Como os explicaba en la anterior entrega de este artículo, Nietzsche se hizo un día con una máquina de escribir y empezó a redactar sus textos con ella. A partir de entonces, algo empezó a cambiar en la prosa del filósofo, como si algo hubiese también cambiado en su cabeza.
Uno de sus mejores amigos, el escritor y compositor Henrich Köselitz, también se lo señaló, tal y como explica Nicholas Carr:
La prosa de Nietzsche se había vuelto más estricta, más telegráfica. También poseía una contundencia nueva, como si la potencia de la máquina (su “hierro”), en virtud de algún misterioso mecanismo metafísico, se transmitiera a las palabras impresas de la página. “Hasta puede que este instrumento os alumbre un nuevo idioma”, le escribió Köselitz en una carta, señalando que, en su propio trabajo, “mis pensamientos, los pensamientos musicales y los verbales, a menudo dependen de la calidad de la pluma y el papel.” “Tenéis razón”, le respondió Nietzsche. “Nuestros útiles de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos.
Esta anécdota literaria sirve para ilustrar hasta qué punto las nuevas tecnologías ejercen una influencia sutil pero determinante en nuestro cerebro. De algún modo, al igual que un carpintero consigue que el martillo se convierta en una extensión de su mano, una máquina de escribir se convierte en una extensión de la mente. De algún modo, nos transformamos en una máquina de escribir.

Tendemos a pensar que nacemos en blanco, cual tabula rasa, y que son las experiencias vividas las que conforman nuestra personalidad, sobre todo en los primeros años de nuestra vida.
Resulta frustrante comprobar el volumen de títulos publicados y el escaso tiempo que disponemos para leerlos. ¿Cuántas obras maestras nos estamos perdiendo?
En el documental Unknown white male (Hombre blanco desconocido), se cuenta la historia, presuntamente fidedigna, de Douglas Bruce, un hombre que afirma no recordar absolutamente nada desde la mañana del 3 de julio de 2003, mañana en la que se despertó en un vagón del metro camino de Coney Island, vestido con sandalias, pantalones cortos y camiseta.
Se avecina un evento de lujo para quienes hemos venido haciendo seguimiento al debate en torno a la relación de las nuevas tecnologías y la Web 2.0 sobre el mundo editorial. 

