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El peso (en gramos) de la literatura

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Hablamos del peso real de la literatura, del peso de los libros, de los gramos y kilogramos de cada paralelepípedo confeccionado con árboles muertos y manchados con insectos de tinta. Durante la época veraniega, propicia para las excursiones y a los viajes mochileros, el título y el argumento de los libros que llevamos con nosotros rivaliza en importancia con el peso y las dimensiones de los libros en sí, como objetos que transportar.

Economizar el peso es fundamental, por ello las editoriales, en estos días, incrementan su producción de libros de bolsillo, sin duda la categoría de libros más apta para llevar con nosotros en un viaje largo.

Así pues, en aras de facilitar la elección de títulos para nuestro viaje excursionista, Xavi Ayén y Rosa Maria Piñol, de La Vanguardia, han presentado una lista de libros divididos por, precisamente, su peso. Aquí algunos ejemplos:

Por menos de 200 gramos: La solución final, de Michael Chabon, en DeBolsillo (143 g.); Una lectora nada común, de Alan Bennett, en Anagrama (192 g.)

Entre 200 y 400 gramos: El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, en Seix Barral (272 g.); El niño con el pijama a rayas, de John Boyne, en Booket (280 g.); Tu rostro mañana, de Javier Marías, en DeBolsillo (305 g.)

Entre 400 y 600 gramos: Siempre quise bailar como en negro de Boney M., de José Luis Romero, en Inédita (476 g.); Coltan, de Alberto Vázquez-Figueroa, en Ediciones B (512 g.); La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, en Mondadori (518 g.)

Entre 600 gramos y un kilo: El consuelo, de Anna Gavalda, en Seix Barral (844 g.); Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, en Destino (847 g.)

Más de un kilo: El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón, en Planeta (1.086 g.); Gandes esperanzas, de Charles Dickens, en Blacklist (1.136 g.); Los tres mosqueteros. Veinte años después, de Alejandro Dumas, en Edhasa (2.024 g.)

Por último, una vez hayamos escogido el peso de nuestra lectura, un apunte sobre su alojamiento en nuestra mochila, de la mano de Francesc Beató, del Centre Excursionista de Catalunya: "No deben colocarse los libros abajo de todo, sino tocando la espalda. La mochila tiene que estar bien compensada: ir recta, sin abilar, como si fuera un apéndice del cuerpo". Y, sobre todo, dar preponderancia a la poesía, porque suelen ser libros ligeros y que, una vez terminados, se pueden volver a leer y disfrutar.

Y es que ya dicen muchos que leer puede ser muy pesado.

Via | La Vanguardia

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