Hay lenguas que, por su sonoridad, puede que no sean de nuestro agrado. Por ejemplo, la aspereza del alemán. Parece una lengua concebida para impartir órdenes. Otras lenguas parecen más musicales y relajantes, como el catalán. También las hay que simplemente dan rabia, como el francés: bueno, me da rabia a mí, y me da la impresión de todos los franceses hablan haciendo morritos, como si fueran a plantarte un ósculo en cualquier momento.
En la literatura sucede algo similar. El idioma es la herramienta del autor. Y como tal, el propio autor está plegado a sus limitaciones. También es el propio autor el que se impone las suyas: no es lo mismo leer a Góngora (paradigma de densidad léxica) que el los mensajes de una choni poligonera dejados en tuenti.
Determinar el número de lenguas que hay en el mundo es como contar el número de estrellas o el número de especies de animales: constituye una cifra en continuo movimiento, pues se extinguen y nacen continuamente. Con todo, se establece una cifra orientativa aceptada en general: 6.800 lenguas. Sólo en Francia, por ejemplo, se hablan 75 (algunas indígenas, otras no). En la diminuta Papúa Nueva Guinea se hablan 820 lenguajes. A nivel global, se cuentan 600 consonantes diferentes y 200 vocales.

Muchos abordan el asunto de incorporar nuevas palabras a nuestro vocabulario con un recelo acaso excesivo, propio de quienes arrastran un montón de tópicos por bagaje. En el otro extremo, están los que niegan la importancia de mantener unas reglas lexicográficas elementales, que suelen darle patadas al diccionario a la mínima ocasión, más por incultura o desidia que por verdadero convencimiento. Transitar por el punto medio, pues, es tarea para funambulistas.
Hace unos años, cuando aspiraba a convertirse en literato, me confeccioné un cuaderno en el que iba apuntando todas aquellas palabras que descubría y que, de algún modo, quería incorporar a mi vocabulario.
Como os había prometido, os voy a explicar cómo podéis medir vuestro vocabulario con una especie de muestreo estadístico casero, de la mano del doctor Graham Tattersall.
Admito que, en uno de mis arrebatos de juventud, tuve la osadía de leerme mi diccionario Vox entero. En tres ocasiones. En cada lectura, tomaba nota de las palabras que ignoraba y que me resultaban más curiosas. Como escible.
Las palabras vulgares o determinadas expresiones populares a veces no son tan modernas como creemos.
Los buenos lectores las detectan a la legua, como si fueran máculas en la nieve virgen. Los buenos escritores son incapaces de reproducirlas, como si fueran secuencias erróneas del genoma humano capaces de concebir monstruos deformes. 