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¿Cuántas lenguas hay en el mundo? ¿Cuál es la mejor?

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tongue-sticking-out-rolling-stones.pngHay lenguas que, por su sonoridad, puede que no sean de nuestro agrado. Por ejemplo, la aspereza del alemán. Parece una lengua concebida para impartir órdenes. Otras lenguas parecen más musicales y relajantes, como el catalán. También las hay que simplemente dan rabia, como el francés: bueno, me da rabia a mí, y me da la impresión de todos los franceses hablan haciendo morritos, como si fueran a plantarte un ósculo en cualquier momento.

En la literatura sucede algo similar. El idioma es la herramienta del autor. Y como tal, el propio autor está plegado a sus limitaciones. También es el propio autor el que se impone las suyas: no es lo mismo leer a Góngora (paradigma de densidad léxica) que el los mensajes de una choni poligonera dejados en tuenti.

Determinar el número de lenguas que hay en el mundo es como contar el número de estrellas o el número de especies de animales: constituye una cifra en continuo movimiento, pues se extinguen y nacen continuamente. Con todo, se establece una cifra orientativa aceptada en general: 6.800 lenguas. Sólo en Francia, por ejemplo, se hablan 75 (algunas indígenas, otras no). En la diminuta Papúa Nueva Guinea se hablan 820 lenguajes. A nivel global, se cuentan 600 consonantes diferentes y 200 vocales.

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LOL y OMG ya están en el diccionario o el miedo a usar palabras que no están en el diccionario

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1304272088-screenshot.jpgMuchos abordan el asunto de incorporar nuevas palabras a nuestro vocabulario con un recelo acaso excesivo, propio de quienes arrastran un montón de tópicos por bagaje. En el otro extremo, están los que niegan la importancia de mantener unas reglas lexicográficas elementales, que suelen darle patadas al diccionario a la mínima ocasión, más por incultura o desidia que por verdadero convencimiento. Transitar por el punto medio, pues, es tarea para funambulistas.

Es difícil, pues, posicionarse en un punto medio sin enzarzarse en diatribas ideológicas acerbas. Con todo, a mi modo de ver, los garantes de la pureza del idioma incurren en este error: no hay nada más inútil que un idioma escasamente dinámico incapaz de rellenar lagunas léxicas. Se deben conocer las acepciones de las palabras, por supuesto, y también hay ser estrictos con su uso; pero nunca hay que perder de vista la realidad social en la están inmersas las palabras.

Se dice que, habiendo ya palabras en español para referirse a determinadas cosas, es absurdo y contraproducente para el propio idioma que empecemos a usar palabras de otros idiomas. Sin embargo, esta actitud se parece mucho a lo de poner puertas al campo. En un mundo cada vez más globalizado, en el que Internet favorece la comunicación entre personas de todos los países del mundo, la selección natural de las palabras opera más deprisa y poco o nada importa que un grupo de personas presione para que esto no suceda. Tardará más, pero sucederá.

Por eso no hago mucho caso cuando alguien me dice que empleo una determinada palabra que no existe en el DRAE, por ejemplo. Porque tengo especial predilección por la verborrea en la que se mezclan cultismos, palabras de kinki, neologismos, palabras inventadas, construcciones de prefijos y sufijos totalmente libres (como piezas de tente), anglicismos, germanismos, giros coloquiales, frases de películas y, en general, un gigantesco código cifrado que sólo el que haya abrevado en toda las clases de culturas habidas y por haber podrá descifrar convenientemente (aunque el lector neófito también puede entender o suponer mucho de lo que lee, si bien no captará totalmente su esencia).

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Si te expresas de forma demasiado culta no parecerás más inteligente

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Hace unos años, cuando aspiraba a convertirse en literato, me confeccioné un cuaderno en el que iba apuntando todas aquellas palabras que descubría y que, de algún modo, quería incorporar a mi vocabulario.

Entonces creía que, a mayor número de palabras raras y enrevesadas, mayores eran mis cualidades como narrador. Como si de esa manera estuviera por encima de todos los demás. Y, sí, lo admito, creía que así parecería más inteligente y profundo, y que todo lo que escribiera merecería estar esculpido en mármol. O algo así.

Acmé, onicófago, acerico, pectiniforme, destazar, nictinastia, chirlo, tisuria, gnomon, apodíctico, termolábil, suberoso, entérico, nictémero, paniego, gruñidor, atrición, cellisca… entre otras cientos de palabras son las que ahora puedo consultar en mi pequeño diccionario particular de pedante insoportable.

