Releyendo a los clásicos: 'La casa de Bernarda Alba', de Federico García Lorca

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Representación de La casa de Bernarda Alba

Mientras mis alumnos están realizando un examen sobre ‘La casa de Bernarda Alba‘, se me ocurre que qué mejor ocasión que la que me brinda Papel en blanco para volver sobre este clásico que seguramente alguno de vosotros habrá leído.

Si hay un autor de esos que es universal para los lectores, y que con razón es uno de los más leídos entre los estudiantes de español fuera de nuestras fronteras, ése es Lorca. No sólo porque en su poesía aúna tradición y modernidad, juega con las raíces de la poesía castellana y los experimentos de la vanguardia, sino también porque su teatro plasma con absoluta genialidad el conflicto entre el deseo del invididuo y las normas sociales que le aplastan.

En este sentido, una de las obras que mejor expresan esta lucha es ‘La casa de Bernarda Alba’. Como sabéis, la obra narra la historia de Bernarda, cuyo marido acaba de fallecer y en cuya casa se ha decretado duelo, y sus hijas, enfrentadas en secreto por conseguir la atención de Pepe el Romano.

La obra tiene lugar en un solo escenario (el del título) y funciona como un espacio metafórico: es la casa familiar pero también es la cárcel en la que se ven las hijas de Bernarda. El duelo hace que Bernarda haga que sus hijas no salgan en ocho años, apelando a la tradición familiar: así sucedió en casa de su abuelo y en casa de su padre. Bernarda es presentada como una madre castradora, más preocupado por lo que digan de su casa que de la felicidad de sus hijas.

Así como reza el subtítulo, ‘Drama de mujeres en los pueblos de España’, la obra tiene un marcado acento femenino: no aparece ningún personaje masculino, estos tan sólo son nombrados y sabemos que rondan cerca, pero nunca entran en escena. De la misma manera, Lorca puede hablar de la situación de la mujer y de su rol familiar. Bernarda, por ejemplo, es partidaria de un modelo tradicional (las mujeres en casa y los hombres, en el campo), mientras que Adela sueña con casarse con quien quiera, salir de la casa de su madre y ver mundo.

En todo este ambiente opresivo y represor, Adela es quien pone la luz y la ilusión. Ella, la más joven de las hijas de Bernarda, es quien aún no tiene una perspectiva amarga, quien tiene sueños y desea salir de la casa para vivir su vida. El resto de ellas se ha conformado con su situación (Angustias, Amelia, Martirio), conscientes de que el peso de la tradición es demasiado fuerte como para apartarlo.

Y de aquí, de este choque entre los deseos de vivir una vida propia, y la tradición ahogadora que representa Bernarda, es donde nace la tragedia (no voy a desvelar el final de la obra por si alguien aún lo ha leído).

Y es que los personajes de Lorca son tan vívidos y llegan con tal fuerza que, aunque la realidad que envuelve a los adolescentes de estos tiempos no tiene mucho que ver con la época que retrata la obra, sí que les llega el conflicto, y pueden identificarse fácilmente con Adela. Porque, aunque han pasado muchos años, el tema de la libertad y el individuo les llama la atención, como a la mayoría de los adolescentes.

La casa de Bernarda Alba’ es, en definitiva, una obra maestra de nuestra literatura: no sólo por esos personajes tan bien definidos y llenos de fuerza, o por la brillantez con la que Lorca plantea los temas. También por la poesía que éste imprime en los diálogos (mujeres con lagartijas en los pechos), como por la maestría en captar el lenguaje popular, las cancioncillas que se incluyen, o el retrato del campo andaluz… Además, con lo cortita que resulta, ¡no tenéis excusa!

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