Hoy nos vamos a poner un poco macabros. Encendamos una vela, esperemos que el gato crispe el espinazo y hagamos tamborilear nuestros dedos sobre el cráneo que hace las veces de pisapapeles en nuestro escritorio para investigar qué suerte han corrido muchos cadáveres de escritores.
Y es que los cadáveres de los escritores no son cadáveres normales. Los cadáveres normales acostumbran quedarse quietecitos en su nicho, por mucho que dijera Mecano. Los cadáveres de los escritores son celebridades, objeto de fetichismo extremo, como sucede con los cadáveres de cantantes, actores o científicos (al final de este artículo os explicaré qué delirante historia hay detrás del cerebro de Einstein, en plan bonus track).
Retumba un trueno a lo lejos, como si se hubiera desparramado la vajilla de un restaurante de alto copete, y empezamos.
Por ejemplo, la tumba de Oscar Wilde, cerca de París, siempre está cubierta de inscripciones.
La dentadura del incisivo Voltaire (¿lo cogéis?) quedó mermada a su muerte, tras serle arrancados algunos dientes (ignoro si algún incisivo, guiño-guiño-codazo-codazo).
Los restos de Calderón y Lope de Vega desaparecieron en un incendio. También se perdieron durante años los restos de Dante.
Sin embargo, el cadáver de Montaigne fue desmembrado. Se cree que su cuerpo reposa en Budeos y su corazón, en la iglesia de Saint Michel, en el Perigord. Tampoco se conoce el paradero exacto de Racine: se sabe que está enterrado en St. Etienne du Monte, pero no el lugar preciso.

Esta noticia es una de esas curiosidades que nos demuestran hasta dónde puede llegar el ser humano en sus pasiones por los libros y los escritores. Reapareció, después de 20 años, la losa que adornaba la tumba del filósofo Jean Paul Sartre en el cementerio de Montparnasse.
Desde hace unos días se venía comentando acerca del proyecto de derruir tanto la casa de Friedrich Nietzsche como su tumba en la ciudad alemana de Röcken. 