¿Cuántas veces has pensado en romper con todo? ¿Cuántas veces has imaginabas que, con lo puesto, ponías rumbo al horizonte, sin destino, sin fecha de regreso, on the road, como Kerouac? ¿Cuántas veces has fantaseado con protagonizar una aventura, con romper las cadenas de la monotonía y de las obligaciones sociales?
Y ¿cuántas veces todos eso pensamientos han dejado de materializarse porque tenías miedo?
Tal vez después de leer El mundo sobre ruedas empieces a sentir menos miedo. Porque El mundo sobre ruedas ha sido escrito por Albert Casals, alguien que fue invadido por las mismas fantasías que tú, que finalmente las llevó a cabo y ha escrito un libro para contárnoslo.
Pero lo que hace este libro diferente a los otros es que Albert Casals se lanzó a la aventura con sólo 14 años. Lo hizo solo. Y lo hizo en una silla de ruedas, pues a los 5 años sufrió una leucemia. Y si un niño de 14 años, en silla de ruedas (con el pelo teñido de azul y una camiseta de Naruto) ha conseguido hacerlo, ¿por qué no todos nosotros?
El mundo sobre ruedas narra la odisea de Albert en cuatro viajes. El primero, en verano de 2006, cuando recorrió Italia y Grecia. El segundo, en verano de 2007, cuando recorrió Tailandia, Singapur y Malasia. El tercero, también en 2007: Alemania, Bélgica, Francia y Escocia. Y el cuarto, la navidad de 2007, cuando recorrió Japón.
Hoy en día, Albert sigue recorriendo el mundo. Su pretensión es visitar todos los países que existen. Siempre en su silla de ruedas. Siempre con un presupuesto de un máximo de 3 euros al día (normalmente encuentra a gente que le acoge en su casa, duerme en lugares al aire libre que nosotros solo podemos soñar, como en la playa de una isla paradisíaca, etc.). Siempre con una sonrisa en la cara, disfrutando de cada instante, bajo su filosofía del “felicismo” (que él mismo nos explica al final del libro). Siempre confiando en su buena suerte. Y también disfrutando de los malos momentos como forma de aprendizaje.
Sus padres, estaréis pensando, deben de estar chiflados. Quizás. En todo caso, al final del libro son sus padres los que explican por qué permitieron que su hijo se embarcara en una aventura semejante completamente solo. Porque a veces, en resumidas cuentas, es tan peligroso cruzar la calle del barrio que cruzar la calle en un país en el otro extremo del mundo. Y si no estás dispuesto a asumir el riesgo de ser comido por un cocodrilo para ser feliz, quizá es que no estás preparado para abandonar tu madriguera, la aparentemente confortable madriguera en la que quizás seas comido por un accidente coronario, o cualquier otra cosa.
No esperéis encontrar en El mundo sobre ruedas una exhaustiva guía de viajes. Albert Casals incide más en las anécdotas que le salen al paso o en los amigos que hace con una facilidad pasmosa que en lo que le rodea. Además, acostumbra a salirse de los circuitos más turísticos. Y, a veces, no importa tanto contemplar un monumento icónico como comerse una pizza en un garito de Bangkok con una chica que acabas de conocer y con la que debes comunicarte con gestos.
Tal vez el único punto negativo de la obra sea el continuo asombro de Albert Casals cada vez que descubre que la gente es tan amable con él. Me pregunto si Albert, en vez de tener 14 años e ir en silla de ruedas hubiera sido un cuarentón sin ayudas protésicas, habría tenido tan buena fortuna con la gente. Para responder a esa pregunta, tal vez deberíais asumir el riesgo y lanzaros hacia el horizonte, on the road.
Así que, después de un contacto prolongado y de una amplia experiencia, he llegado a la conclusión de que todos los tailandeses que están especializados en obstaculizar el camino a los turistas se pueden dividir en tres grandes categorías:
El tipo A, el menos perjudicial de todos, se te queda mirando atentamente mientras le preguntas: “¿Phitsanulok? ¿Phitsanulok Road?”. A menudo esperará a que lo repitas cuatro o cinco veces, impasible, y cuando hayas acabado, te dirá amablemente, eso sí: “I don´t speak English”, y se irá tranquilamente. ¿English? ¿Qué English hace falta para entender un nombre? Si me encuentro un austro-serbio-polaco en Barcelona que pregunta por la “Raimbleish”, ¡sé perfectamente lo que se espera de mí! De todas formas, el tipo A es el mejor, porque sólo te hace perder 5 minutos.
