otros sino porque determinadas condiciones permiten que existan más genios.</p>

	<p>Esperemos que pronto dejemos atrás ese pensamiento medieval que ignora cómo funcionan las redes de información, la neurociencia más básica y la naturaleza de las ideas nuevas. En definitiva, esperemos que pronto la gente empiece a escuchar un poco más a los científicos.</p>

	<p>Si os interesa profundizar en estas ideas contraintuitivas, os recomiendo la relectura de mi serie de artículos <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/eurekas-o-como-los-libros-los-escribimos-entre-todos-i">Eureka(s) o cómo los libros los escribimos entre todos (I)</a>, <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/eurekas-o-como-los-libros-los-escribimos-entre-todos-ii">(II)</a>, <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/eurekas-o-como-los-libros-los-escribimos-entre-todos-iii">(<span class="caps">III</span>)</a> y <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/eurekas-o-como-los-libros-los-escribimos-entre-todos-y-iv">(IV)</a>.</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (y III)]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-y-iii</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-y-iii</guid>
      <pubDate>Sat, 24 Sep 2011 07:18:53 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image9632" src="http://img.papelenblanco.com/2011/09/figura-lab-coat-zombie.jpg" class="centro" alt="figura-lab-coat-zombie.jpg" />Uno de nuestros lectores, <a href="http://www.papelenblanco.com/usuario/nuriacd">nuriacd</a>, cuando reseñé el libro <a href="http://www.papelenblanco.com/ensayo/teleshakespeare-de-jorge-carrion-cuando-ver-la-tele-empieza-a-ser-tan-importante-como-leer-un-libro">Teleshakespeare</a>, me sugirió la lectura de <em>4 buenas razones para eliminar la televisión</em> de <strong>Jerry Mander</strong>. Libro que en su día ya consulté. Pero aquí debemos aplicar, como en todo, lo que dijo <strong>Clovis Andersen</strong>: “<em>Uno no sabe nada hasta que no sabe por qué lo sabe</em>.” </p>

	<p>El libro afirma que la TV nos vuelve tontos, elimina el espíritu crítico, favorece el gregarismo, etc. Son sentencias muy serias, pero <strong>¿dónde está la evidencia experimental de que eso es así?</strong> ¿Dónde están los ensayos controlados? ¿Qué imágenes de resonancia magnética u otras del cerebro de los televidentes parangonados con el cerebro de los no televidentes nos ofrece el autor? ¿Cómo sabe que ahora somos más zombis que antes precisamente por la televisión? ¿Qué clase de destrezas intelectuales concretas está midiendo el autor? </p>

	<p>Por ejemplo, existe estudios para determinar los cambios que ocurren en nuestro cerebro cuando leemos un libro, como el siguiente, publicado en la revista <em>Science</em> (una de las más prestigiosas del mundo) y llevado a cabo por <strong>Laurent Cohen</strong>, investigador del Instituto Nacional de la Salud y de la Investigación Médica de Francia (<span class="caps">INSERM</span>):</p>

<blockquote>No hay un sistema cerebral innato especializado en la lectura, tenemos que hacer bricolaje, utilizar sistemas que ya existen.</blockquote>

	<p>Para realizar el estudio, Cohen usó la resonancia Magnética, <strong>midiendo la actividad cerebral de 63 adultos voluntarios con diferentes índices de alfabetización</strong>: 10 analfabetos, 22 personas alfabetizadas en edad adulta y 31 personas escolarizadas desde la infancia. La investigación se realizó en Portugal y Brasil, países en los que hasta hace unas décadas, era relativamente frecuente que los niños no fueran escolarizados. 	</p>

	<p>¿Algo equivalente para afirmar que ver la televisión nos cambia tanto a peor?<br />
<!--more--></p>

	<p>Pues un páramo. Eso ofrece el autor de <em>4 buenas razones para eliminar la televisión</em>. Básicamente, lo que encontramos son condenas del tipo que hacen los fulanos con espumarajos en la boca y cara de sufrir úlcera duodenal. Y, por supuesto, <strong>continuas inducciones imperfectas</strong>: si ahora somos más violentos, es por la TV; si ahora somos más borregos, es por la TV; si ahora somos más incultos, es por la TV. Coged cualquier mal de la sociedad actual (real o inventado), aseverad con mucha energía que la causante de la misma son los rayos catódicos, como si fueran esos rayos gamma que provocaban mutaciones terroríficas en las pelis de ciencia ficción los 50, y <em>voilà</em>, misterio resuelto. Es decir, teoría puramente especulativas presentadas como ciencia establecida, analogías forzadas cuando no absurdas, retórica que suena bien pero cuyo significado es ambiguo.</p>

	<p>En definitiva, <strong>cháchara de bar de un neoludita</strong> (afortunadamente no condena tan fieramente Internet, que el autor salva de la quema). Pero el problema no consiste sólo en que hay que conocer la disciplina que se está manejando, sino también en que hay que comprender las bases de la lógica y de la ciencia que subyacen a esas afirmaciones. Por de pronto, diferenciando la proposición empírica y la apriorística, la inducción científica de la inducción matemática, etc. O: ¿es válida cierta consecuencia en ambos sentidos o es falsa su inversa? O: ¿Es demostrable la falsedad de tal y cual afirmación?</p>

	<p>Si buscáis un libro crítico con la TV que sigas esas reglas elementales, entonces os recomiendo <em>Superficiales</em>, de <strong>Nicholas Carr</strong>. Un libro que también es crítico con Internet. Pero obviamente el autor no sugiere que razones para dejar de usar Internet sino que diagnostica el problema y señala que quizás deberíamos evitar que Internet lo dominara todo, incluso relegando la lectura de libros físicos a la categoría de anécdota. Si os interesa,<a href="http://www.papelenblanco.com/ensayo/superficiales-que-esta-haciendo-internet-con-nuestras-mentes-de-nicholas-carr"> escribí la reseña del libro hace un tiempo</a>.</p>

	<p><strong>Carr no condena la televisión</strong>, ni tampoco Internet. Sólo dice que el exceso de esas tecnologías, en detrimento de la lectura sostenida de libros complejos, adormecerá a la larga algunas facetas de nuestra inteligencia. Pero como afirma en psicólogo Steven Johnson, la televisión o Internet fortalece otras parcelas de la inteligencia que no siempre ejercita convenientemente la lectura.</p>

	<p>Así que no os pongáis estrechos ni finolis, dadle al botón de la “caja tonta” y <strong>dejaos impregnar de literatura</strong>. Porque en ningún momento se sugiere que la TV o la cultura de masas pueda o deba sustituir, por ejemplo, a un libro de 200 páginas, sino que debe sublimarse a ella. Como apunta el propio Johnson, casi como si hablara por boca de Carr:</p>

