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Algunas técnicas para escribir sin que se vea

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En ocasiones, uno siente el impulso de darte a la tecla o de escribir de manera anónima, sin que nadie sea capaz de relacionar lo expresado con su persona. Otras veces, preferimos hacerlo para nosotros mismos, en la servilleta de papel de un bar, en un diario personal, escondido en lo más profundo del cajón.

Pero otras veces, la gente, a lo largo de la historia, ha necesitado plasmar un texto que sólo pudieran leer unos escogidos. Porque hay textos que podían condenarte, o textos que podían enervar al lector de mente esquemática.

Esta clase de textos, ahora, se pueden encriptar de mil maneras. O también es posible guardarlos bajo siete llaves electrónicas. Pero antes de que llegara lo digital, existían otras técnicas tan o más elaboradas para evitar que ojos no amigos radiografiaran su secreto.

Por ejemplo, el jugo de limón, como el que aparece en El nombre de la rosa. O la tinta simpática que describe metafóricamente Andrés Trapiello en una novela titulada, precisamente, La tinta simpática:

Tal vez no somos más que una vida escrita con tinta simpática, entre renglones que todos pueden ver, hasta que un día la llama que creíamos extinguida va sacando datos, fechas, intenciones, afectos que nadie, ni nosotros mismos, sospechaba. Pero para entonces es siempre demasiado tarde. Porque la misma llama que saca a la luz nuestro vivir secreto, va quemando, destruyendo, lo que habíamos escrito hasta entonces a los ojos de todos.

Se denomina tinta simpática o tinta invisible a aquella que no se deja ver en el papel en el que se ha escrito hasta que no se aplica el reactivo conveniente, calor o agentes químicos. La solución extensa de cloruro de cobalto, invisible en frío, reaparece con su color verde o azul en cuanto se calienta el papel. En cuanto se enfría, vuelve a desaparecer.

Naftol, colodión y acetona en las proporciones de uno, veinte y sesenta, respectivamente; como reactivo se puede usar cinco gramos de ácido sulfúrico mezclados con cincuenta centímetros cúbicos de ácido nítrico en un litro de agua, mezcla que se añade fría a un gramo de nitrato de sodio. Se disuelve luego cincuenta gramos de acetato de sodio en doscientos centímetros cúbicos de agua. El papel se empapa en una mezcla de cien centímetros cúbicos de la primera solución y veinte centímetros cúbicos de la segunda solución.

Otra técnica en la que no hace falta tomar papel sino un huevo duro es la siguiente: se mezcla alumbre con vinagre hasta obtener la consistencia de la tinta y se escribe el mensaje en la cáscara del huevo. Cuando la tinta se seca, nada se ve, pero algunas horas más tarde el mensaje (que debe escribirse con letras grandes) aparecerá en la parte blanca del huevo.

En otro libro, escrito por Graham y Hugo Greene (hermanos), El libro de cabecera del espía, también se desvelan otras técnicas empleadas por espías de todos los tiempos, quizá los más celosos de sus escritos.

Tómese una pluma limpia y mójesela en agua, o simplemente escríbase con la pluma seca sobre el papel. La pluma hará pequeños arañazos en el papel, invisibles a simple vista, pero fácilmente visibles con ayuda del microscopio. Puede también emplearse un baño de vapor de yodo. Para ello se toma un hornillo de metal, en el cual el yodo ha de mantenerse a la temperatura más baja en que permanezca evaporado. Se introduce la carta en el baño y, cuando se la retira después de algunos minutos, se habrán fijado cristales de yodo a lo largo de los minúsculos y ásperos bordes formados por el arañazo de la pluma.
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