
Para algunos, el acto de escribir es algo así como poner el piloto automático y dejar manchas de tinta en el papel, cual impresora matricial. Para redactar prospectos de medicamentos o instrucciones de neveras alemanas lo veo estupendo. Sin embargo, cuando nuestro objetivo no es sólo comunicar sino suscitar determinadas emociones y pensamientos en el lector, la escritura automática debería ser anatema.
Si uno no es capaz de poner sus tripas sobre la mesa, mojar la pluma en ellas y escribir con su propia sangre, entonces mejor que lo deje. A veces hay que curtir el vozarrón bebiendo ginebra a morro, no queda otra. Pero si uno prefiere seguir adelante como una princesa inmaculada, que luego no proteste si un crítico sabelotodo le dice que su libro parece haber sido escrito con formol o que se venderá mucho entre las almas ibéricas que persiguen lo inteligible, lo maniqueo y lo facilón.
Si lo que se busca es que a uno le lea mucha gente de diferentes estratos sociales y con distintos niveles culturales, el padre, el hijo y el Espíritu Santo, si uno busca figurar entre los más vendidos, entonces que se olvide de tripas y fuerzas incontrolables surgidas de sus entrañas. Que siga las reglas, los cánones, lo políticamente correcto y, en todo momento, que siempre se la coja con papel de fumar. Como un buen político.
O que siga el ejemplo de Pocholo, que sólo haciendo el aeroplano y buscando incasablemente su mochila perdida triunfa entre mayores y pequeños. Es la única forma de que la mayoría, esa masa estólida llamada humanidad, apoquine.