<blockquote>Los ensayos complicados y que tienen un desarrollo secuencial (en que cada premisa está basada en la anterior y en que una idea puede necesitar todo un capítulo para ser convenientemente desarrollada), no están hechos para ser expresados en un intenso programa de debate. […] El texto en la red también tiene virtudes intelectuales, naturalmente: riffs, anotaciones, conversaciones… Todas florecen en este ecosistema y todas nos pueden iluminar intelectualmente. Pero todas son propias de un tipo de inteligencia que difiere de la inteligencia que se deriva de la lectura de una tesis sostenida a los largo de 200 páginas.</blockquote>

	<p>Y para terminar, una pequeña maldad. Si nos ponemos estrictos y matemáticos, entonces <strong>incluso la televisión puede ofrecer más información que un libro</strong>. Supongamos que leemos un libro que tiene un vocabulario de 1.000 palabras diferentes. Luego supongamos que una pantalla de televisión tiene 400 filas y 600 columnas de píxeles, cada uno de los cuales adopta uno de 16 matices de gris. Según cálculos del matemático <strong>John Allen Paulos</strong>:</p>

<blockquote>Las palabras contienen a lo sumo 14.288 bits (leídas al azar), mientras que la imagen de televisión contiene hasta 960.000 bits. Pasaré por alto la definición probabilística de la cantidad de información y me limitaré a indicar que depende del número de estados posibles de un sistema y de la probabilidad de dichos estados. Si un mensaje consiste en uno de dos estados, “sí” o “no”, ambos con probabilidad ½, la cantidad de información del mensaje es de 1 bit.</blockquote>

	<p>Naturalmente, la información no sólo se debe medir de esa forma. Importa también el tipo de información que estamos consumiendo, lo relevante que pueda ser, las reflexiones que nos pueda inducir. Es decir, que depende de la información <em>per se</em>, y no del formato en la que estamos consumiendo la información. La tele y el libro son sólo formatos, <strong>juzgar formatos por su sustrato es un error categorial</strong>. Y gordo.</p>

	<p>(Vale, sí, en ocasiones es más importante leer que ver, como ya os expliqué <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/cuando-leer-es-mas-importante-que-ver">aquí</a>. Pero no generalicemos.) </p>

	<p>Y ahora, a ver la tele o a leer un libro, vosotros decidís. </p>

	<p>Vía | <em>Érase una vez un número</em> de John Allen Paulos | <em>Superficiales</em> de Nicholas Carr | <em>Cultura basura, cerebros privilegiados</em> de Steven Johnson | <em>4 buenas razones para eliminar la televisión</em> de Jerry Mander</p>

	<p>En Papel en Blanco | <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-i">¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (I)</a> y <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-ii">(y II)</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (II)]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-ii</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-ii</guid>
      <pubDate>Fri, 23 Sep 2011 21:48:39 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image9629" src="http://img.papelenblanco.com/2011/09/20090421140727-television.jpg" class="centro" alt="20090421140727-television.jpg" />Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos, <strong>la televisión también nos hace inteligentes</strong>, aunque desarrolle una inteligencia distinta a la que desarrolla la literatura.</p>

	<p>Es lo que se ha llamado <strong>Efecto Flynn</strong>, por su descubridor, el filósofo americano <strong>James Flynn</strong>. Este efecto reza lo siguiente: independientemente de la etnia, la clase social o el nivel educativo, los americanos se están volviendo más inteligentes a medida que transcurren los años. Flynn cuantificó este cambio: <strong>en 40 años, la población americana había ganado 13,8 puntos de media de coeficiente intelectual</strong>. </p>

	<p>Uno de los motivos es precisamente la televisión. En palabras del psicólogo social <strong>Carmi Schooler</strong>, el efecto Flynn refleja claramente que el entorno se está volviendo cada vez más complejo. Hasta el punto de que este entorno acaba recompensando el esfuerzo cognitivo. En este entorno, los individuos deberían estar motivados para desarrollar su capacidad intelectual y extrapolar los procesos cognitivos resultantes a otras situaciones.</p>

	<p>La complejidad ambiental se debe a muchos motivos, pero, según <strong>Steven Johnson</strong>, uno de los motivos principales es la aparición de los medios de masas, de acceso universal y barato, y también de la densidad narrativa y complejidad psicoemocional crecientes: los videojuegos, la televisión, Internet, el cine y otras formas de entretenimiento interactivo que te obligan a tomar decisiones en todo momento.<br />
<!--more--></p>

	<p>Pensad en el esfuerzo cognitivo y lúdico que debía hacer fuera de la escuela cualquier niño de diez años de hace un siglo: leía los libros que tenía al abasto, jugaba con juguetes o a pelota con los amigos del vecindario. Pero <strong>la mayor parte del tiempo se lo pasaba ayudando a las faenas de la casa o haciendo de mano de obra infantil</strong>. Comparad eso con el nivel de dominio tecnológico y cultural de un niño de diez años de hoy en día. </p>

<blockquote>
Ahora sigue la marcha de un puñado de equipos de deporte profesional, alterna como si nada la mensajería instantánea con el correo electrónico para poder comunicarse con sus amigos, y también se sumerge en inmensos mundos virtuales adoptando nuevas tecnologías multimedia y resolviendo los problemas con toda la naturalidad del mundo. Gracias al aumento del nivel de vida, estos niños también tienen más tiempo libre que el de hace tres generaciones. Las aulas pueden que estén llenas desde hace años, pero los niños de ahora son puestos a prueba constantemente por nuevos medios audiovisuales y tecnológicos que les inducen a adquirir estrategias más avanzadas para afrontar la resolución de problemas. Casi todas las familias con niños pequeños hacen broma explicando cómo el hijo pequeño sabe programar el video mientras que el papá y la mamá, con todos sus títulos universitarios, apenas saben programar el despertador.</blockquote>

	<p><strong>Echemos un vistazo a las series de la cadena por cable de la HBO</strong>. Son series donde las putas son unas putas, y los ladrones, unos ladrones. Series donde los personajes de los mundos de Yupi entraría de golpe en la madurez tras la sodomización de su mente. O algo así. En las series españolas, a ese tenor, casi no existe un paralelismo. Y como dejó escrito una vez <strong>Francisco Casavella</strong> en su <em>Elevación, elegancia y entusiasmo</em>, “la teleserie que más detesto es Periodistas”. Lo suscribo. Afortunadamente tenemos acceso a la <span class="caps">HBO</span>, y no sólo la consumen las personas más inteligentes, sino que está volviendo a la gente más inteligente.</p>

