Favoritos de donsergio en Papelenblanco http://www.papelenblanco.com/usuario/ seleccionado por donsergio http://www.papelenblanco.com <![CDATA[Algunas cifras mareantes de letras, palabras, libros y sus combinaciones (I)]]> http://www.papelenblanco.com/metacritica/algunas-cifras-mareantes-de-letras-palabras-libros-y-sus-combinaciones-i http://www.papelenblanco.com/metacritica/algunas-cifras-mareantes-de-letras-palabras-libros-y-sus-combinaciones-i Sat, 09 Apr 2011 16:19:30 +0000 seleccionado por donsergio biblioteca.jpgLos cabalistas tenían un viejo sueño: combinar una serie finita de letras hasta el infinito. Esperaban de este modo formular algún día el nombre secreto de Dios.

En 1622 un hombre intentó hacerlo en su libro Problema arithmeticum de rerum combinationibus. Su nombre era Pierre Guldin. La premisa era calcular cuántas palabras podrían formularse con las 23 letras del alfabeto que se usaba en la época, combinándolas de dos en dos, de tres en tres y así sucesivamente.

No tenía en cuenta las repeticiones y no era importante que las palabras tuvieran sentido o fueran pronunciables. La cifra que alcanzó superó los 70.000 millardos (para escribir esta cifra se necesitarían más de un millón de millardos de millardos de letras).

Si se escribieran todas estas palabras en registros de mil páginas, a 100 líneas por página y 60 caracteres por línea, se necesitarían 257 millones de millardos de registros de estas características; y si hubiese que colocarlos en una biblioteca, disponiendo de construcciones cúbicas de 432 pies de lado, capaz cada una de contener 32 millones de volúmenes, se necesitarían 8.052.122.350 bibliotecas de este género.

Para tener una idea de lo que significa esta cifra de bibliotecas, cabe recordar que, usando toda la superficie de la Tierra, sólo podríamos colocar 7.575.213.799 de estas bibliotecas.

Pero si estas cifras os parecen mareantes, esperad a la próxima entrega de este artículo. Prometo más combinatorias delirantes de letras, palabras y libros.

Vía | El vértigo de las listas de Umberto Eco

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<![CDATA[Algunas cifras mareantes de letras, palabras, libros y sus combinaciones (y II)]]> http://www.papelenblanco.com/metacritica/algunas-cifras-mareantes-de-letras-palabras-libros-y-sus-combinaciones-y-ii http://www.papelenblanco.com/metacritica/algunas-cifras-mareantes-de-letras-palabras-libros-y-sus-combinaciones-y-ii Sun, 10 Apr 2011 09:52:20 +0000 seleccionado por donsergio libros.jpgSi en la anterior entrega de este artículo os descubría los cálculos mareantes de Pierre Guldin, hoy os quiero hablar de Martin Mersenne, que en Harmonie universelle, de 1636, hizo lo propio con las secuencias musicales generables, y no sólo por las palabras pronunciables en griego, hebreo, árabe y cualquier otra lengua.

¿Cuántas resmas de papel serían necesarios para anotar todos los cantos susceptibles de ser producidos?

Más resmas de papel de las que se usarían para cubrir la distancia entre la tierra y el cielo:

“aunque cada folio contuviera 720 cantos de 22 notas cada uno y cada resma fuera menos gruesa que una pulgada, teniendo en cuenta que los cantos generables con 22 notas son más de doce mil millardos de millardos, dividiendo esta cifra por los 362.880 cantos que puede contener una resma, se seguiría obteniendo un número de dicieséis cifras, mientras que las pulgadas que separan el centro de la tierra de las estrellas forman un número de tan solo catorce cifras. Y si se quisieran escribir todos estos cantos, a un promedio de mil al día, se necesitarían casi veintitrés mil millones de años.”

Si dejamos atrás palabras y cantos y nos centramos exclusivamente en los enunciados (verdaderos, falsos y hasta insensatos), entonces hemos de recurrir a los cálculos de Leibniz. ¿Cuántos de estos enunciados podrían formularse usando un alfabeto finito de 24 letras?

Partimos de la base de que pueden construirse palabras hasta de 31 letras, como demuestra Leibniz que existen en griego y en latín. Con el alfabeto es posible producir 24 seguido de 32 ceros de palabras. Entonces, ¿qué longitud podría tener un enunciado?

