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Una tienda de piratas de mentira, una tienda de superhéroes de mentira, una tienda del tiempo de mentira y otras maneras de fomentar la lectura

Una tienda de piratas de mentira, una tienda de superhéroes de mentira, una tienda del tiempo de mentira y otras maneras de fomentar la lectura
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Fomentar la lectura no solo consiste en impartir aburridas clases de literatura. De hecho, precisamente la mayoría de clases de literatura tienen un efecto diametralmente opuesto al pretendido. Para fomentar la lectura, quizá una forma más efectiva sea la desarrollada por un escritor norteamericano que ha decidido abrir una serie de tiendas inspiradas en géneros literarios. Y en ellas no se vende absolutamente nada de verdad.

Durante un viaje a San Francisco (cuya crónica podéis ir leyendo aquí), me perdí por el barrio de Mision, el barrio modernillo o hipster por antonomasia, donde pude encontrarte con una tienda muy particular. Era una tienda de vituallas para piratas: parches para el ojo, un kit de lubricación de la pata de palo, mapas del tesoro, píldoras para el escorbuto (en realidad caramelos), sales para repeler a sirenas, etc. (podéis leer más detalles en mi entrada Instantáneas de California: esos modernillos que beben en botes de conservas y una tienda de piratas que solo vende cosas de mentira) Todo lo que vendían en la tienda era inútil, de mentira. Pero no era una simple broma, sino algo mucho más importante.

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Finalista al premio Pulitzer y elegido por la revista Time como una de las 100 personas más influyentes del mundo, David Eggers (Boston, 1970) estaba pensando en fundar un centro de apoyo a la educación de jóvenes pobres de la zona de San Francisco en la que vivía. Tenía algo de dinero debido a al anticipo que había recibido por la adaptación cinematográfica de una de sus novelas (que finalmente no llegó a buen puerto): Una historia conmovedora, asombrosa y genial. Una pena, porque el guionista contratado fue el inmenso Nick Horny (Alta fidelidad, Fiebre en las gradas...)

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Eggers, con dos millones de dólares en el bolsillo, escogió un bonito el local en el barrio de Mision de San Francisco. Pero el dueño les advirtió de un obstáculo: el recinto estaba calificado como local comercial y, por tanto, tenían que vender algo, cualquier cosa. Mientras hacían la limpieza, con retiro de mayólicas y pisos de goma que dejaban al descubierto suelos y columnas de madera, se dieron cuenta de que el lugar se parecía mucho a las entrañas de un barco viejo. Un barco pirata. La idea de montar una tienda para abastecer a piratas salió casi de broma, pero finalmente acabó haciéndose realidad. Y el experimento ha sido un éxito.

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Gracias a la ayuda desinteresada de sus más de 250 profesores voluntarios, el centro ofrece también respaldo a los niños con sus deberes escolares, envía grupos de voluntarios a las escuelas de la ciudad que soliciten su apoyo para desarrollar en clase trabajos específicos o, en un sentido inverso, acoge a grupos de niños y adolescentes para llevar a cabo proyectos conjuntos, como una revista, novelas, antologías de cuentos, etc.

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Y todo ello, usando como catalizador la pasión que entre los niños ejercen los piratas, aunque mucho de sus iconos sean falsos o fomentados precisamente por la literatura (no existen los mapas del tesoro, ni las patas de palo, ni los loros como mascota, etc.), como so expliqué en Más mitos comúnmente creídos de la literatura.

Y el éxito ha conducido a Eggers y otros colaboradores a diversificar la idea, en diferentes lugares del país y, también, bajo distintos conceptos estéticos. Como una de tienda de superhéroes que podéis visitar en Brooklyn (frascos de antimateria, capas de invisibilidad…).

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En Boston, hay una tienda para aficionados a la búsqueda del Big Foot. En el local de Seattle podéis adquirir equipo para viajar al espacio. En Chicago encontraréis las mejores tecnologías para ser un buen espía. La tienda de Michigan hace la vida de los robots un poco más confortable.

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Y en Los Ángeles uno puede adquirir productos traídos de viajes en el tiempo (carne de mamut, pistolas de rayos láser, imanes para borrado de memoria de robots malvados, cascos de centurión, pastillas contra el malestar producido por los viajes temporales…).

Dave Eggers continúa fomentando la cultura entre los más jóvenes, a la vez que sigue escribiendo novelas como la reciente Qué es el qué (Mondadori, 2008), publicando obras de otros autores a través de su propia editorial McSweeney’s o firmando los guiones de las últimas películas de Sam Mendes (Away We Go) y su amigo Spike Jonze (Where The Wild Things Are).

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Y esperemos que sigan abriéndose tiendas tan divertidas como ésta, como Monster Supplies, situado en el 159 Hoxton Street, en Londres, donde comercializa mermelada de órganos, confitura de cerebro, ojos en vinagreta, caramelos de menta para combatir el mal aliento de los zombis.

Vía | Diario del Viajero

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