	<p>Pero no nos pongamos tan elitistas y estupendos. Incluso la comúnmente llamada telebasura, como los <em>reality shows</em>, ejercita facetas de nuestra inteligencia que sólo grandes obras de la literatura son capaces de ejercitar, <strong>como es nuestra inteligencia emocional y social</strong>. Los cerebros de los televidentes echan humo tratando de discernir la lógica social del universo planteado por el programa, tratan de adivinar quiénes merecen mayor confianza, quienes están mintiendo o están siendo hipócritas, trazan futuribles, discuten con otros aficionados acerca de las estrategias tomadas por cada concursante (visionando debates, participando en foros, examinando con lupa una y otra vez las situaciones), etc.</p>

	<p>Los seres humanos expresan su abanico de emociones a través de lenguaje tácito de las expresiones faciales, y gracias a la neurociencia sabemos que el análisis de este lenguaje no verbal en toda su complejidad es uno de los grandes triunfos del cerebro humano.</p>

	<p>Una de las formas de medir esta inteligencia se llama AQ, abreviatura de <strong>Coeficiente de Autismo</strong>, una subdivisión de la Inteligencia Emocional propuesta por Daniel Goleman. La gente con un AQ alto, como los autistas, sufren una incapacidad para intuir las intenciones de los demás. La gente con un AQ bajo, por el contrario, tiene una especial habilidad para leer las señales emocionales,<strong> es capaz de anticiparse a los pensamientos y los sentimientos que la gente no explicita</strong>.</p>

	<p>A este don se le llama a veces <em>mind reading</em> (capacidad para leer la mente de los demás). Ser una persona lista, pues, también significa saber evaluar y responder adecuadamente a las señales emocionales de los otros.</p>

	<p>Cuando se contemplan los <em>reality shows</em> a través del prisma del AQ,<strong> las exigencias cognitivas necesarias resultan más fáciles de apreciar</strong>. Johnson no evalúa la calidad de los programas de la televisión sino sus efectos en la gente. Según él, los <em>reality</em> son un formato, probablemente el mejor (por ser el único), que ejercita de manera intensa y constante el AQ. Por esa razón (al que se suma Internet, las redes sociales y demás), <strong>el AQ medio está descendiendo</strong>.</p>

	<p>Pero me imagino que estáis arqueando una ceja escéptica. ¿Qué tiene que ver <em>Gran Hermano</em> con <em>Cumbres borrascosas</em>? ¿Es que Sergio se ha vuelto majareta (y sólo ha leído libros de psicólogos que están majaretas)? Incluso alguno de vosotros ya me ha comentado en otros artículos que hay estudios que indican que la tele es perjudicial la mente. Bien, en la tercera entrega de esta serie de artículos trataré de replicar los basamentos de esa clase de estudios.</p>

	<p>Vía |<em> Cultura basura, cerebros privilegiados</em> de Steven Johnson | <em>Teleshakespeare</em> de Jorge Carrión | <em>Elevación, elegancia y entusiasmo</em> de Francisco Casavella</p>

	<p>En Papel en Blanco | <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-i">¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (I)</a> y <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-y-iii">(y <span class="caps">III</span>)</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (I)]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-i</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-i</guid>
      <pubDate>Fri, 23 Sep 2011 15:11:10 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image9627" src="http://img.papelenblanco.com/2011/09/arma_de_distraci_n_masiva.jpg" class="centro" alt="arma_de_distraci_n_masiva.jpg" />Vamos a empezar dinamitando tópicos. Se suele afirmar que <strong>ver mucho la tele te atonta</strong> o que ver mucho la tele no es bueno en general, pero no suele escucharse lo mismo en referencia a leer demasiado. Si vemos a un tipo embobado delante de una pantalla durante ocho horas enseguida compondremos una imagen estereotipada del tipo: es un zombi, un idiota que no piensa, un vago, lo peor de la nevera, en resumidas cuentas.</p>

	<p>Si vemos a un tipo embobado leyendo un libro durante ocho horas, nunca nos formaremos esa imagen. <strong>Incluso es muy posible que nos formemos una imagen diametralmente opuesta</strong>. Leer mucho es la metonimia de pensar mucho. Ver mucho la tele es hacer el gilipollas. </p>

	<p>Esto es sólo un síntoma de una idea tan generalizada que ya no se sustenta en razones o evidencias científicas sino en simples dogmas. </p>

	<p><strong>Otro tópico irracional</strong>: afirmar que la TV es mala pero que los libros son buenos o malos según lo que se lea. Es como afirmar que las drogas son malas mientras te bebes una copa de vino durante la cena, o mientras te compras una pastilla en una farmacia. Todo es cuestión de medidas, todo puede complementarlo todo… pero en el tema de la TV, no. La TV es una droga. Mala, mala, mala. Y los televidentes, toxicómanos. <strong>¿Existen televidentes intelectuales?</strong> NO. Y punto pelota.<br />

<!--more--></p>

	<p>¿Entonces hay tele buena? La hay. Por ejemplo, las series. <strong>Los Simpson. Sark. Padre de familia. Breaking Bad</strong>. Todas ellas son series protagonizadas por personajes detestables que, a medida que penetramos en ellos, se tornan menos detestables, más humanos, más atornillados, más como nosotros. Más de verdad. <strong>South Park</strong>: píldoras filosóficas disfrazadas de coprolalia y pornografía. <strong>El ala oeste de la Casa Blanca</strong>: diálogos de infarto que no siempre entendemos porque son técnicamente muy verosímiles. <strong>Perdidos</strong>: el giro de tuerca y el <em>cliffhanger</em> estirados hasta límites que parecían impensables hace dos décadas, al menos a nivel raquídeo. <strong>Dexter</strong>: moralidad desviada tratada con tanta cercanía que nos parece no sólo simpática sino, hasta cierto, punto aceptable. <strong>The Wire</strong>: Shakespeare ha llegado a la policía. <strong>The IT Crowd</strong>: la metareferencia hecha producto <em>geek</em>. <strong>Firefly</strong>: el <em>Star Wars</em> inteligente. <strong>Battlestar Galactica</strong>: política y filosofía más allá de la Tierra. </p>

	<p>Por primera vez, la extensión de las series (generalmente más de veinte capítulos de más de 40 minutos por temporada), permite una conexión empática con los personajes que nunca antes se alcanzó con películas. Por primera vez, ver series de televisión es lo más parecido a leer novelas. Como señala <strong>Jorge Carrión</strong> en su libro <em>Teleshakespeare</em>:</p>

