Lo que se ha venido a llamar “acuñación recreativa”, es decir, inventar palabras por diversión, puede ser muy entretenido, sobre todo si estas palabras nuevas rellenan lagunas léxicas.
Muchos abordan el asunto de incorporar nuevas palabras a nuestro vocabulario con un recelo acaso excesivo, propio de quienes arrastran un montón de tópicos por bagaje. En el otro extremo, están los que niegan la importancia de mantener unas reglas lexicográficas elementales, que suelen darle patadas al diccionario a la mínima ocasión, más por incultura o desidia que por verdadero convencimiento.
Es difícil, pues, posicionarse en un punto medio sin enzarzarse en diatribas ideológicas acerbas.
Es un fenómeno curioso, pero no nuevo. Los defensores de la primera posición, que suelen ser los más doctos aunque también los menos flexibles, tienen como referente el Diccionario de la Real Academia y consideran una enfermedad venérea la invasión de anglicismos que sufre nuestro idioma. Ellos sostienen: si ya existe una forma de decir algo ¿para qué cambiarlo?

Como se prometía en
Estamos ante un erudito libro sobre las palabras. Pero no tanto un estudio filológico o lingüístico de las palabras como una osada exploración científica (neurológica, biológica, psicológica, memética y más) de las palabras, de sus usos, de sus construcciones, de sus implicaciones.
La respuesta a esta pregunta no resulta fácil porque aún quedan muchos interrogantes previos que responder, como el verdadero impacto de la educación en la psique de un niño, la influencia del ambiente, los genes y los padres, si la letra con sangre entra, etcétera.
Si hace unos meses nos alegraba la
De vez en cuando da gusto toparse con libros que se exigen tanto a sí mismos que no dudan en ponerle un título como el que nos ocupa: Cómo funciona la mente. Hablar de Steven Pinker es, inevitablemente, hablar de La tabla rasa, quizá su obra más famosa, aunque la que hoy nos ocupa la escribió unos años antes, concretamente en 1997, pero no vería la luz en castellano hasta 2001.