Dado que es posible imaginar enunciados tan largos como un libro, la suma de los enunciados, verdaderos o falsos, que un hombre puede leer a lo largo de una vida, calculando que lea cien folios al día y que cada folio contenga mil letras, es de 3.650.000.000. Si además este hombre viviera mil años, “el periodo enunciable más grande, o el libro más grande que un hombre consiga leer, será de 3.650.000.000.000 (letras), y el número de todas las verdades, falsedades o períodos enunciables o más bien legibles, pronunciables o no pronunciables, significativos o no, dará 24365.000.000.0001 -24/23 (letras)”.

Vía | El vértigo de las listas de Umberto Eco

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<![CDATA['Dios no existe' de Christopher Hitchens: lecturas esenciales para el no creyente]]> http://www.papelenblanco.com/ensayo/dios-no-existe-de-christopher-hitchens-lecturas-esenciales-para-el-no-creyente http://www.papelenblanco.com/ensayo/dios-no-existe-de-christopher-hitchens-lecturas-esenciales-para-el-no-creyente Mon, 11 Apr 2011 22:52:26 +0000 seleccionado por donsergio El autor de Dios no es bueno, Christopher Hitchens, vuelva a la carga con su ateísmo militante, siguiendo la estela de Richard Dawkins, Sam Harris o Daniel C. Dennett.

En esta ocasión, cede la voz a otros autores que, a lo largo de la historia, pusieron en solfa de uno u otro modo la fe común de la gente en dioses de cualquier tipo.

Bajo el título de Dios no existe, pues, encontraremos fragmentos de textos de Lucrecia, Thomas Hobbes, Spinoza, Hume, John Stuart Mill, Karl Marx, George Eliot, Charles Darwin, Anatole France, Mark Twain, Joseph Conrad, Lovecraft, H. L. Mencken, Sigmund Freud, Albert Eintein, George Orwell, Bertrand Russell, Martin Gardner, Carl Sagan, John Updike, Michael Shermer, Daniel C. Dennett, Richard Dawkins, Victor Stenger, Ian McEwan, Steven Weinberg, Salman Rushdie, Sam Harris y otros.

Lo cierto es que sorprenden gratamente algunos de los textos. Por supuesto, los textos más interesantes son los más contemporáneos: más que nada porque analizan el problema de la existencia de Dios apelando a una mayor cantidad de evidencias científicas: tendencia a rellenar lagunas del conocimiento con mitos, cultos Cargo, el cerebro como órgano para sobrevivir y no para interpretar correctamente la realidad, etc.

Sin embargo, algunos de los textos más antiguos me han parecido sencillamente deliciosos, capaces de suscitar dudas lógicas sobre la existencia de Dios. Por ejemplo: la excusa de mucha gente para creer en Dios es que, si tenemos fe y resulta que existe, eso hemos ganado; si no existe, no hemos perdido nada. Pero si no tenemos fe y existe, entonces hemos cometido un craso error.

Esta estrategia seguida por muchos hace aguas con simples razonamientos: ¿acaso Dios no es capaz de averiguar que tenemos fe por conveniencia? Por otro lado: habida cuenta de las múltiples religiones que existen, ¿en qué dios creemos? ¿Qué preceptos morales seguimos? Seguir unas instrucciones divinas nos hará incumplir otras, y viceversa.

La obra también sirve para adentrarse un poco más en el fascinante mundo de la epistemología, y para advertir que uno puede ser creyente o ser ateo, pero ser agnóstico carece un poco de sentido. Ser agnóstico simplemente es ser un ateo mal informado, o con unas nociones de epistemología demasiado elementales.

Con todo, si de algo peca (ironía on) este volumen de reflexiones es que se centra demasiado en la religión católica, olvidándose de todas las demás. No trata tanto el tema de dios como abstracción sino como dios bíblico. Lo cual es una pena.

Ah, este libro también permitirá leer un poco más sobre Einstein y aclarar de una vez por todas, pese a las malas lenguas, que Einstein no creía en Dios. Así como el resto de científicos de alto rango (a pesar de que en las comparecencias públicas traten de ser políticamente correctos adscribiéndose al agnosticismo): Diversos estudios demuestran que los científicos, a medida que incrementan sus conocimientos y su excelencia, se apartan de las sendas más trilladas de la fe o directamente se adscriben al ateísmo (o a un deísmo inocuo o a un panespiritualismo incompatible con las religiones tradicionales.

Entre los miembros de la Academia Nacional de Ciencias, la creencia en Dios se desploma a un 7 %. Un 72 % no cree en Dios. Y un 21 % es agnóstico.

