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‘Parafernalia’ de Steven Connor: la curiosa historia de nuestros objetos cotidianos

‘Parafernalia’ de Steven Connor: la curiosa historia de nuestros objetos cotidianos
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Parafernalia habla de las cosas, a modo de enciclopedia. Pero no es una enciclopedia. Steven Connor ha conseguido que un libro enciclopédico se convierta en una obra deliciosa, de lectura pausada. Sí, Connor habla de las cosas que nos rodean, las cosas más insignificantes, pero lo hace con una elegancia, una erudición y una pizca de poesía tan irresistible que, más que una enciclopedia, estamos ante una realidad novelada.

A veces, Parafernalia recuerda más a El primer trago de cerveza de Philippe Delern que a un catálogo de curiosidades sobre los objetos cotidianos. Connor no ha querido dejarse en la aduana los signos distintivos del talento, o los ha degradado hasta hacerlos neutros, como suele ocurrir en los manuales o en las colecciones de explicaciones históricas acerca de objetos cotidianos.

Connor no pretende ser un escriba dócil, o un notario de la realidad. Connor se implica casi emocionalmente con cada objeto y le saca brillo a base de frotarlos como si fueran lámparas mágicas que ocultan un genio en su interior. Y os lo aseguro: tras la lectura de Parafernalia, empezaréis a contemplar objetos tan anodinos como un botón o un alfiler como artefactos mágicos.

De algún modo, Connor cultiva la actividad de observar frente a la de mirar, un poco en la línea de Patricia Schultz en su libro 1.000 sitios que ver antes de morir:

Para mí todo se reduce a una cuestión de punto de vista: como le dijo el sherpa a Edmund Hillary en las laderas del monte Everest, algunas personas viajan sólo para mirar, mientras que otros lo hacen para ver. Algunos guerreros de la carretera pueden ir de Nueva York a Los Ángeles a toda mecha sin guardar ni un detalle del recorrido en su memoria; yo puedo pasear por una manzana en el centro de Manhattan y volver a casa con un cartón de leche y varias historias que contar. Al final, la cantidad de kilómetros recorridos no guarda relación con el placer real que nos proporciona un viaje; la belleza inherente del mundo y la promesa de todos los tesoros aún por descubrir nos rodea en todo momento.

O tal y como viajaba James Holman, un hombre ciego que, sin embargo, era capaz de escribir libros muy vívidos sobre sus aventuras: había aprendido a captar la esencia de las cosas, una esencia que no siempre se registra con los ojos. El naturista Charles Darwin citó los escritos de Holman como una fuente de la flora del Océano Índico, y también admitió que sus descripciones eran maravillosas, pues veía con los pies y no con los ojos; miraba de otra forma. En El viaje del Beagle lo cuenta así:

Los siete libros que dedicó a contar sus viajes prestan poca atención a su ceguera y prácticamente cuenta las cosas como si las viese y sólo se lamenta una vez: “A menudo, en lo alto de las cumbres y al atravesar los bosques impenetrables, se me llenaban los ojos de lágrimas. Lo que me emocionaba no era pensar que no podía ver aquello, sino comprender que nunca llegaría a describirlo con exactitud […] todos los sentimientos que me invadían ante tanta grandiosidad y belleza.

Por ejemplo, os podría referir la invención de las botas de goma de una forma especialmente atractiva. Curiosamente, los inventores de las botas de goma (caucho) fueron los indios amazónicos, que ya las fabricaban de forma instantánea desde hacía mucho tiempo: simplemente se bañaban en látex líquido hasta las rodillas y esperaban que se secara, originando así la bota mejor adaptada al pie del mundo, casi como una segunda piel.

Pero Connor va un poco más allá, reflexionando filosóficamente sobre el objeto, examinándolo desde otros ángulos, indagando en las implicaciones históricas, antropológicas, sociológicas y psicológicas que supuso el objeto. Un poco como ya hizo el escritor Felipe Benítez Reyes en sus artículos al referirse, por ejemplo, a una simple cucaracha que no dudaremos en pisotear:

Con las cucarachas no valen casi de nada las finuras: tu única esperanza es toparte con una y aplastarla –y que el crujir de su armadura macabra te recorra todo el cuerpo, desde el pie hasta la cabeza, como un escalofrío polar. Las cucarachas son astutas: saben fingir la muerte. Machacas a una con el cepillo, la dejas en el recogedor, creyéndola reventada, y sales corriendo a lavarte las manos sin motivo alguno, simplemente porque el asco se concentra siempre en las manos. (…) luego no está: la cucaracha herida deambula por tu casa como una pequeña cápsula de rencor.

No en vano, The Times ha calificado Parafernalia como “Ingenioso, enigmático, imaginativo y tremendamente entretenido. Es un libro mágico. Un gozoso estímulo para la mente”. Palabras, naturalmente, que suscribo punto por punto.

Con todo, se echan de menos más páginas, más objetos, más Connor en vena, pues Parafernalia solo se ocupa de indagar en 20 objetos cotidianos, como tuberías, gomas elásticas, cintas adhesivas, golosinas, cables o pastillas.

Pero eso es bueno. Así, cuando Connor vuelva a escribir, sabremos que no perderemos el tiempo volviendo a él.

Editorial Ariel Páginas: 232

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