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La fe en lo que escribo

La fe en lo que escribo
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José únicamente tenía que sentarse y abordar los folios en blanco con tal énfasis, con tal nervio, que sus textos semejaban mensajes cifrados por una máquina Enigma que ni el mismo Alan Turing ni una piedra Rosetta, al alimón, descifrarían.

“Escribe, escribe, escribe”, le exhortaba su voz interior. “No importa lo que escribas, sólo escribe”. Y se esforzaba tanto en cumplir ese mandato, tan astronómica era la monumentalidad de aquel proyecto, que una suerte de jurado imaginario había creado unas expectativas demasiado elevadas entorno de su obra y el miedo a no complacerlas le impelía a redoblar el sacrificio, retroalimentando las mismas expectativas en un círculo sin fin que sólo culminaría en la obra perfecta, la obra que desbancaría a clásicos y modernos, a consagrados y noveles.

Tan legendaria y prometedora se le antojaba su ambición que ya era en sí misma era una garantía de éxito fulgurante, o al menos de que iba a ser alguien tocado por un destino singular.

A veces, sin embargo, en un instante de lucidez y parálisis en aquel fragor del bolígrafo rasgando las hojas, se acordaba de que el mundo lo poblaba mucha gente, que los premios literarios recibían demasiados originales y que existían tantos manuscritos por descubrir como seres humanos; que quizá sería más probable que encontrase a su paso un maletín atestado de millones que un reconocimiento a un esfuerzo tal vez baldío.

¿No debería dedicarse a algo que complaciera su propio deleite? Rememoró las salmodias de su padre: ¿no debería ambicionar no ambicionar nada y congraciarse con su vida? ¿No debería enfrentarse a sus problemas y no confundirlos con la tentación de dejar constancia de su paso por el mundo vía libro? ¿No debería vivir la vida sin más, liviano, y no dejarse embaucar por la emponzoñada avidez de transformarse en otra persona? ¿No debería ingresar en el seminario y hacer feliz a su padre, reconciliándose con su verdadera condición, y no afanarse hasta la angustia por alcanzar una posteridad de cartón piedra que palidecía frente a la eternidad que le ofrecía Dios? ¿No debería purificar su alma y dejar paso a una fe renovada? Fe en él, fe en el proyecto de vida que habían escogido para él; fe en una religión que saciaba todas tus dudas si las planteabas desde el ángulo adecuado.

No obstante, su fe se había encaminado por otros derroteros mucho más mundanos, espoleada por el odio y el rencor, por el ansia, las prisas y la obsesión; y semejantes vacilaciones las interpretaba al igual que las influencias perniciosas del amor (en gran medida platónico) que en los inicios de su adolescencia le habían arremetido sin tregua, vaciando su escritura de voluntad e inspiración. Aquella crisis sobre la naturaleza de sus esfuerzos se parecía, en efecto, a las crisis que sufrió debido a Marta Sanpere o a Vanesa Pablino y que, de igual modo, provocaron que su arte se hubiera resentido.

Ignoraba si acabaría transformado en seminarista, lo que sí que sabía con certeza era que jamás traicionaría su actual estilo de vida, porque no concebía otra forma de escapar de un futuro insatisfactorio que no fuese correr en dirección contraria, usando su bolígrafo descapuchado como cohete. ¡Zas!

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