Editorial DEBATE
ISBN: 9789871117765
Páginas: 672

Sitio Oficial | Ficha en Editorial Debate

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<![CDATA[‘Rebelarse vende’ de Joseph Heath y Andrew Potter: el negocio de la contracultura]]> http://www.papelenblanco.com/ensayo/rebelarse-vende-de-joseph-heath-y-andrew-potter-el-negocio-de-la-contracultura http://www.papelenblanco.com/ensayo/rebelarse-vende-de-joseph-heath-y-andrew-potter-el-negocio-de-la-contracultura Tue, 12 Apr 2011 10:44:54 +0000 seleccionado por donsergio No importa si eres un talibán de la corrección política, un seguidor de cantautores de bar cochambroso, una restauradora de artesanía alemana, un aficionado a la ropa alternativa (la que suele adquirirse en barrios antiguos y con solera) o tengas fobia a las toxinas alimentarias.

Todos esos comportamientos rebeldes, diferentes, outsiders, si tienen basamentos estéticos, cool, molones, acabarán siendo absorbidos por la masa general: adoptados por la mayoría, ridiculizados, ironizados, reconvertidos, optimizados.

Y ése es el mayor problema que denuncian Joseph Heath y Andrew Potter de la mayoría de rebeldes del mundo. Que la mayoría son rebeldes por impostura o estética. Y, por tanto, sus rebeldías no sólo tienen un efecto muy superficial en la sociedad a fin de que cambie de una manera reseñable, sino que la mayoría de esas rebeldías acaban convirtiéndose en modas inanes. Y en un negocio tan execrable como el que se trataba de poner en evidencia.

El segundo problema que se radiografía en Rebelarse vende es que gran parte de los rebeldes del mundo, además de no intentar cambiar las cosas mediante los cauces políticos adecuados, no ofrecen alternativas serias y bien construidas. La mayoría ofrecen la rebeldía por la rebeldía.

Como Tyler Durden en El club de la lucha o el protagonista de American Beauty, deciden destruirlo todo, ir contra todo y adoptar un comportamiento personal e intransferible por el simple deseo de salir del pozo. Pero su ideología no tiene encaje en la realidad: ¿qué pasaría si todos obráramos así? Una vez anarquizado todo, ¿cómo conviviríamos?

La mayoría de ideologías de este tipo se sustentan en ideas pueriles y que, tanto la historia como incluso la ciencia del comportamiento, han demostrado que son impracticables. ¿Aún cree alguien que una comuna hippie puede organizarse mediante amor libre cuando los genes tienen otras ideas muy distintas sobre cómo debemos comportarnos para sobrevivir?

Finalmente, Heath y Potter distinguen a dos personajes que la gente suele confundir: sus actos se parecen, lo que subyace a ellos dista mucho de parecerse. El primero sería el que disiente de una normal social y se niega a aceptarla públicamente, acarreando las consecuencias de su negativa a fin de remover las conciencias del pueblo.

El segundo tipo sencillamente no acata determinadas normas por su bien propio, y lo hace hurtadillas, para que nadie lo pille.

El primer tipo es un rebelde con causa: fuma en un lugar público, por ejemplo, y paga la sanción correspondiente, incluso permite que llegue la policía, para que su acto tenga trascendencia social y sirva para cambiar lo establecido.

El segundo tipo sólo es sólo un aprovechado o un listillo. Y además un idiota: si todos actuáramos como él, la convivencia sería imposible: él pueda actuar así porque los demás se lo permitimos.

Como imaginaréis, un libro como éste no es la Biblia revelada. Heath y Potter cometen alguna que otra contradicción, meten demasiados conceptos diferentes en el mismo caso, resumen décadas de contracultura en pocas líneas paródicas, analizan películas a las que todos tenemos estima (El club de la lucha, Pleasentville, Matrix, American Beauty) bajo un rasero demasiado intelectual y estricto (a su parecer, todas esas películas ofrecen basura ideológica para público borrego, por eso tienen tanto éxito de taquilla), etc.

Sin embargo, a pesar de sus altibajos en el discurso, Rebelarse vende ofrece la otra cara de la moneda, articula ideas que derriban lo comúnmente creído y, más que nada, te hace pensar y recordar que la mayor parte de lo que crees seguro acostumbra a ser más complicado.

Sólo por eso, Rebelarse vende es una lectura estimulante.

Mención especial al capítulo dedicado a reflexionar si es mejor que los adolescentes lleven uniforme para acudir al instituto. Yo siempre había creído que llevar uniforme era un símbolo de represión. Tras la lectura de este capítulo he tenido que considerar seriamente la idea que llevar uniforme es lo que realmente nos libera de las cadenas de la represión genética, biológica y social. Por muy carca que suene admitirlo.