<blockquote>Sin duda, el uso desprejuiciado que hacen las teleseries actuales del flashbacks y del flashforward, el número de tramas paralelas que barajan, los laberintos narrativos que construyen o el ritmo que imprimen a su acción no habrían llegado a las pantallas del siglo <span class="caps">XXI</span> sin, por ejemplo, el Macguffin de Hitchcock, los hallazgos formales de Scorsese o las estructuras de Tarantino; pero la tradición audiovisual va más allá de la narrativa cinematográfica y se imbrica en las técnicas contemporáneas que han moldeado nuestra forma de leer. El mando a distancia, el zapping, la congelación de la imagen, la viñeta, el rebobinado, la apertura y el cierre de ventanas, el corta y pega, el hipevínculo. Mientras que la velocidad a la que nos obligan a leerlas sintoniza con el espíritu de la época, el profundo desarrollo argumental y psicológico al que nos han acostumbrado conecta con la novela por entregas y con los grandes proyectos narrativos del siglo <span class="caps">XIX</span> (La comedia humana y Los episodios nacionales).</blockquote>

	<p>Ésa es la razón de que, cada vez más, <strong>los personajes de las películas nos resulten más secos</strong>. Sí, está muy traumatizado, pero ¿qué opina de ello su madre? ¿Y su tío? ¿Qué comió ayer? ¿Acaso hay relación con aquel hecho ocurrido cuando tenía ocho años? ¿Qué soñó la semana pasada? Y así <em>ad infinitum</em>, como círculos concéntricos, como espirales. </p>

	<p>Esa penetración abisal en los entresijos psicológicos de los personajes es inédita. Las series de televisión, mayormente anglosajonas, han incrementado sus líneas narrativas, sus sutilezas y su complejidad estructural <strong>desde que en los años 1980 apareciera la primera serie que abrió la veda</strong>: <em>Canción triste de Hill Street.</em></p>

	<p>La principal diferencia entre la TV de antes y la de ahora es que ahora hay más variedad, mayor competencia y, lo más importante, cada vez resulta más barato producir un programa (hasta el punto de que empieza a diluirse la diferencia entre productor y telespectador). Este rasgo es más importante de lo que parece. <strong>Cuando las empresas se vuelven grandes (o son monopolísticas), acostumbran a generar un riesgo a la innovación</strong>. Por ello, Apple, y no <span class="caps">IBM</span>, perfeccionó el ordenador personal; los hermanos Wright, y no la armada francesa, inventaron el vuelo con motor; Jonas Salk, y no la British National Health Service, inventó la vacuna contra la poliomelitis.</p>

	<p>Ahora, el Cable permite producir programas de riesgo. Programas que jamás serían producidos por un canal de televisión grande. El Cable dispone de una grupo de telespectadores abonados que ya son suficientes para financiar obras maestras como <strong>Juego de Tronos</strong>, independientemente de los índices de audiencia posteriores.  Naturalmente, las corporaciones mediáticas no buscan estimular el cerebro de nadie, pero por una serie de motivos que el psicólogo <strong>Steven Jonhson</strong> plantea con indiscutible brillantez en su libro <em>Cultura basura, cerebros privilegiados</em>, no pueden evitarlo: ahora los beneficios de una película se obtienen de la venta de <span class="caps">DVD</span> o de las retransmisiones en la televisión, así pues las producciones deben ofrecer mayor complejidad para que soporten el nuevo visionado una y otra vez, o para que se conviertan en fetiches que la gente desea poseer, diseccionar quirúrgicamente o trasladar a las redes sociales o a los blogs en interminables charlas casi filosóficas.</p>

	<p>Por eso, la tele, también nos vuelve más inteligentes. Sí, la lectura también nos vuelve más inteligentes: pero no lee todo el mundo; sin embargo, sí todos vemos la televisión. Así que la tele, entendida como medio de masas, <strong>vuelve más inteligente precisamente a la masa</strong>. Pero eso lo veremos la próxima entrega de esta serie de artículos.</p>

	<p>Vía | <em>Cultura basura, cerebros</em> privilegiados de Steven Johnson | <em>Teleshakespeare</em> de Jorge Carrión</p>

	<p>En Papel en Blanco | <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-ii">¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (II)</a> y <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/por-que-las-series-de-tv-son-lo-mas-parecido-a-la-literatura-y-iii">(y <span class="caps">III</span>)</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Cómo la tecnología está cambiando la literatura y nuestra forma de leer… a peor?]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/como-la-tecnologia-esta-cambiando-la-literatura-y-nuestra-forma-de-leer-a-peor</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/como-la-tecnologia-esta-cambiando-la-literatura-y-nuestra-forma-de-leer-a-peor</guid>
      <pubDate>Tue, 28 Jun 2011 10:24:50 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image9222" src="http://img.papelenblanco.com/2011/06/111.jpg" class="centro" alt="111.jpg" />Como lo prometido es deuda, aquí os presento <strong>un análisis de cómo la tecnología está modificando inadvertidamente la literatura contemporánea</strong>. Así que, siguiendo la línea abierta en el tríptico <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/realmente-leer-en-papel-es-lo-mismo-que-leer-en-pantalla-i">¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I)</a>, <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/realmente-leer-en-papel-es-lo-mismo-que-leer-en-pantalla-ii">(II)</a> y <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/realmente-leer-en-papel-es-lo-mismo-que-leer-en-pantalla-y-iii">(y <span class="caps">III</span>)</a>, vamos allá. </p>

	<p>Aunque nadie cree que los libros impresos vayan a desaparecer en un futuro cercano, lo cierto es que<strong> los libros electrónicos son cada vez más cómodos y útiles</strong>: sólo consumen energía cuando pasamos la página, no hay retroiluminación que canse la vista, la definición es equivalente a la de un papel impreso, podemos transportar miles de libros es sólo unos gramos de peso, etc. </p>

	<p>Es decir: los libros electrónicos están introduciéndose en nuestros hábitos lectores de una forma tan rápida que ni siquiera nos percatamos de los efectos colaterales que producen. Pero como ya profetizó <strong>Mcluhan</strong>: un cambio en el medio implica un cambio en el contenido.</p>