No dudo que esta obsesión me permitió ampliar mi vocabulario, pero también ha lastrado durante años mi prosa, que ha siempre se ha inclinado hacia un gongorismo denso y aburrido. Afortunadamente, este tic ha sido casi erradicado… aunque de vez en cuando todavía me doy un homenaje, dándome ínfulas para evitar el título de escritor sedicente (creo que lo estoy volviendo a hacer).

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¿Cuántas palabras usamos? Descubre la riqueza de tu vocabulario (y II)

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Como os había prometido, os voy a explicar cómo podéis medir vuestro vocabulario con una especie de muestreo estadístico casero, de la mano del doctor Graham Tattersall.

Primero debéis coger un diccionario y abrirlo al azar 100 veces. Cada vez, debéis mirar la primera palabra que aparece en la parte superior de la primera columna de cada página y determinar si conocéis la definición. Si la respuesta es afirmativa, entonces debéis añadir una raya al recuento de palabras conocidas.

Al final de este ejercicio, hay que dividir la suma de las palabras por 100 y se obtendrá así una estimación del número de palabras de ese diccionario que conocéis. Multiplicad luego la fracción resultante por el número total de palabras que contiene el diccionario y obtendréis una estimación de la extensión de vuestro vocabulario.

Para que este muestro tenga suficiente validez estadística, lo adecuado sería repetir el experimento unas 100 veces. Aunque esa cifra sólo es recomendable para los que de verdad queráis una estimación fiable.

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¿Cuántas palabras usamos? Descubre la riqueza de tu vocabulario (I)

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Admito que, en uno de mis arrebatos de juventud, tuve la osadía de leerme mi diccionario Vox entero. En tres ocasiones. En cada lectura, tomaba nota de las palabras que ignoraba y que me resultaban más curiosas. Como escible.

Sin embargo, la mayoría de gente no se lee el diccionario entero. Incluso los hay que jamás lo consultan. Así que nuestro vocabulario, en general, es bastante limitado.

En la versión inglesa de Orgullo y prejuicio, Jane Austen usa más de 6.000 palabras diferentes. Pero cualquier lector medio puede leerla sin problemas. De hecho, el vocabulario pasivo de una persona normal puede perfectamente superar las 10.000 palabras (vocabulario pasivo significa palabras que conocemos pero que no usamos necesariamente en nuestra vida cotidiana). El vocabulario activo, no obstante, apenas es de unos centenares de palabras.

En cualquier caso, existe un experimento casero para averiguar cuál es nuestro vocabulario, cuántas palabras conocemos. Pero antes de explicaros en qué consiste, quiero hablaros de culturomics.org

Culturomics es la mayor base de datos de la historia y está formada por todos los libros digitalizados hasta el momento: nada menos que el 4 % de todos los volúmenes publicados en el mundo desde el principio de la imprenta. Es decir, 15 millones de libros.

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Paso de ti y me he quedado flipado, expresiones vulgares no tan modernas

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Las palabras vulgares o determinadas expresiones populares a veces no son tan modernas como creemos.

Por ejemplo, busquemos los orígenes de la expresión “paso”: paso de todo, paso de ti, etc.

La expresión es popular, mayormente juvenil, sin embargo, la arqueología etimológica nos indica que uno de los personajes de los Artículos de costumbres de Mariano José de Larra, concretamente el de La fonda nueva, ya la empleaba.

El artículo fue publicado en La revista española, el 23 de agosto de 1833. Lo de “pasar”, entonces, ya no nos parece tan moderno o transgresor.

Algo similar ocurre con la expresión “flipar“: flipo, flipo pepinillos, flipan de la muerte.

Aunque se usa en España desde hace al menos dos décadas, el término no es tan heterodoxo como parece: está recogido en el primer diccionario spanglish, recopilado por Ilan Stavans, al que le otorga el significado de sorprendido y conmocionado. El término incorporado ya al Diccionario de la Real Academia Española, está asociado principalmente a los efectos de la droga produce en la mente humana y, en segundo lugar, a estar o quedarse entusiasmado.

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Faltas de ortografía que en realidad no lo son

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Los buenos lectores las detectan a la legua, como si fueran máculas en la nieve virgen. Los buenos escritores son incapaces de reproducirlas, como si fueran secuencias erróneas del genoma humano capaces de concebir monstruos deformes.

Pero lo cierto es que algunas faltas de ortografía son tan esquivas que hasta el más avezado lector y el más experimentado escritor puede interpretarlas como errores cuando en realidad sólo son lagunas de nuestro conocimiento.

Ahí va una pequeña lista de faltas ortográficas que no lo son en las que muchos de nosotros caeríamos sin remedio:

Bacante: a todos nos saltan las alarmas, ¿no se escribe con V? Depende. Si queremos expresar desocupado, sí, es vacante, pero se escribe con B cuando nos referimos a la mujer que celebraba las fiestas bacanales.

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