Y al menos tiene mucho más sentido que llevar una camiseta con la efigie del Che, que mola cantiduvi pero que sólo sirve para hacernos creer que estamos haciendo otra maldita cosa que seguir a las masas más gregarias.

El movimiento contracultural ha padecido, desde el primer momento, una ansiedad crónica. La doble idea de que la política se basa en la cultura y la injusticia social en la represión conformista implica que cualquier acto que viole las normas sociales convencionales se considera radical desde el punto de vista político. Obviamente, esta idea resulta tremendamente atractiva. Al fin y al cabo, la organización política tradicional es complicada y tediosa. En una democracia, la política involucra necesariamente a enormes cantidades de personas. Esto genera mucho trabajo rutinario: cerrar sobres, escribir cartas, hacer llamadas, etcétera. Montar agrupaciones tan gigantescas también conlleva una sucesión interminable de debates y acuerdos. La política cultural, en cambio, es mucho más entretenida. Hacer teatro alternativo, tocar en un grupo de música, crear arte vanguardista, tomar drogas y llevar una alocada vida sexual es sin duda más ameno que la organización sindical a la hora de pasar un buen fin de semana. Pero los rebeldes contraculturales se convencieron a sí mismos de que todas estas actividades tan entretenidas eran mucho más subversivas que la política de izquierdas tradicional, porque atacaban el foco de la opresión y la injusticia a un nivel “más profundo”. Por supuesto, esta convicción es puramente teórica. Ycomo está claro quiénes son los que se benefician de ella, cualquiera que tenga una mentalidad mínimamente crítica sospechará de ella.

Editorial Taurus
Colección Taurus Pensamiento
Páginas: 424
ISBN: 9788430605866

Sitio Oficial | Ficha en Editorial Taurus

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<![CDATA[‘El vértigo de las listas’ de Umberto Eco]]> http://www.papelenblanco.com/ensayo/el-vertigo-de-las-listas-de-umberto-eco http://www.papelenblanco.com/ensayo/el-vertigo-de-las-listas-de-umberto-eco Tue, 15 Mar 2011 11:47:24 +0000 seleccionado por donsergio Estamos ante un libro más para admirar que para leer, más para consultar anecdóticamente que para consumir de corrido, más para guardar que para usar. No en vano, este libro fue fruto de un acuerdo suscrito entre el autor y el Museo del Louvre.

El vértigo de las listas, pues, sigue la estela de otras obras de Umberto Eco como Historia de la belleza o Historia de la fealdad: obras confeccionadas a base de fragmentos de otras obras e innumerables obras pictóricas que guarden alguna relación.

En esta ocasión, Eco nos ofrece los fragmentos más destacados de la literatura donde se enumeran cosas. Cualquier clase de cosa. Olvidaos de Perec, Prévert, Whitman o Borges: hay muchos más autores que, en algún momento de su vida literaria, se han sentido atraídos por la fascinación de las listas, por su cualidad ordenada, clasificatoria y, sobre todo, hipnótica.

Como el catálogo de las naves que aparece en la Ilíada de Homero, o la lista de cosas que contiene el cajón de la cocina de Leopold Bloom en el penúltimo capítulo del Ulises de James Joyce. También hay listados de lugares, como los que escribió Charles Dickens en una de sus obras. O listas de palabras. Desde listas de reyes a las plantas medicinales, pasando por ángeles y demonios.

Umberto Eco, conocido por sus novelas El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault y La isla del día de antes, así como sus ensayos Obra abierta o Apocalípticos e integrados, actualmente es reconocido como uno de los pensadores más célebres del siglo XX y XXI.

Señala Eco:

La lista está en el origen de la cultura. Es parte de la historia del arte y de la literatura. ¿Para qué queremos la cultura?: Para hacer más comprensible el infinito. También se quiere crear un orden, no siempre, pero a menudo. ¿Y cómo, en tanto seres humanos, nos enfrentamos a lo infinito?, ¿cómo se puede intentar comprender lo incomprensible? A través de las listas, a través de catálogos, a través de colecciones en los museos y a través de enciclopedias y diccionarios. Hay cierto encanto en enumerar con cuántas mujeres se acostó Don Giovanni: fueron 2.063, al menos según el libretista de Mozart, Lorenzo da Ponte. También tenemos listas prácticas: la lista de la compra, el testamento, el menú... que son asimismo adquisiciones culturales por propio derecho.

