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‘Shakespeare’ de Bill Bryson

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Es el propio autor el que nos desvela la ingente cantidad de textos relativos a Shakespeare que se escriben alrededor del mundo. Por ejemplo, la Biblioteca del Congreso de Washington D.C. contiene unas 7.000 obras sobre Shakespeare (lo que equivale a veinte años de lectura a un ritmo de una al día). El Shakespeare Quarterly, el más exhaustivo de los periódicos bibliográficos, registra al año cerca de cuatro mil nuevas obras (libros, monografías y otros estudios) consideradas serias.

Así pues, ¿por qué uno más? La razón está en las pocas páginas que tiene este Shakespeare, de Bill Bryson: sólo 224 páginas. Y es que de Shakespeare sabemos tan pocas cosas que bastan esas páginas para explicarlo todo. El resto de lo que creemos saber, sólo son elucubraciones. Y Bryson ha querido prescindir de toda elucubración y quedarse exclusivamente con la esencia.

Ya no es ningún secreto que siento predilección por Bill Bryson y su sentido del humor mezclado con una erudición que se transmite a las mentes más legas con un brío divulgativo que ya quisieran para sí muchos docentes. Me gustaría tener como amigo a Bill Bryson. Qué diablos: me gustaría ser Bill Bryson.

Con obras que todos deberíais leer como Breve historia de casi todo o En las antípodas, ¿Shakespeare está a la altura? Sí y no, a un tiempo. Hasta el momento, en España sólo se habían traducido las obras de Bryson que trataban el tema de los viajes y la ciencia, olvidándose de las biografías (como la suya propia o la de Shakespeare) o los libros de temática lingüística (quizá demasiado locales, por tratarse temas de gramática inglesa).

Shakespeare, pues, es el primer libro de Bryson que no trata de temas brysonianos. Y, casualmente, también es la primera obra que parece escrita por otro Bryson, más serio, menos juguetón, menos irreverente, y por el contrario mucho más denso e informativo.

¿Esto es malo? Para quién espere otro Bryson, sí. Pero Shakespeare, aunque parezca escrito por el hermano serio de Bryson, contiene el sello inconfundible del autor en lo referente a aglutinar infinidad de datos curiosos de una manera atractiva y sencilla, siendo capaz así de ofrecer una mirada global a una época histórica diferente con una soltura que se contagia desde la primera página.

Dicho de otro modo: aunque te aburran los libros de historia, Shakespeare te entusiasmará. Y lo mismo sucederá si no te interesa en absoluto la figura del más popular dramaturgo de todos los tiempos.

Las Leyes Santuarias, como eran llamadas, estipulaban tan precisa como absurdamente quién podía vestir qué y cómo. Una persona con unos ingresos de 20 libras anuales podía usar un jubón de satén pero no una túnica del mismo material, en tanto que quien ganaba 100 libras al año podía usar todo el satén que le viniera en gana pero terciopelo, sólo en sus jubones y en ninguna prenda exterior, y siempre que el terciopelo no fuese carmín o azul, colores reservados a los caballeros de la Jarretera y sus superiores. Las calzas de seda, en cambio, estaban reservadas a los caballeros y sus primogénitos, así como a algunos enviados y miembros del séquito (pero no a todos ellos). También se estipulaba la cantidad de género que podía emplearse en la confección de determinado artículo de vestir, si podía hacer pliegues o no y una lista prácticamente interminable de variantes similares.

Editorial RBA Colección Divulgación 224 páginas ISBN 9788498675993

Sitio Oficial | Ficha en RBA

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