La publicidad no es una herramienta tan eficaz como comúnmente creemos, ni tampoco todos nosotros somos tan imbéciles y gregarios como nos hemos empeñado en cacarear (siempre lo son los demás, claro, no nosotros). Por ejemplo, se calcula que un ciudadano medio está expuesto a una cifra de entre 700 y 3.000 anuncios diarios. Si realmente la publicidad incitara a comprar tanto como creemos, estamos hablando de que diariamente estamos luchando por no comprar miles de artículos que persisten en llamar nuestra atención, como cantos de sirena.
Así pues, la simple lógica nos hace colegir que no asimilamos realmente todos esos anuncios diarios. Si acaso, una parte de ellos. Una buena analogía para comprender esta asimilación fragmentaria sería la cantidad de caras que vemos cada mañana de camino al trabajo. Quizá sean cientos, quizá miles.
Pero ¿cuántas realmente recordamos? ¿Cuántas han impactado en nuestra psique? La publicidad no constituye una excepción: nuestro sistema nervioso sólo es capaz de procesar una fracción mínima de los millones de datos con los que nos bombardean.