Editorial Lumen
páginas: 408
ISBN: 9788426417435

Sitio Oficial | Ficha en Editorial Lumen
En Papel en Blanco | ‘El vértigo de las listas’, la última obsesión de Umberto Eco

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<![CDATA[Las obras más influyentes inspiradas por las drogas]]> http://www.papelenblanco.com/metacritica/las-obras-mas-influyentes-inspiradas-por-las-drogas http://www.papelenblanco.com/metacritica/las-obras-mas-influyentes-inspiradas-por-las-drogas Sun, 13 Mar 2011 22:57:44 +0000 seleccionado por donsergio psico2.jpgLos escritores tienen propensión a estimular su cerebro con distintas sustancias a fin de favorecer su prosa y sobrealimentar su creatividad. Es lógico. El cerebro no siempre funciona en óptimas condiciones, y el autor vive de su inspiración, es decir, de su cerebro funcionando a todo trapo.

Hay escritores que se ponen determinada música para despertar las neuronas. Los hay que fuman. Otros, como un servidor, no podemos darle a la tecla con cierta gracia si previamente no nos hemos llenado las venas de cafeína (como Balzac con La comedia humana).

Bukowski empinaba el codo que daba gusto, Faulker le daba al whisky, Raymond Chandler al Gimlet y Truman Capote a los Martinis. Tal vez así lograron huir de lo banal y lo fungible.

En ocasiones, sin embargo, no basta con estimular la verborrea. Hay autores que quieren ir más lejos, alterando su conciencia de tal modo que su obra se convierta en un objeto casi sinestésico. Samuel Taylor Coleridge escribió Kubla Khan (1797) bajo los efectos opio. Sobre este poema onírico, el poeta inglés escribió a un amigo:

Me gustaría mucho, como Vishnu, flotar sobre un océano infinito mecido en la flor de Loto y despertar una vez en millones de años sólo por unos minutos (sólo para saber que dormiré otro millón de años más…  Puedo, en ocasiones, sentir con fuerza estas bellezas que describes, en sí mismas (pero es más frecuente que todas las cosas aparezcan pequeñas) todo el conocimiento que puede ser adquirido un juego de niños (el universo musmo) qué sino un fardo inmenso de cosas pequeñas… Mi mente se siente como si estuviera deseando tener y conocer algo grande (algo uno e indivisible) y es sólo en la fe que las piedras o cascadas, montañas o cavernas, me dan el sentido de lo sublime y majestuoso.

Baudelaire tomaba hachís para escribir Paraísos artificiales (1860). William S. Burroughs escribió Junkie (1953) con heroína; al igual que Jim Carroll The Basketball Diaries (1978). Jack Kerouac escribió En el camino con benzedrinas.

Hay autores que todavía quieren pisar terrenos más psicodélicos, como si se hubieran colado en un mundo alternativo en technicolor. Psiconautas de las letras que, como Alicia, viajaron a otras dimensiones a fin de contar al mundo todo lo que vieron:

-Mescalina: Aldous Huxley con Las puertas de la percepción (1954). Jean Paul Sartre experimentó en 1935 con la mescalina, ejerciendo una gran influencia en su novela La Náusea. Teatro de la Crueldad de Antonin Artaud y la poesía de Henry Micheaux.

-Peyote y LSD: Ken Kesey con Alguien voló sobre el nido del cuco (1962). Timothy Leary con Hight Priest (1968). El periodista gonzo Hunter S. Thompson con Miedo y asco en las vegas (1971). Carlos Castaneda con Journey to Ixtlan (1972). Ginsberg, quien alabó al LSD como alimentador creativo, no tomó esta sustancia hasta después de componer su épica.

-Cocaína: Robert Louis Stevenson con El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde (1886); Según su hijo adpotivo, Lloyd Osborne, Stevenson escribió esta novela, que nació de una pesadilla, en seis días.

Pero recordad: toda esta experimentación neuroquímica está muy bien para escribir ficción, para soltar las riendas de la conciencia o para lucubrar sin ton ni son, pero no es recomendable a la hora de concebir un ensayo que pretenda aportar conocimiento fidedigno al mundo. Entonces, coincido con George Orwell cuando dijo que la principal ventaja de hablar y escribir con claridad es que “cuando hagas una observación estúpida, su estupidez resultará obvia incluso para ti.”

Vía | Pijamasurf

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<![CDATA[‘Conviértase en brujo, conviértase en sabio’ de Georges Charpak y Henri Broch]]> http://www.papelenblanco.com/ensayo/conviertase-en-brujo-conviertase-en-sabio-de-georges-charpak-y-henri-broch http://www.papelenblanco.com/ensayo/conviertase-en-brujo-conviertase-en-sabio-de-georges-charpak-y-henri-broch Sun, 13 Mar 2011 03:00:02 +0000 seleccionado por donsergio 41cgphd2zzl_sl500_aa300_.jpgSi queréis pilotar un avión, necesitaréis aprender a manejar una serie de controles básicos. El timón, que sirve para regular lo que se conoce como viraje, el ángulo vertical del aparato. Los alerones, para virar a la derecha o a la izquierda. Los elevadores de cola, para subir y bajar, cambiando lo que se llama el grado de inclinación. Los flaps, para reducir la velocidad.

