'Salomé' de Oscar Wilde y Aubrey Beardsley

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Salomé

Siguiendo con la serie de posts que hemos dedicado a Oscar Wilde, hoy le toca a una muestra de su teatro. Una obra que inscribe al dublinés en el más puro gusto del fi de siecle y especialmente del decadentismo: ‘Salomé’.

El personaje de Salomé fue un tema muy grato para el fin de siglo (evidentemente, siempre que mencionamos fin de siglo nos referimos a la encrucijada artística, cultural y social que se vivió en el cambio del s.XIX al XX). Simbolistas, modernistas y decadentes veían en Salomé una de las facetas del eterno femenino: la mujer como perdición del hombre. Un tópico literario que arrancaba desde la tradición bíblica de Eva (y la no oficial de Lilith), y se extendía por la literatura universal con diversas encarnaciones: era la protagonista de los poemas de amor cortés trobadorescos, la cruel amada de los petrarquistas, la belle dame sens merci de Keats y los románticos, la femme fatale de la serie negra. Diversos autores de finales del XIX se fijaron en el personaje de Salomé: encarnaba toda la esquizofrenia religiosa del fin de siecle y ese especial gusto que suponía combinar el amor, la pasión y la muerte con lo mítico.

No solamente los poetas se habían fijado en ella: Rubén Darío, Francisco Villaespesa, Anatole France se dejaron seducir por su danza, pero también pintores como Von Stuck o Moreau. En 1904, el ahora olvidado Froilán Turcios escribe un cuento modernista llamado ‘Salomé’. Pero una de las obras que contribuyó definitivamente a sellar la popularidad del personaje en el fin de siglo fue la versión de Oscar Wilde. En 1893 se edita por primera vez en París su obra teatral y no es hasta 1896, con un Wilde ya condenado en Reading por su condición sexual que se estrena en la capital francesa (como vimos aquí). La obra cuenta la historia de Salomé, hija de Herodes, que consigue hacer ejecutar a Juan el Bautista ante su padre, temeroso del profeta. Al final, Salomé consigue la cabeza del Bautista pero también entrega la vida por ello.

Erotismo, irreverencia religiosa y muerte. Eros y thanatos. La obra lo tenía todo para escandalizar a la sociedad de la época. En Francia recibió los halagos de Mallarmé y Maeterlinck, y allí la gran diva de la época Sarah Bernhardt interpretó al personaje, mientras en Gran Bretaña la obra conocía la censura y el rechazo: fue prohibida por la interpretación de personajes religiosos. Salomé es una obra corta (se lee en apenas una hora) que nos transporta a un mundo de ensueño: los recursos, el lenguaje de Wilde recuerdan en algún momento el onirismo de las obras teatrales de García Lorca. No sería raro que éste hubiera leído al escritor irlandés.

En la obra, el autor fue criticado por confundir tres Herodes bíblicos diferentes (Herodes el Grande, Herodes Antipas y Herodes Agripa), pero Wilde no busca hacer un drama histórico. Los personajes se convierten en tipos y el núcleo del conflicto son los espíritus opuestos: el de la depravación de Salomé y el de la luz ahogada de Jokanaan. Es una obra preciosista, estetecista y decadente: adjetivos que seguramente hubieran gustado a Wilde.

La edición de Zorro Rojo es brillante por cuanto nos ofrece la obra en la traducción clásica de Rafael Cansinos Assens de 1919, y, como principal atractivo, se incluyen todas las ilustraciones que el decadente Aubrey Beardsley realizó para la edición inglesa. No hay más que decir sobre su arte: realmente es uno de esos artistas que suscitan fervorosas pasiones o impenitentes repudios. Las ilustraciones para Salomé fueron criticadas por incluir flagrantes anacronismos en ellas, pero eran parte del universo plástico de Beardsley, que bebía tanto del arte helénico, de los simbolistas, como de su afición por el rococó.

Si no conocéis esta obra, os recomiendo vivamente esta edición que Libros del Zorro Rojo ha publicada hace poco y que disfrutarán los paladares más decadentemente exquisitos.

Más información | Ficha en Libros del Zorro Rojo
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