Seré sincero: lo que pensé cuando supe del lanzamiento de este libro fue algo así como “vaya, otro opúsculo alarmista y ludita sobre los riesgos de la tecnología; otro intelectual apolillado defendiendo su forma de obtener conocimientos, superior y más romántica, sobre cualquier otra que se haya forjado después de su nacimiento; otro autor que se atreve a decir que las nuevas generaciones son menos instruidas cuando diversos estudios demuestran lo contrario; otro defensor de lo clásico simplemente por clásico; otro ignorante de cómo funciona Internet, que no sabe que Wikipedia adolece de menos fallos que la Enciclopedia Británica“.
Sin embargo, a las pocas páginas de Superficiales, tuve que tragarme mis prejuicios. Y al terminar la obra de Nicholas Carr, admití que había cambiado de opinión: Internet nos está volviendo imbéciles (aunque esto lo matizaré más adelante).
Y Carr no ha usado devaneos románticos o miedos de perder el statuo quo para armar su idea, ni siquiera da lugar para opiniones personales: se limita a presentar las decenas de investigaciones científicas que se han hecho al respecto en el campo de las neurociencias o la historia.
Por si fuera poco, la prosa de Carr es increíblemente precisa, capaz de mezclar temas de la forma más amena, introduciéndote poco a poco por los vericuetos de su tesis, haciendo hablar tanto a filósofos muertos como a expertos actuales en neurociencias o psicología cognitiva. Salvando las distancias, esta capacidad de hilvanar temas y presentarlos de forma atractiva, con diversas capas de lectura, sólo la poseen autores como Malcolm Gladwell o Bill Bryson.


Éste es, entre otras cosas, un espacio para la crítica de obras literarias. Dejando a un lado las percepciones idiosincrásicas de cada uno de los editores de este blog, ¿es posible que exista un criterio objetivo que enumere una serie de puntos perfectamente sensatos y coherentes acerca de una obra artística? En política, dos personas inteligentes pueden mantener creencias diametralmente opuestas. Si esto ocurre en literatura, ¿significa que pueden coexistir posibles familias de explicaciones y exégesis acerca de una obra y que cada una de ellas puede ser igualmente rigurosa? ¿Tal vez sólo existe un análisis perfecto pero, a causa de limitaciones epistemológicas, nos limitamos a dar válidas cualquier exégesis porque no hay forma de impugnar lo que ignoramos?
Algo interesante está pasando en el mundo de las principales enciclopedias. Desde hace algún tiempo se ha tendido a comparar, para bien y para mal, a las que se han convertido en los modelos ejemplares de los libros de consulta: la Britannica y la Wikipedia, sin poder, sin embargo desalentar la popularidad y credibilidad de esta última. 