Basta con ignorar el manejo de alguno de estos controles para que el avión acabe estrellándose.

Para conducirse por la vida, también es necesario manejar con soltura una serie de rudimentos mentales. Hay personas que los manejan todos, con mayor o menor mano izquierda. Otros, sin embargo, ignoran el manejo de uno o dos de estos rudimentos. Algunos, incluso, no saben manejar ninguno.

Conviértase en brujo, conviértase en sabio es un libro concebido para aprender a manejar uno de los rudimentos mentales más importantes, algo así como el timón de un avión. Sí, hay personas que viajan por la vida sin timón. El timón que sirve para encarar aquellos hechos que son verdaderos y dejar atrás las supersticiones y los fenómenos paranormales sin fundamento.

Aprender a separar el grano de la paja de estos asuntos no es nada fácil (ahí están las inmensas audiencias de programas de televisión como el de Iker Jiménez, paradigma del uso torpe del timón), de modo que, para concebir este manual de vuelo para mentes racionales, se ha recurrido a dos pesos pesados. El primero es George Charpak, Premio Nobel de Física en 1992 y miembro del CERN. El segundo, Henri Broch, profesor de Física en la Universidad de Niza-Sophia Antipolis, donde estudia los fenómenos paranormales para demostrar su carácter ilusorio.

Para hacer más amena la lección, los autores han planteado el contenido justo como si tratara de conseguir el efecto contrario: enseñarte a ser un brujo freak como los que aparecen en la tele o un vende-humos como los que escriben libros magufos. Es algo así como si te enseñaran a ser un falsificador de obras de arte para instruirte acerca de la historia del arte.

Así pues, la obra es sin duda divertida y desenfada, además de que ofrece argumentos con mucho tino. Sin embargo, que el lector habituado a leer argumentos contra los fraudes parapsicológicos más habituales no espere encontrar aquí argumentos pluscuamperfectos o pruebas nuevas. La forma es francamente original; el contenido, un poco menos. Con todo, la obra resultará brillante para el lector que quiera hacer una aproximación con el timón bien firme.

Horóscopos, telepatía, levitación, viajes astrales, coincidencias exageradas, premoniciones y una larga lista de creencias populares son convenientemente destripadas a través de lecciones enfáticas en las que se nos propone llevar a cabo lo que en puridad sólo son trucos de magia y fallas de nuestro cerebro.

En definitiva, un excelente libro para aprender a manejar el timón de la mente hacia tierras de razón y cordura. O, dicho de otro modo: hacia la madurez desde la infancia.

Ediciones B
Colección: SINE QUA NON
Nº páginas: 232 págs.
ISBN: 9788466610865

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<![CDATA[En el colegio no aprendemos lo que deberíamos aprender (I)]]> http://www.papelenblanco.com/metacritica/en-el-colegio-no-aprendemos-lo-que-deberiamos-aprender-i http://www.papelenblanco.com/metacritica/en-el-colegio-no-aprendemos-lo-que-deberiamos-aprender-i Thu, 03 Mar 2011 20:21:26 +0000 seleccionado por donsergio Cada vez me sorprenden más las oceánicas lagunas de conocimiento de personas supuestamente bien instruidas a nivel académico.

Estos agujeros de queso Gruyère se dan en los estudiantes de carreras científicas: no hace mucho, en un programa de televisión sobre escepticismo, se planteaba a un grupo de estudiantes de Biología si ellos creían que se había pisado la Luna en 1969 y que no fue, como muchos dicen, un montaje. Las respuestas (que no puede afirmarse que sí porque no estuvieron allí, etc.) ponían en evidencia un desconocimiento preocupante en las más elementales nociones de epistemología. No ya digamos del método científico.

Además, muchos estudiantes de ciencias se resisten a depurar sus habilidades lingüísticas: nunca han cogido con verdadero interés un libro de poesía y no le encuentran la gracia a las metáforas de la literatura. De hecho, muchos estudiantes de ciencias, aparte de lo que leen sobre su disciplina, apenas consumen libros.