	<p>El principal problema de los libros electrónicos es que inevitablemente<strong> cada vez se parecen más a los ordenadores</strong>: tienen conexión a Internet, posibilidad de incluir hipervínculos, sonido, animaciones, vídeos, redes sociales, bloc de notas, diccionario. Finalmente, leer en un libro electrónico, salvo por la comodidad, se parece bastante a leer en una pantalla de ordenador con conexión a Internet. Y, como ya os expliqué en el tríptico <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/realmente-leer-en-papel-es-lo-mismo-que-leer-en-pantalla-i">¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I)</a>, <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/realmente-leer-en-papel-es-lo-mismo-que-leer-en-pantalla-ii">(II)</a> y <a href="http://www.papelenblanco.com/metacritica/realmente-leer-en-papel-es-lo-mismo-que-leer-en-pantalla-y-iii">(y <span class="caps">III</span>)</a>, ello influye en nuestra capacidad de leer textos profundos con una cuota de atención sostenida. </p>

	<p>En pocas palabras, y tal y como señala el psicólogo <strong>Steven Johnson</strong>, la inmersión absoluta en otro mundo creado por el autor podría verse comprometido. El e-book nos aboca a terminar leyendo libros tal y como leemos revistas y periódicos: <strong>picoteando de aquí y de allá</strong>. Incluso leyendo a la inversa: yo mismo empiezo a leer siempre el periódico por la última página.<br />
<!--more--></p>

	<p>Veamos cómo <strong>Christine Rose</strong>, del Centro de Ética y Política Pública de Washington, narra la experiencia de leer <em>Nicholas Nickleby</em> de <strong>Charles Dickens</strong> en un Kindle, el e-book de Amazon:</p>

<blockquote>Aunque al principio me despisté un poco, enseguida me adapté a la pantalla y me hice con los mandos de navegación y paso de página. Pero se me cansaban los ojos y la vista se me iba de un lado a otro, como me pasa siempre que leo algo largo en el ordenador. Me distraía mucho. Busqué Dickens en la Wikipedia y me metí en el típico jardín de Internet al pinchar en un vínculo que llevaba a un cuento de Dickens: “El cruce de Mugby”. Veinte minutos más tarde aún no había vuelto a mi lectura de Nicholas Nickleby en el Kindle.</blockquote>

	<p><img class="izquierda" id="image9223" src="http://img.papelenblanco.com/2011/06/1195558307_0.jpg" class="centro" alt="1195558307_0.jpg" />Nuestra forma de leer libros está cambiando a medida que leemos libros electrónicos. Y, por supuesto, eso también <strong>acabará afectando a los tipos de libros que publicarán las editoriales</strong>: si cada vez se huye más de las lecturas farragosas y se apuesta por la “lectura de autobús”, imaginaos lo que nos espera en la era digital, en la que todos llevaremos completos dispositivos tecnológicos en el bolsillo. </p>

<blockquote>Japón ya presenta un llamativo ejemplo de este proceso: en 2001 varias jóvenes japonesas empezaron a componer relatos en sus teléfonos móviles, bajo la forma de mensajes textuales que cargaban en una página web, Maho no i-rando, donde otras personas los leían y comentaban. Estas historias se expandieron como seriales o “novelas telefónicas” de popularidad creciente. Algunas de estas novelas tuvieron millones de lectores “online”. Los editores tomaron nota y empezaron a sacarlas como libros impresos. A finales de la década estas novelas de teléfono móvil habían pasado a dominar las listas de los libros más vendidos del país.</blockquote>

	<p>Otros cambios se producirán de forma más sutil. Por ejemplo, a medida que los lectores accedan a las novedades bibliográficas a través de búsquedas en Internet, los autores se verán cada vez más presionados para emplear determinadas palabras con más probabilidades de ser escogidas en esas búsquedas. <strong>Es lo que ya hacen los blogueros</strong>. </p>

	<p><strong>Steven Johnson</strong> apunta algunas probables consecuencias: </p>

<blockquote>Los escritores y editores empezarán a preocuparse por cómo determinadas páginas o capítulos vayan a aparecer en los resultados de Google, y diseñarán las secciones específicamente con la esperanza de que atraigan esa corriente constante de visitantes llegados mediante una búsqueda. Los párrafos iniciales llevarán marcadores descriptivos que orienten a los potenciales buscadores; y se probarán distintos títulos de capítulos para determinar su visibilidad para las búsquedas.</blockquote>

	<p>Es decir, que <strong>el lenguaje mismo se verá alterado</strong>, incluso degradado. Es algo parecido a lo que ya ocurrió cuando se pasó de una cultura oral a una cultura escrita: cuando el autor supo que existía un lector atento y comprometido tanto intelectual como emocionalmente con su texto, modificó su manera de expresarse por escrito hasta que se separó totalmente de la forma de expresarse oralmente: explorando la riqueza del lenguaje. <strong>Una riqueza que sólo podía asimilarse a través de la página impresa.</strong>: nadie habla por la calle con la ampulosidad con la que Góngora escribía, por ejemplo.</p>

	<p><strong>Con la lectura digital está pasando justo lo contrario</strong>: ya no se expandirá el vocabulario, ni se ensancharán los límites de la sintaxis, ni tampoco se aumentará la flexibilidad y la expresividad del lenguaje en general. Lo que ocurrirá es que la literatura tenderá a ser accesible a fin de que el lector no pierda el hilo. Puede que incluso la literatura se acabe volviendo más accesible y sencilla que la propia expresión oral. </p>

	<p>Crucemos los dedos para que no pase.</p>

	<p>Por de pronto, un <strong>grupo de catedráticos de la Universidad de Northwestern</strong> ya dejó escrito en 2005 para la <em>Annual Review of Sociology</em>, que &#8220;la era de la lectura masiva ha sido una breve anomalía de nuestra historia intelectual (...). Estamos viendo cómo ese tipo de lectura vuelve a su antigua base social: una minoría que se perpetúa a sí misma, lo que podríamos llamar la clase leyente.&#8221; La cuestión pendiente de resolver es si esta clase leyente tendrá &#8220;el poder y el prestigio asociados a una forma cada vez más rara de capital cultural&#8221; o se les verá como a gente rara adepta a &#8220;una afición cada vez más arcana&#8221;.</p>

	<p>Tras estas consideraciones un tanto apocalípticas (aunque pertinentes a fin de gestionar mejor lo que se nos viene encima), sólo me queda agradecer la paciencia y la resistencia numantina a los cambios tecnológicos a todo aquél que haya conseguido llegar hasta estas alturas del artículo. Si es que ha llegado alguien. </p>

