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‘El cuento del antepasado’, de Richard Dawkins

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Éste es el último libro traducido del influyente y multipremiado Richard Dawkins (Nairobi, 1941). Hace tan poco que salió de la imprenta que aún está caliente. Su tamaño puede asustar: casi 900 páginas de letra diminuta. Y hay razones para asustarse: si no estás realmente muy interesado en temas como la evolución, la biología y la antropología, es mejor que no pierdas el tiempo, porque algunos fragmentos son densos, técnicos y prolijos. Sin embargo, aunque el interés sea medio, vale la pena el esfuerzo aunque para disfrutar de algunos de los legendarios capítulos; capítulos que demuestran cuán diversa y pluscuamperfecta puede llegar a ser la vida en la Tierra.

Este mamotreto constituye una apasionante y tremendamente erudita regresión histórica-biológica hacia el pasado, empezando por nosotros, y pasando por los chimpancés, los lobos, las aves, los delfines, los árboles, los dinosaurios, las bacterias, los líquenes, y así, animal por animal, hasta llegar al denominado por Dawkins como “El gran encuentro histórico”, las primeras células eucariotas.

Para hacer más ameno este cuento hacia atrás en el tiempo, bajando cada vez más el nivel de complejidad (aunque quizá subiendo el nivel de exotismo, singularidad y maravillosa extrañeza), Dawkins ha tomado prestada la estructura narrativa de los Cuentos de Canterbury, de Chaucer. Si en la obra de Chaucer los cuentos de los peregrinos aspiraban a ser una reflexión sobre la vida humana en general; aquí los cuentos son una poliédrica reflexión sobre la vida biológica en toda su extensa diversidad, y los peregrinos han pasado a ser los diferentes animales de los que se habla, que, como aquéllos, se reúnen alrededor de un fuego para contar su historia más íntima.

Para describir la historia de la vida de forma cronológicamente inversa, Dawkins emplea métodos similares a los usados para estudiar la historiografía humana. La arqueología, el estudio de las puntas de flecha, de fragmentos de vasijas y demás reliquias pasan ser otro tipo de reliquias propias de la evolución biológica: los huesos, los dientes y los fósiles en que terminan convertidos. Si en la historia humana contamos con testimonios orales y escritos, en la historia de la vida Dawkins recurre a otro tipo de narraciones menos evidentes: la del ADN, el equivalente de un registro escrito y copiado repetidas veces, o la del carbono 14.

De esta forma, con una claridad expositiva envidiable (aunque, insisto, con algunas páginas o incluso capítulos tan enciclopédicos que pueden resultar farragosos para los neófitos o los poco motivados), Dawkins nos va contando curiosas historias acerca de toda clase de manifestaciones de la vida, y por el camino vamos comprendiendo un poco más cómo funciona la selección sexual o cómo se puede datar un fósil, o desvela detalles poco conocidos sobre el fascinante mundo de las termitas o las hormigas Atta (las inventoras de la agricultura), o sobre el ornitorrinco (una de las criaturas más raras del universo), o sobre las moscas y su facilidad para tener ojos extra; sin olvidarse nunca del animal más próximo a nosotros: nuestros propios antepasados homo.

No es ni mucho menos mi obra favorita de Dawkins, mucho antes habría que situar Destejiendo el arco iris o El gen egoísta, incluso el provocativo El espejismo de Dios. Pero si ya has leído al fabuloso Richard Dawkins y te gusta, entonces no debes perderte El cuento del antepasado; al menos te será útil para ajustar un poco más tu situación en el mundo:

Un vencejo que tuviese interés por la historia y que, comprensiblemente, considerase el vuelo la principal habilidad del reino animal, juzgaría que el súmmum del progreso evolutivo son esas espectaculares máquinas volantes dotadas de alas en forma de flecha que son los vencejos mismos, capaces de permanecer en el aire un año entero e incluso de copular en pleno vuelo. Por parafrasear una ocurrencia de Steven Pinker, si los elefantes escribiesen libros de historia, quizá reasentarían los tapires, a las musarañas elefantes, a los elefantes marinos y a los násicos como tímidos pioneros que enfilaron la vía principal de la evolución, dieron unos primeros pasos titubeantes pero, por el motivo que fuese, nunca llegaron hasta el final: tan cerca y a la vez tan lejos. Los elefantes astrónomos tal vez se preguntarían si, en otro mundo, existirían formas de vida extraterrestre que hubiesen cruzado el Rubicón nasal y dado el salto definitivo hacia la proboscitud total.

Sitio Oficial | Antonio Bosh Editor

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