Los estudiantes de carreras humanísticas aún lo tienen peor. Pueden haber leído montañas de novelas, les encantará la ambigüedad de las emociones, la irracionalidad de la poesía, pero apenas se preocuparán de adquirir conocimientos científicos. Así sus opiniones sobre temas generales, en los que cada vez hay más participación de disciplinas como la física, la neurobiología, las matemáticas o la genética, suelen ser meras repeticiones de filósofos muertos y colecciones de aforismos. Muy bellos en su forma, pero superficiales en el fondo; y casi siempre obsoletos.

Por si esto fuera poco, aún se valora demasiado la memoria. Y no sólo en el ámbito académico (donde la mayoría de buenas calificaciones se obtienen tras memorizar datos, sin importar si luego sabemos relacionarlos entre sí, por ejemplo). En la vida cotidiana, cualquiera adquirirá de inmediato cierto respeto intelectual si es capaz de declamar de corrido algún fragmento de una novela, una poesía o una reflexión de alguna autoridad (tropezando, de paso, en una falacia de autoridad, la falacia favorita de la gente).

Si echamos un vistazo a los libros de texto de cualquier disciplina académica, pues, observaremos estos defectos en mayor o menor medida. Y entonces no nos quedará otro remedio más que afirmar con severidad que en los colegios, institutos y universidades no aprendemos lo que deberíamos aprender.

Con “lo que deberíamos aprender” me refiero a los conocimientos que deberían ser la base de todo lo demás. Los cimientos sobre los que construir catedrales de datos. Y, sobre todo, me refiero al esmeril que afilará nuestro espíritu crítico.

En definitiva, rudimentos que nos permitan pensar mejor. De serie, nuestro cerebro viene cableado para cometer errores de lógica, para hacer generalizaciones inexactas, para dejarse llevar por el contexto y la idiosincrasia, para olvidar fácilmente lo que va en contra de sus convicciones… y toda una serie de enemigos de la razón. El colegio, en un mundo donde el conocimiento está a un click de nuestros dedos, no debería ser tanto un lugar donde transmitir datos como un lugar donde nos enseñen a aplacar nuestros defectos neurobiológicos de fábrica y, sobre todo, fomentar la capacidad de jerarquizar conocimientos, relacionarlos entre sí y descartar fácilmente los que carecen de sostén.

Afortunadamente, no todos los libros que podemos encontrar en una biblioteca son manuales universitarios. Si vuestro interés es construir unos buenos cimientos cognitivos, entonces hay salvación: cada año se edita un buen número de libros que persiguen esos fines, echándose las manos a la cabeza frente al carpetovetónica educación que se suministra en general.

En la próxima entrega de este artículo os hablaré de ellos. Y también de otros rasgos que deberíamos cultivar para aprender lo que deberíamos aprender.

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<![CDATA[‘¿Hay algo que coma avispas?’ de Mick O´Hare]]> http://www.papelenblanco.com/divulgacion/hay-algo-que-coma-avispas-de-mick-ohare http://www.papelenblanco.com/divulgacion/hay-algo-que-coma-avispas-de-mick-ohare Wed, 23 Feb 2011 11:27:51 +0000 seleccionado por donsergio El punto más original de este libro es también su mayor escollo. ¿Hay algo que coma avispas? es una compilación de preguntas tipo niño-preguntando-por qué-constantemente. Hasta ahí, estupendo. Todo sentimos curiosidad por asuntos que raramente se tratan en los libros (y no hablo del tópico ¿por qué el cielo es azul? sino de preguntas con cierto toque absurdo, del tipo ¿cuán gorda debería ser una persona para detener una bala con su grasa corporal?).

Sin embargo, esta antología llevada a cabo por Mick O´Hare, que recoge las mejores preguntas enviadas por los lectores a la revista New Scientist, no está escrita por expertos. Bueno, algunas partes sí, otras no. El problema es que cada pregunta, generalmente, posee más de una respuesta. Y algunas respuestas son incompatibles entre sí.

En resumidas cuentas, tras leer una pregunta verdaderamente curiosa… al final es posible que continuemos sin saber la respuesta. Si acaso, las respuestas de otros lectores funcionarán como aceite para engrasar nuestros engranajes cogitativos. Para afinar quizá nuestro pensamiento lateral. Para elaborar incluso nuestra propia respuesta empleando otros cálculos.

Pero la sensación final es un poco decepcionante. Como si madrugaras para ir al parque de atracciones pero ese día amaneciera lloviendo a cántaros. Sí, es cierto que los expertos de la editorial de New Scientist en ocasiones puntualizan alguna respuesta, o directamente aportan la solución definitiva. Pero son las menos. Y, no sé a vosotros, pero a mí no me convence demasiado lo de leer lucubraciones personales que probablemente no sean acertadas.