	<p>Vía | <em>Superficiales</em> de Nicholas Carr</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[‘La mente de par en par’ de Steven Johnson]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/divulgacion/la-mente-de-par-en-par-de-steven-johnson</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/divulgacion/la-mente-de-par-en-par-de-steven-johnson</guid>
      <pubDate>Mon, 02 Nov 2009 12:03:50 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2009/11/fm8893.jpg" alt="" />Ya no cabe ninguna duda de que estamos viviendo <strong>el siglo del cerebro</strong>. Cuando éste termine, os lo garantizo, se habrán dejado atrás tal cúmulo de mitos, prejuicios, malos entendidos e intuiciones que un hombre del siglo <span class="caps">XXII</span> se barrenará la sien con el dedo índice cada vez que eche la vista atrás. </p>

	<p><strong>Steven Johnson</strong> intenta dar un paso más en dirección a ese más que probable futuro aglutinando en este <strong>La mente de par en par</strong> algunas de las más interesantes prospecciones de nuestra cabeza que hoy en día se están realizando en laboratorios de medio mundo.</p>

	<p>La pregunta fundamental que trata de responder <strong>La mente de par es par</strong> es: ¿hasta qué punto la comprensión del cerebro ha cambiado nuestra manera de vernos a nosotros mismos?</p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Las nuevas tecnologías para cartografiar el cerebro en tiempo real están permitiendo, por ejemplo, que sepamos qué regiones de nuestra geografía cerebral se activan cuando llevamos a cabo diferentes tareas, como reconocer el rostro de un ser querido, planificar una lista de la compra o simplemente hilvanando una frase. </p>

	<p>Un cerebro es como una huella dactilar: cada cual posee una topografía única. Una mayor comprensión de nuestras sinapsis, neurotransmisores y ondas cerebrales, de los distintos patrones químicos y eléctricos, pues, no sólo abrirá de par en par nuestro cráneo sino que nos identificará con más definición. Nos dirá cómo somos respecto a los demás. </p>

	<p>Nos dirá por qué sentimos miedo y de qué. Qué es lo que provoca un chiste a nivel neuroquímico. Cómo podemos mejorar nuestra atención. Qué significa amar. De dónde surgen nuestras aptitudes, estados de ánimo, emociones y multitud de comportamientos. <strong>Steven Johnson</strong>, pues, se convierte así en <strong>un cicerone mucho más instruido (y con una mejor brújula) que los que proporcionan la psicoterapia, la meditación o las drogas</strong>. </p>

	<p>Al penetrar en ese apiñamiento de células nerviosas por las que cruza un microvoltio de electricidad, como si viajáramos a tierras remotas, aparecen enseguida infinidad de palabras en latín y conceptos de neurociencia realmente densos que precisan de un adiestramiento previo. Consciente de ello, Johnson coge de la mano al lector profano y evita que su libro se parezca a un cursillo intensivo de anatomía: para eso existen manuales académicos estupendos.</p>

	<p>La mente de par en par se centra de lleno en un cerebro en acción y, sobre la marcha, sin abrumar, Johnson expone los mecanismos subyacentes limitando al máximo la terminología necesaria: media docena de compuestos químicos, media docena de regiones del cerebro y una comprensión rudimentaria de la manera en que se comunican las neuronas. Y todo ello, además, salpicado con una maestría divulgativa asombrosa, y también un buen puñado de guiños, bromas y juegos de palabras que provocan la carcajada en más de una ocasión, con esa fina ironía que tanto me recuerda a <strong>Terry Pratchett</strong> y que cultivan otros autores de divulgación científica como <a href="http://www.papelenblanco.com/divulgacion/ael-canona-de-natalie-angier">Natalie Angier</a> o <a href="http://www.papelenblanco.com/ensayo/auna-breve-historia-de-casi-todoa-de-bill-bryson">Bill Bryson</a>.</p>

	<p>Además, Johnson se somete personalmente a toda clase de experimentos, entrevista a neurólogos y especialistas del cerebro, se implica, se ríe de sí mismo y, por el camino, sin darnos apenas cuenta, se convierte en uno de nuestros mejores colegas. </p>

<blockquote>Pero cuanto más aprendemos sobre la arquitectura del cerebro, más reconocemos que lo que ocurre en nuestra mente se parece menos a un solista y más a una orquesta, donde hay docenas de intérpretes que contribuyen a la mezcla y al resultado general. Podemos oír la sinfonía como una cascada torrencial, pero también podemos distinguir los trombones de los timbales, los violines de los violonchelos. Para acceder a una comprensión semejante de nuestra mente, no necesitamos una máquina de reproducción de imágenes de un millón de dólares. Basta con saber algo de los componentes del cerebro y de sus parámetros de activación habituales.</blockquote>

	<p>Editorial Turner<br />
Colección Noema<br />
248 págs.<br />
ISBN: 978-84-7506-749-0</p>

	<p>Sitio Oficial | <a href="http://www.turnerlibros.com/Ent/Products/ProductDetail.aspx?ID=48">Ficha en Editorial Turner</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Los incontables beneficios de leer un libro (I)]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/los-incontables-beneficios-de-leer-un-libro-i</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/los-incontables-beneficios-de-leer-un-libro-i</guid>
      <pubDate>Tue, 20 Oct 2009 09:22:58 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="centro" src="http://img.papelenblanco.com/2009/10/read-books-that-you-enjoy.jpg" alt="" />A grandes rasgos, <strong>los beneficios de la lectura se pueden dividir en dos categorías</strong>: en la información suministrada por el propio libro y en el trabajo mental que se debe realizar para procesar y almacenar esta información.</p>

	<p>Sin embargo, cuando obligamos a un niño a leer por placer, generalmente lo hacemos por el ejercicio mental que implica. Según <strong>Andrew Solomon</strong>: “Leer requiere esfuerzo, concentración, atención. A cambio, ofrece el estímulo y los frutos del saber y de la emoción”. </p>

	<p>La mayoría de elogios a los beneficios de la lectura también invocan el poder de la imaginación: leer libros te obliga a inventar mundos enteros dentro de tu cabeza en vez de ingerir pasivamente un puñado de imágenes prefabricadas.</p>

	<p><!--more-->  </p>

	<p>Y por último, cabe mencionar un argumento circular, que no por obvio es menos cierto: comporta beneficios a largo plazo para tu carrera profesional, pues ser un lector voraz es bueno para ti porque el sistema educativo y el mercado de trabajo valoran mucho la habilidad lectora. </p>

	<p>Por otro lado, para quienes defienden los beneficios de los documentales de la televisión, las series educativas y demás, hay que decirles que sí, que es cierto que todo ello complementa la adquisición de conocimiento, y también desarrolla áreas del cerebro para las que el libro tiene vedado el paso. Sin embargo, a la hora de transmitir información compleja, llena de matices y claroscuros, <strong>el libro es el mejor vehículo</strong>, la única forma de profundizar en cualquier asunto (aunque el formato digital cada vez esté ganando más terreno al libro impreso).</p>

