Compartir
Publicidad

Si el arte no existe, puedes inventarlo

Si el arte no existe, puedes inventarlo
Guardar
0 Comentarios
Publicidad
Publicidad

Los días, los años, transcurrían inexorables, y José no cosechaba resultados satisfactorios a pesar de que el tiempo, aquel tirano instalado en su reloj de pulsera, le imprimía un vertiginoso ritmo de trabajo, cual tamtam de un barco de remos.

José escribía mucho. Descripciones, diálogos, metáforas, nombres de personajes, todo en gran abundancia y aderezado por una especie de trama mal hilvanada. Con todo, también asumía que tal vez lo que escribiera fueran palabras anémicas y textos apenas llamados por la inspiración del arte.

Porque en gran medida no escribía con el ánimo de plasmar historias de ficción sino que se limitaba a hacer la pose de escritor, tratando de imbuirse en la personalidad enigmática de un aventurero de las letras que se pierde en la madrugada, fumando en pipa, rodeado de silencio, con la cabeza levemente inclinada esperando la llegada de la inspiración, nimbado por una aureola de bohemia, con los ojos sagaces pero la mente perpetuamente enturbiada por el alcohol y la absenta, con la barba entrecana de veteranía, confinado en la luz de un flexo, creando una obra que conmovería al mundo.

La verdadera imagen que inspiraba en aquellos momentos no era ésa, ni mucho menos, más bien era la de un maniático y obsesivo clérigo amanuense encorvado sobre una actividad frenética de mera reproducción de textos. Porque José no tenía mundología ni experiencias vitales que comunicar. ¿Qué narrar entonces? ¿Sus manías? ¿Sus dificultades en clase? ¿Sus crisis de fe? ¿O debía ahondar en su imaginación?

Lo desconocía, porque por más que lo intentaba no conseguía delimitar un tema y desarrollarlo con gracia. Sólo parecía capacitado para ejecutar el movimiento pendular de la escritura con el ritmo de un apéndice mecánico en una cadena de montaje. Y no se le ocurría otra solución para superar semejante ineptitud que aquella suerte de encierro monacal: si no poseía talento, de puro tesón lograría que los demás le admirasen.

Porque ¿qué otra opción le quedaba más que conjurar al espíritu del azar? Y para ello debía adquirir boletos en gran abundancia, creando masivamente obras de todo tipo, cuentos, novelas, ensayos, cualquier cosa, y probar suerte en los miles de premios literarios que se convocaban cada año. Poco importaba, según su criterio, si su producción resultaba pésima o carecía de una trama sólida y unos personajes bien definidos. Porque ¿qué era el arte?

Arte podía ser también el batiburrillo enfermizo que él escribía, como acabó siendo arte una obra pictórica impresionista o unas manchas caprichosas originadas por los aspavientos de una niña de cuatro años. Arte era una novela de aventuras, entretenida y audaz, y también lo era uno de aquellos soporíferos mamotretos, llamados clásicos, que su profesora de literatura le obligaba a leer.

En clase escogían el texto de un autor célebre e intentaban descifrar el sentido profundo que trató de transmitir con ese adjetivo, con aquella oración o con el nombre del protagonista, y muchas veces José se preguntaba si leer entre líneas no era una actividad personal e intransferible que tenía que ver más con uno mismo que con las aspiraciones del autor. ¿Quién garantizaba que tras una descripción existía el propósito consciente de dar a entender una ideología política, por ejemplo?

No existía una máquina capaz de detectar, objetivamente, la intencionalidad de una obra: todo estudio de la misma estaba sujeta al arbitrio de su exegeta, a suposiciones más o menos razonadas. Ni el autor mismo, en ocasiones, actúa conscientemente. ¿Quién le aseguraba que Hamlet no era producto de la casualidad?

Es más: ¿quién le aseguraba que los profesores de literatura de todo el país no se habían confabulado para entresacar más de lo que existía en Hamlet a fin de elevarla a su máxima esencia? ¿Por qué Hamlet y no otra cosa? ¿El arte no era más que una mera especulación y unos elegidos, la crítica, entre otros, acordaban el valor de la obra, encumbrándola o condenándola al olvido o al ludibrio del esnobista, por intereses económicos, políticos o históricos? ¿Por qué debía sonreír allí donde le indicaban que debía sonreír, llorar allá donde le indicaban que debía llorar… o maravillarse con algo que no le inspiraba ninguna emoción, más que el hastío? ¿La mayoría era dócil y mansa por temor a parecer inferior culturalmente? ¿Al final nadie descubría este engaño y se habituaba a vivir en él por costumbre, como por costumbre un hombre se alimenta de gusanos aunque en la sociedad occidental resulte un plato repugnante? ¿Le educaban o le manipulaban?

Si cabía la posibilidad de que fuese, al menos en una parte, lo segundo, una de sus creaciones podría recibir el calificativo de arte por casualidad, porque la mercadotecnia suscitase la admiración de las masas o porque alguien con potestad para hacer dicha determinación optara por abrir una nueva vía artística con aquella obra. Pensaba, entonces, que no perdía el tiempo, que algún día, llegando su texto a las manos adecuadas, leído por unos ojos puros (o no tan influenciados por la estética vigente) o lanzado por un especulador avispado, creador de tendencias y de modas, triunfaría.

Se lo tomaba, pues, como si en verdad participase en un sorteo: cada día que transcurría se hacía con otra papeleta; imponiéndose creer a pie juntillas en la posibilidad de resultar vencedor el día menos pensado, como se imponía en ocasiones su fe en Dios. Irrelevante resultaba si escribía un nuevo Hamlet, un tebeo o el desatino más esperpéntico de la historia: sus profesores de Literatura y de Historia del Arte le habían demostrado que cualquiera de aquellas manifestaciones eran susceptibles de ser elevadas a un altar.

El arte no existía, o arte era todo aquello que su artífice tuviera la intención de que fuera arte: lo importante era que alguien legitimado para ello reconociese ese arte porque resulta económicamente viable, se amolda a la pauta cultural vigente (si es que existe), pretende romper moldes o le cae en gracia a alguien y es su espíritu romántico el que decide apostar. El gregarismo hacía el resto. La naturaleza humana lo mantenía todo en su sitio.

Por aquella razón, José perseveraba en obligar al mundo a adecuarse a su forma de escribir. Y para ello recurría aquel esfuerzo sobrehumano. Sin medios para, por ejemplo, contratar a mil escribientes hacinados en un edificio de oficinas preñando obras literarias con su firma a fin de saturar el mercado y los premios literarios con su presencia, leía y escribía todo cuanto podía. Como alguien que, sabiendo que el arte no existe, trata de inventarlo. Como alguien que, a sabiendas de que la ballena blanca es una entelequia, continúa buscándola cada día.

Temas
Publicidad
Comentarios cerrados
Publicidad
Publicidad
Inicio