A menudo me preguntan cómo lo hago. Cómo escribo. Dónde he aprendido el secreto. De dónde saco las ideas.
Esta curiosidad parece que deba ser saciada de la misma forma que un lego en informática decide aprender a usar el Photoshop: apuntándose a un cursillo de 30 horas para dominar los más íntimos secretos del software. Si el lego en informática hubiera dedicado una media hora a investigar a través de Internet, hubiese descubierto que entre videotutoriales, manuales para torpes, foros y demás recursos lo del cursillo, además de una monumental pérdida de tiempo, hubiera supuesto un despilfarro considerable de dinero.
La cosa se parece a apuntarse a un curso para usar el mando a distancia de la televisión, cuando es mucho más fácil probar y equivocarse, investigar por uno mismo, hacerse con el mando día a día. Más fácil pero también más difícil. Es más difícil porque primero hay que derribar un mito. El mito de que todo se aprende en las aulas, que existen trucos incontrovertibles, que hay recetas, que la sabiduría se puede encapsular y vender en dosis milimetradas. Cualquier cosa antes que emplear un poco el pensamiento lateral y la transpiración para obtener la sabiduría por nuestros propios medios, aprehendiéndola.
Pueden darse excepciones, pero hablo de la generalidad: todos somos un poco tullidos a la hora de buscar soluciones, preferimos que alguien nos las sirva en bandeja con un “¡conviértase en X en tres meses!”.

Paseando por la red me he topado con una página que contiene enlaces a más de 1.000 lugares vinculados a las vidas y las obras de literatos famosos. En cada uno de ellos encontraremos, no sólo fotografías, sino también una explicación histórica y literaria del lugar en cuestión. Las casas en que nacieron los autores, lugares en que vivieron o escribieron sus obras, rincones que recorrieron sus personajes, itinerarios de obras literarias, museos dedicados a ellos… Todo un paseo por el mundo de las letras volcado en la realidad.
Quien haya leído Hojas de hierba en una traducción distinta de la que hizo el gigante argentino (metafóricamente hablando, claro) Jorge Luis Borges, sentirá que falta algo. Al menos, eso me ocurrió a mí cuando lo leí por primera vez hace algunos años en la edición de Alianza con traducción de Manuel Villar Raso. Afortunadamente era edición bilingüe.