	<p>También arraiga cada vez más la idea (que yo mismo he defendido por estos lares) de que, a pesar de todo, la gente escribe y lee más que nunca gracias al correo electrónico y a Internet. No obstante, cada vez se está perdiendo más la costumbre de sentarse ante un <strong>libro de 300 páginas para leerlo sin distracciones</strong>. Ahora dedicamos picos de atención a los textos, picos cada vez más cortos: vamos de un hipervínculo de Internet a otro y examinamos superficialmente una montaña de correo electrónico.</p>

	<p>Aunque vivimos inmersos en un mundo lleno de información y cada vez participamos más de ella, hay determinado tipo de experiencias que no se pueden transmitir con la misma facilidad en este formato más resumido e interconectado. Como dice <strong>Steven Johnson</strong>:</p>

<blockquote>Los ensayos complicados y que tienen un desarrollo secuencial (en que cada premisa está basada en la anterior y en que una idea puede necesitar todo un capítulo para ser convenientemente desarrollada), no están hechos para ser expresados en un intenso programa de debate. (…) El texto en la red también tiene virtudes intelectuales, naturalmente: riffs, anotaciones, conversaciones… Todas florecen en este ecosistema y todas nos pueden iluminar intelectualmente. Pero todas son propias de un tipo de inteligencia que difiere de la inteligencia que se deriva de la lectura de una tesis sostenida a lo largo de 200 páginas.</blockquote>

	<p>Más información | <a href="http://www.papelenblanco.com/ensayo/si-es-dolent-tho-recomano-de-steven-johnson">&#8216;Si és dolent t´ho recomano&#8217; de Steven Johnson</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[‘Si és dolent t´ho recomano’ de Steven Johnson]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/ensayo/si-es-dolent-tho-recomano-de-steven-johnson</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/ensayo/si-es-dolent-tho-recomano-de-steven-johnson</guid>
      <pubDate>Thu, 01 Oct 2009 09:48:12 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2009/10/333.jpg" alt="" /><strong>Si és dolent t´ho recomano</strong>, <em>com la cultura de masses ens fa més intel.ligents</em> (Si es malo lo recomiendo, cómo la cultura de masas nos hace más inteligentes) del divulgador científico <strong>Steven Johnson</strong> tiene un planteamiento tan subversivo y brillante que no he podido evitar reseñarlo aquí incluso antes de que la obra se traduzca al español (curiosamente, ha aparecido antes en lengua catalana y no tengo noticias todavía de que cuándo lo hará en lengua española, aunque estad muy, muy atentos). </p>

	<p>Éste es un ensayo científico dirigido a todas aquellas mentes esquemáticas que han acogido con servidumbre una serie de dogmas sobre la cultura y cómo ésta se adquiere y, sobre todo, está dirigido a los padres que censuran que sus hijos se dediquen cada vez más horas a los videojuegos, la televisión, los juegos de rol o Internet. Cuando menos, tras su lectura, muchos de los lectores de este libro harán un serio examen de sus creencias más arraigadas. </p>

	<p>La tesis principal de Johnson parte de lo que él llama “<strong>la curva del dormilón</strong>”, que asume que la cultura de masas está aumentando de complejidad progresivamente a causa de tres factores interrelacionados: los apetitos naturales del cerebro, el sistema económico de la industria cultural y las plataformas tecnológicas en evolución. </p>

	<p>Por ejemplo, el caso de la televisión. El autor demuestra cómo las series de televisión, mayormente anglosajonas, han incrementado sus líneas narrativas, sus sutilezas y su complejidad estructural desde que en los años 1980 apareciera la primera serie que abrió la veda: <em>Canción triste de Hill Street</em>.</p>

	<p><!--more--> </p>

	<p>Aunque suene delirante, Johnson plantea que, todavía mejor que las teleseries, están los <em>reality shows</em> como <strong>Gran Hermano</strong> (atención, no defiende la profundidad de ideas de estos programas o su moralidad, sino los efectos neurológicos y emocionales que producen en el espectador). </p>

	<p>La idea de que la televisión es una caja tonta es un tópico que Johson, recurriendo a la neurociencia, derriba con tanta facilidad que uno se pregunta cómo no había llegado jamás a sus conclusiones. Los cerebros, sobre todo los infantiles, están construidos para ser constantes adictos a la información y la resolución de problemas. No existen los cerebros vagos o que tienden a la vaguedad, salvo excepciones. Si una televisión, pues, concita hasta tal extremo la atención de los niños, por ejemplo, no es porque la televisión los convierta en <em>zombies</em> o porque los niños se sientan más a gusto desconectando sus cerebros. <strong>La televisión es un estimulante cognitivo</strong>, y el telespectador está epistémicamente hambriento. </p>

	<p>Los niños son absorbidos por la televisión porque ese aparato constituye la mayor fuente de información, actividad y complejidad que hay en toda la casa. (No se defiende aquí que la tele sea igual de positiva que un libro, sino que ejercita áreas cerebrales que a las que el libro no alcanza y viceversa: no hay que dejar de leer libros o de resolver problemas matemáticos, pero tampoco hay que dejar de ver la televisión sencillamente porque creamos que es nociva).</p>

	<p>Unos argumentos similares son empleados para defender los videojuegos (incluso los violentos), el Messenger o Internet en general.</p>

	<p>Un juego de rol como <strong>Dragones y mazmorras</strong> construye elaborados relatos fantásticos surgidos a partir de la tirada de un dado poliédrico de 20 caras y de la consulta de unas tablas complejísimas que recogen un increíble número de variables; los tres manuales principales para jugar tienen más de 500 páginas con centenares de tablas que los jugadores consultan como si leyeran la Biblia. Todo ello, es evidente, estimula cognitivamente el cerebro de tal modo que sus efectos no pueden pasarse por alto. </p>

	<p>Éste es el panorama de “la curva del dormilón”. Juegos que obligan al tanteo y al análisis de futuribles. Programas televisivos que provocan que nuestra mente deba completar los vacíos de información o que nos obligan a ejercitar nuestra inteligencia emocional. <em>Software</em> que nos mantiene en tensión y atentos a la pantalla en vez de tumbados en el sofá pensando en las musarañas. En definitiva, todo un abanico de oferta cultural masiva que alimenta cognitivamente los cerebros de la gente hasta niveles jamás vistos en toda la historia. </p>