En descargo del libro, por otra parte muy ameno y de digestión fácil, admitiré que posiblemente la mayoría de las preguntas son imposibles de responder. Como las preguntas del tipo niño niño-preguntando-por qué-constantemente.

Sí, a decir verdad me siento como un niño al que le han respondido “porque sí”.

Existen varias fórmulas para calcular el área superficial del cuerpo, utilizaré la fórmula de Mosteller, que considera que el área de la superficie corporal de un individuo en metros cuadrados es igual a la raíz cuadrada del producto de su altura en centímetros y su peso en kilos, dividido todo ello por 60. En el caso de un hombre de 175 centímetros de altura y 75 kilos de peso, esto nos da un área de superficie corporal de 1,91 metros cuadrados. Así que para cubrir esa área con una capa de grasa de 30 centímetro de espesor y de una densidad de un gramo por centímetro cúbico, necesitaríamos por lo menos 573 kilogramos. Si se añade eso al peso del cuerpo, se llega a la conclusión de que el individuo a prueba de balas característico pesaría unos 650 kilogramos.

Editorial RBA
256 pags
ISBN: 9788478719556

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<![CDATA[‘El nacimiento de la mente’ de Gary Marcus]]> http://www.papelenblanco.com/divulgacion/el-nacimiento-de-la-mente-de-gary-marcus http://www.papelenblanco.com/divulgacion/el-nacimiento-de-la-mente-de-gary-marcus Sun, 20 Feb 2011 23:11:13 +0000 seleccionado por donsergio 046504405001_sclzzzzzzz_.jpgUna de las grandes olvidadas cuando se trata el tema de la mente y de los pensamientos y conductas que emanan de ella son, indudablemente, los genes. Los genes parecen dictaminar de qué color tendremos los ojos, o si desarrollaremos tal y cual enfermedad. Pero generalmente no asociamos la genética a los pensamientos.

En El nacimiento de la mente, el profesor de psicología de la Universidad de Nueva York Gary Marcus subsana este olvido presentando todas las concomitancias que a su juicio existen entre mente y genes y cómo su conocimiento podría revolucionar lo que somos. Y además lo hace con un tono divulgativo muy accesible (bien que algunas páginas pudieran marear a los que nunca se han enfrentado a un libro de genética).

Si bien es cierto que queda mucho trecho por descubrir acerca de relación entre genes y conductas (desde luego, los genes no “controlan” en destino, sólo predisponen), nuestro ADN contribuye a formar nuestra personalidad, nuestro temperamento y las cualidades que nos hacen únicos a cada individuo.

La ciencia moderna ha demostrado, mediante quintales de estudios que Marcus detalla en las páginas de su libro, que los genes tienen un efecto demostrable en la vida mental. Ciertos estudios con animales, por ejemplo, han revelado que pueden transmitirse genéticamente aspectos de la conducta y la personalidad (como unos genetistas que produjeron roedores ansiosos y maniáticos).

Naturalmente, no todas las semejanzas entre gemelos dependen de los genes. El hecho de que dos gemelos finlandeses de setenta y un años de edad murieran con escasas horas de diferencia el 6 de marzo de 2002, en sendos accidentes de bicicleta, pedaleando por la misma carretera, fue tan sólo una coincidencia. Los genes acaso predispusieran a los dos a disfrutar de la actividad física o de la asunción de riesgos, pero que murieran el mismo día y de la misma forma fue pura casualidad. Con todo, la influencia de los genes en nuestra estructura mental es innegable.

Esta clase de estudios deberían ser noticia más a menudo. Pero si echamos un vistazo a periódicos o incluso literatura profesional sobre psicología, apenas encontraremos teorías de la mente que establezcan un verdadero contacto con los genes. En psicología, es algo así como si Watson y Crick nunca se hubieran encontrado con el ADN.

La tesis central de El nacimiento de la mente, pues, es que resulta imposible la naturaleza del ser humano (desde el punto de vista de la psicología, la filosofía, la sociología, la antropología y demás disciplinas que gozan de gran apoyo popular) si no se incorpora a cualquier reflexión la presencia innegable y ubicua de los genes.

Y os puede asegurar que Gary Marcus consigue su propósito. Hasta el punto de que, por muy cultivados que os sintáis en cualquier materia, de repente sentiréis que vuestro conocimiento está lleno de lagunas que sólo el ADN es capaz de rellenar convenientemente.

Editorial Ariel
248 páginas
ISBN: 9788434409170
Año de edición:2005

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