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El café como sitio idílico para escribir

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Los que me conocen saben que, para mí, el café es algo así como un inductor de ideas y un espoleador de la creatividad. Es meterme en vena una dosis de cafeína, y zas, en menos de dos minutos me salen las palabras solas, incluso superando los bloqueos creativos más peliagudos.

Pero hoy no voy a hablaros del café como droga legal estimuladora para escribir, sino del café como lugar, como cafetería, como locus amoenus para ponerse a escribir (siguiendo un poco la estela de la entrada ¿Qué trucos usan los escritores para llamar a la inspiración?

Años ha, los cafés eran centros de autoeducación, de innovación literaria (en el club Cabaret Voltaire nació el dadaísmo) e incluso de agitación política (la Revolución francesa de 1789 se fraguó literalmente en el Café de Foy). No en vano, Tom Standage, en La historia del mundo en seis tragos, afirma que, colectivamente, los cafés de Europa vinieron a ser el Internet de la Edad de la Razón.

Uno de los cafés más icónicos es el Gran Café de Gijón, en Madrid. Nació nada menos que en 1888 y, a través de estos largos 123 años ha adquirido un rancio abolengo, por allí pasaron Santiago Ramón y Cajal, Pío Baroja, Jacinto Benavente, Valle-Inclán, Benito Pérez Galdós…

Hasta Harry Potter fue concebida exclusivamente en una cafetería, el Elephant House, en Edimburgo, una bonita cafetería desde cuya ventana se puede atisbar un colegio, inspiración de la autora para describir Howgarts. Ahora, si acudís al café os entregarán papel y lápiz, por si os viene la inspiración.

Entre 1680 y 1730, en Londres se bebía más café que en ningún otro lugar del mundo. Sus habitantes acuñaron el nombre popular de “universidades a penique”, en alusión al precio que solía costar un bol de café y las amenas tertulias que se organizaban a su alrededor. Un refrán de la época rezaba: “No existe universidad de mayor excelencia, pues por un penique puedes ser una eminencia”.

El White Horse Tavern de Nueva York es un café literario que, en su día, era frecuentado por Allen Ginsberg , Jack Kerouac y Dylan Thomas.

Construido con viejas maderas de un barco ballenero, e inaugurado en el lejano 1883, el Heinold’s First and Last Chance Saloon de Oakland, en California, era frecuentado por Jack London.

Ye Olde Cock Tavern de Londres, la taberna preferida por Charles Dickens. El Davy Byrnes de Dublín, donde James Joyce escribió algunas páginas de esa que es considerada su obra maestra: Ulises.

Sinclair Lewis y Ernest Hemingway frecuentaron el Harry’s New York Bar, en París.

Y es que basta con echar un poco el ojo en una cafetería: veréis que, entre los lectores de diarios hay alguien que toma notas apresuradas en un cuaderno, quizá Moleskine. Ahí lo tenéis.

Vía | La historia del mundo con sus trozos más codiciados de Fernando Garcés Blázquez

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