El tipo B es peor: cuando le pides la dirección, al pobre le da un ataque de pánico y decido preguntárselo al tailandés que se encuentra más cerca. El problema es que eso se repite y se genera una reacción en cadena que acaba con un círculo de tailandeses debatiendo con extremo interés la solución a tu problema. Desafortunadamente, acostumbran a debatirlo igual que los griegos debatían el sentido de la existencia. Se forman bandos (norte, sur, este, oeste… e incluso se añaden los escépticos, que opinan que no hay ni camino ni calle Phitsanulok, y los budistas, que creen que la necesidad de encontrar la calle Phitsanulok es perjudicial y deberías liberarte de ella), se forman coaliciones (sureste, noroeste), y todo acaba desembocando en una discusión apasionante pero eterna.
MR Ediciones
Colección: MR Ahora
320 páginas
ISBN: 978-84-270-3533-1
Sitio Oficial | Ficha en Mr Ediciones

Comentarios
Qué increíble experiencia, me alegro de que a este chiquillo le haya salido bien, porque la broma podía haberle salido como a Chris McCandless y el final de la historia sería muy distinto. El libro tiene que estar curioso, las anécdotas personales de viajes por el mundo suelen aportar mucho más que una guía común por muy completa que sea.
interesante
No es por romper el "buenrollismo" de la entrada, pero hace un par de años cuando se publicó el libro en catalán, le hicieron una entrevista en TV3 y el chico era bastante repelente, además de responder a todas las preguntas con un "No sé!".
No le quito mérito a su aventura pero que en la entrevista a mi no me cayó bien...
interesante
Digo exactamente lo mismo. Ya lo había visto antes en un reportaje (no sé si sería el mismo que viste) y no me causó demasiada buena impresión.
De todos modos no me gusta la manía que tienen las personas por sentir una compasión sistemática por las personas minusválidas/enfermas/ancianas.
Es decir, no digo que no merezcan cierto tipo de ayudas que no son necesarias para las demás personas, pero al igual que tú, yo o cualquiera pueden ser egoístas, crueles o simplemente normales. Y ya se que es un caso muy extremo, pero si vemos los últimos días de Franco a cualquiera le podría parecer un pobre anciano desvalido, pero la verdad dista mucho de ello.
Y a mi, personalmente, no me haría ni una pizca de gracia despertar compasión a los demás simplemente porque me voy a morir o no puedo hacer X cosas. Prefiero que me ignoren y me traten como a un cualquiera porque en el fondo solo hacen que alimentar una falsa autoestima.
Muy bien explicado. Pensaba que con mi comentario me iba a llevar ostias. Pero como tú dices: "no digo que no merezcan cierto tipo de ayudas que no son necesarias para las demás personas, pero al igual que tú, yo o cualquiera pueden ser egoístas, crueles o simplemente normales"
La entrevista que vi fue realizada en el programa "El club" presentado por Albert Om, en TV3.
"Y si un niño de 14 años, en silla de ruedas (con el pelo teñido de azul y una camiseta de Naruto) ha conseguido hacerlo, ¿por qué no todos nosotros?"
Pues porque la mayoría de nosotros tenemos la fortuna de no padecer una minusvalía y por tanto la gente no se va a compadecer de nosotros, muy al contrario, en la mayoría de los casos (repito, en la mayoría) desconfiarán y no nos prestarán la más mínima ayuda. Eso del "felicismo" que propugna el chaval está muy bien como teoría, pero intenta llevarlo a la práctica diaria y te llevarás más hostias (emocionalmente hablando) que un domingo en misa, al descubrir que la gente no es precisamente "esencialmente buena y amable". Haberla, hayla, pero muy, muy poquita. Y esto lo dice alguien que no se considera precisamente un amargado (aunque quizá lo sea sin saberlo) sino alguien que en muchas ocasiones (demasiadas ya) ha intentado poner en práctica esa filosofía del "buenrrollismo" y ha salido escaldado. Saludos.
Pues yo digo que bien por él, ¡qué demonios! Su historia nos recuerda que la infancia es una época de sueños, como lo fue para tantos autores antes de él (en lo alto de mi podio personal de infancias envidiables sigue Gerald Durrell en la paradisíaca Corfú). Y a los demás comentaristas, decirles lo que Goethe: "El mal humor es un vicio"
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