	<p><img class="centro" src="http://img.papelenblanco.com/2009/10/2008-08-14_img_2008-08-07_17_48_19_gran-hermano.jpg" alt="" />En ese sentido, esclarecedores son los resultados que Johnson muestra acerca de los <strong>test de Coeficiente Intelectual</strong> (aquéllos que se centran en el pensamiento abstracto y resolución de problemas, no los de competencia lingüística o matemática). Incluso asumiendo que los tests no sirvan realmente para medir la inteligencia completa de una persona, las diferencias en los resultados apuntan que en las últimas décadas la gente se está volviendo cada vez más inteligente, en general. <strong>Cualquier persona de los años 50 que ahora participara en uno de esos tests sería catalogada casi de idiota</strong>. (Hablamos, claro está, de personas corrientes, no de intelectuales, cuyo aumento de CI apenas es perceptible a los largo de las últimas décadas).</p>

	<p>Esta curva intelectual ascendente nos obliga a repensar la idea que todos tenemos acerca de la cultura de masas y a borrar esos escenarios postapocalípticos que nos ofrecían obras como <em>Un mundo feliz</em>, en el que grandes corporaciones mediáticas suministran paraísos artificiales exclusivamente para sacar un beneficio económico y sin preocuparse del desarrollo mental de sus consumidores. </p>

	<p>En efecto, las corporaciones mediáticas no buscan estimular el cerebro de nadie, pero por una serie de motivos que Jonhson plantea con indiscutible brillantez, no pueden evitarlo: la única manera, por ejemplo, de que en un mundo en el que los beneficios de una película se obtienen de la venta de <span class="caps">DVD</span> o de las retransmisiones en la televisión, las producciones deben ofrecer mayor complejidad para que soporten el nuevo visionado una y otra vez, o para que se conviertan en fetiches que la gente desea poseer. </p>

	<p>Os lo garantizo. Todas las objeciones que podáis plantear a las teorías de Jonhson están replicadas con maestría en este libro (se percibe a la legua que ha <em>chequeado</em> sus ideas con toda clase de personas que no creían en ellas). Así que dadle una oportunidad a <strong>Si és dolent t´ho recomano</strong> y, luego, sacad vuestras propias conclusiones. </p>

	<p>Tal vez dentro de poco la gente verá telebasura sin menos pudor, los padres permitirán que sus hijos dediquen una parte ostensible de su tiempo a los videojuegos o a Internet, y en general todos nos beneficiaremos de este entorno tecnológico que cada vez más alimenta nuestros cerebros con nuevas e imprevisibles capacidades de análisis, abstracción e inteligencia emocional. </p>

	<p>Y no sentiremos tanta nostalgia por esos cuentos simplones, lineales y <em>sherezadescos</em> de moralina periclitada que los padres deben leer cada noche a los hijos a fin de que estos acaben siendo personas como Dios manda. O algo así.</p>

	<p>Edicions La Campana, 2009<br />
Obertures, 25<br />
272 págs. <br />
<span class="caps">ISBN</span> 978-84-96735-25-5 </p>

	<p>Sitio Oficial | <a href="http://www.edicionslacampana.cat/index.php/llibres/333">Ficha en Edicions La Campana</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA['El mapa fantasma', de Steven Johnson]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/salud/el-mapa-fantasma-de-steven-johnson</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/salud/el-mapa-fantasma-de-steven-johnson</guid>
      <pubDate>Fri, 29 Feb 2008 20:33:17 +0000</pubDate>

      <author>Paolo Fava</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="izquierda" id=image2793 alt=elmapa_port.jpg src="http://img.papelenblanco.com/2008/02/elmapa_port.jpg" />Resulta gratificante encontrarse con obras como <strong>El mapa fantasma</strong> del periodista científico y columnista de la revista Discovery <strong>Steven Johnson</strong>.  Se trata de un trabajo de investigación que desentraña uno de los episodios históricos más relevantes para el desarrollo de la sociedad occidental y a la vez uno de los más oscuros: el brote de cólera sufrido en el barrio londinense del Soho en 1854, que sólo en su primer día acabó con la vida de 500 personas; y cómo el médico <strong>John Snow </strong>y el pastor <strong>Henry Whitehead</strong> lograron ponerle fin mediante la observación directa y el método científico, salvando no sólo millares de vidas sino desterrando para siempre la superstición del ámbito de la medicina.</p>

	<p>Johnson es un investigador solvente y riguroso, pero ante todo un divulgador. Su obra no busca el morbo de asustar hablando de la &#8220;epidemia más mortífera del siglo&#8221;, aunque sí se le podría acusar de cierta indulgencia con el alarmismo en sus conclusiones. Pero su descripción de la vida en el Londres popular del siglo XIX, las condiciones sanitarias, las razones socioeconómicas que las justificaban y finalmente el desarrollo paso a paso (incluso hora a hora) de la epidemia y su investigación proceden con paso firme, con apego al dato probado y al mismo tiempo con voluntad de narrar. De los titulares del Times del día a las citas de Dickens, Johnson no se limita al caso médico sino que crea un verdadero relato de vida.</p>

	<p>Es sin duda el análisis sobre la epidemia lo que resulta más convincente y valioso de la obra de Johnson. El que dos personajes brillantes pero relativamente marginales fueran capaces de enfrentarse al <em>establishment </em>científico de la época, que consideraba el cólera una cuestión de <em>malos vientos </em>y poco más que se encogía de hombros, y realizaran un descubrimiento capital no sólo para la salud sino para el desarrollo urbano de la civilización, se desvela aquí con simplicidad y argumentos convincentes.<!--more--></p>

	<p>Sin embargo, el afán divulgativo de Johnson a veces se pasa de exhaustivo. Este es un libro pensado para personas sin excesiva preparación, con lo que el autor prefiere remachar cada concepto desde el principio, desde la genética a la teoría de la evolución. Y llega a pasarse, con afirmaciones tautológicas como el que &#8220;una ciudad y un hormiguero tienen características morfológicas comunes&#8221;. Asimismo, se le puede reprochar que su conclusión final, relacionando el cólera con las amenazas terroristas actuales y la guerra bacteriológica, peca de un punto de sensacionalista y no cuadra demasiado bien con el cuerpo de la obra. A pesar de ello, estamos ante un excelente y muy válido reportaje histórico. Lo edita <a href="http://www.ilustrae.com/">Ilustrae</a>.</p>

	<p>Sitio Oficial | <a href="http://elmapafantasma.blogspot.com/">El mapa fantasma</a></p>      ]]></description>
      </item>
        	  <atom:link href="http://www.papelenblanco.com/tag/steven-johnson/rss2.xml" rel="self" type="application/rss+xml" />
	</channel>

</rss>



