La guerra a través de los ojos de un niño es uno de los motivos más poderosos del siglo XX, una forma de conciencia de la pérdida de la inocencia del hombre moderno. Para él la guerra nunca volverá a ser una empresa noble y caballeresca, como en sus juegos infantiles, y arrastrará consigo un sentimiento de culpa o complicidad colectiva hacia la gran maquinaria de muerte que, por un azar fortuito, a él le perdonó la vida.
No hay una única manera de abordar el tema. Algunos autores exprimen la inocencia incólume del niño, que no entiende bien este juego de adultos. Sus equívocos resultan entrañables a la par que escalofriantes para el lector que sí sabe lo que está ocurriendo.
Se puede acusar a esta visión de edulcorar la realidad y buscar una complacencia fácil, pero recuerdo las palabras de un escritor contando que, para él, el asedio de Madrid fue una fiesta: nada de clases y todo el día en la calle. Quizás fuera así o quizás haya borrado el estruendo de los obuses de su memoria, que también es el repositorio de nuestras propias ficciones.
Pero, ¿y si se diera la circunstancia inversa? ¿Y si fuera el niño el que comprendiera mejor que nadie la guerra, el que la describiera con naturalidad, aquél que con su mirada límpida y libre fuera capaz de revelarla al desnudo? Miguel Delibes fue niño de la guerra y vio lo que los demás no pudieron ver, y lo cuenta en su relato El Refugio.

Para mi primera colaboración a esta serie de Un relato a la semana que hemos venido publicando en Papel en blanco desde hace unas semanas, he elegido uno de los cuentos más emblemáticos de 

El relato es un género literario apasionante y lleno de fuerza que, por desgracia, siempre queda ensombrecido en nuestro país por la influencia de la novela. Para animar un poco el gusanillo lector, voy a recomendar cada semana un relato de un autor diferente. Lo lógico sería empezar con algún peso pesado como Cortázar o Chejov, pero ahora estoy releyendo los cuentos del padre Brown y creo que, al fin y al cabo, no es un mal comienzo.